Foto: Jordi Play Najat.

Desde los ocho años vive en la localidad barcelonesa de Vic después de salir de su Marruecos natal en busca de un mundo mejor. Aquí ha estudiado Filología Árabe en la Universidad de Barcelona y se ha especializado en mediación cultural y técnica de acogida. 2004 fue el año que lo cambió todo en su vida: comenzó en el siempre complicado mundo de la literatura con su primer libro, Yo también soy catalana. Sus siguientes trabajos (El último patriarca, La cazadora de cuerpos y La hija extranjera) han recibido numerosos premios y han sido traducidos a varios idiomas. Con Madre de leche y miel (Destino) rinde un sobrecogedor homenaje a la figura de la madre rifeña que se echa a su hija a hombros, lo deja todo atrás en su casa marroquí y lucha por salir adelante en un mundo completamente desconocido. Como recuerda en esta entrevista, “en el Corán mismo se dice que hay que destetar a las criaturas a los dos años. Puede parecer mucho tiempo, pero la cuestión es que se impone un límite concreto a algo que solo incumbe a las madres”. El relato de Fatima quedará grabado durante mucho tiempo en la retina de los lectores.

 

¿Hay algo más grande en la vida que una madre?

Creo que las madres tienen algunos rasgos evolutivos más avanzados que el resto de personas, sobre todo cuando pueden serlo en condiciones. Me refiero a la empatía, esa condición tan necesaria para poder cuidar a alguien que no puede valerse por sí mismo, que las propias necesidades pasen a un segundo plano. Últimamente hemos puesto en duda la maternidad al considerarla una simple imposición social y es cierto que en algunos sitios lo sigue siendo, pero creo que también hay que reivindicar lo bueno que hay en las madres e intentar contagiarlo a quienes no lo son. Claro que la maternidad tiene vertientes nada agradables y es un trabajo muy duro, pero quienes la hemos vivido sabemos que las funciones maternales son imprescindibles para la pura supervivencia de la especie y representan lo mejor que hay en nosotros. Tal como dice Erich Fromm, las madres pueden transmitir mejor que nadie ese valor de la vida, ese deber de los hijos de seguir vivos pero también el disfrutar de la propia existencia, celebrar que estamos vivos.

 

Maternidad, inmigración y orígenes. Temáticas entrelazadas contadas a través de la historia personal de Fatima, la protagonista de su nueva novela. ¿Quién es Fatima? ¿qué representa?

Fatima es una mujer que bien podría representar un arquetipo, la mujer anónima que emigra contra todo pronóstico, que se sobrepone a las dificultades que su sexo, su origen y su condición de inmigrante le imponen. Es una mujer sensible e inteligente que nace en un entorno muy duro, en el mundo rural rifeño donde las mujeres se encargan de todas las tareas, un lugar que acumula un déficit de estructuras básicas que condiciona la vida de sus habitantes, donde el acceso a la escolarización era escaso hasta hace poco y la falta de desarrollo no deja otra salida que la inmigración. En el Rif no se trata de un fenómeno reciente, nuestros abuelos ya emigraban, primero a otras partes de Marruecos, a Argelia cuando la frontera no estaba cerrada, a otros países europeos y más recientemente a España, sobre todo a Cataluña. Fatima es una de esas mucha mujeres que se casa con un hombre que se va y ni se acuerda de que hay una Penélope esperándole. El hecho de que la maternidad esté violentada en el sistema patriarcal que rige en la zona hace que Fatima tenga que hacer de tripas corazón e irse a un futuro incierto, a tientas al no conocer ni el idioma, ni la geografía y al ser analfabeta, hablante además de una lengua que nadie conoce.

“Hay muchas mujeres haciendo auténticas revoluciones silenciosas”

 

El tono oral en primera persona da una dimensión cercana a la historia narrada. ¿Nos hace sentir así más próxima la historia de estas madres que lo dan todo todo todo por sus hijos?

Me costó un tiempo dar con esa primera persona, al principio escribía lo mismo pero con un narrador omnisciente, pero me faltaba algo. El día que decidí que Fatima hablara por sí misma, todo cambió, tenía mucho más sentido. He escuchado a tantas mujeres contar sus historias, hacerlo como ellas lo hacen, con un universo simbólico determinado, con comparaciones e imágenes muy características, fijándose siempre y expresando muy intensamente no solamente los hechos que vivieron sino cómo se sintieron, lo que pensaron, lo que aprendieron. Para mi fue muy terapéutico ponerme en la piel de la protagonista, reconocer esos sentimientos de las madres que a las hijas nos han pesado demasiado porque no pudimos hacer nada por ellas. Su terrible sufrimiento puede llegar a ser un enorme lastre y a veces decidimos seguir adelante sin mirar atrás, pero hay que mirar y recuperar la memoria de unas mujeres que hicieron todo para que nosotras pudiéramos tener una vida mejor. Fatima hace todo por su hija no porque nadie le diga que tiene que hacerlo sino porque así lo siente.

 

¿Hasta dónde puede llegar esta entrega desmedida?

Estamos hablando de unas mujeres que no tienen otra cosa a la que agarrarse que la maternidad, que los hijos. Es cierto que se les impone, porque una mujer sin hijos no es nada, pero a la vez es un espacio propio en el que tiene un poder que no han tenido en otros ámbitos. Al mismo tiempo, al ser algo que solamente les pertenece a ellas, el sistema se encarga de ejercer una violencia terrible sobre ese vínculo entre madres e hijos. Por ejemplo, en el Corán mismo se dice que hay que destetar a las criaturas a los dos años. Puede parecer mucho tiempo, pero la cuestión es que se impone un límite concreto a algo que solo incumbe a las madres. Otro ejemplo es el hecho de considerar que la condición de madre es secundaria porque legalmente prevalecen los derechos del padre. En caso de divorcio, hasta la reforma del código de familia en Marruecos en 2004, los hijos se podían quedar con la madre hasta los siete años pero luego tenían que irse con el padre sin ver nunca más a la madre. Por no hablar de situaciones que no aparecen en la novela pero que resultan tremendamente injustas como la poligamia.

“Hay que recuperar la memoria de unas mujeres que hicieron todo para que nosotras pudiéramos tener una vida mejor”

 

Cuando una madre sin más estudios que el aprendizaje de la vida coge a su hija en brazos y atraviesa una frontera que la lleva a otro mundo completamente distinto, ¿en qué puede estar pensando en ese instante?

Está pensando en no perder a su hija, en encontrar un lugar en el que le pueda dar de comer todos los días, en el que el hecho de ir al colegio no le suponga un peligro constante por el mero hecho de ser una niña. En el caso de Fatima, creo que también pesa en su decisión el darse cuenta de que cuando la hija apenas haya entrado en la pubertad será probablemente dada en matrimonio, irá a vivir a una casa donde tendrá que acostumbrarse a vivir con una familia desconocida. Y se repetirá de nuevo esa separación tan brutal que ha vivido la propia Fatima siendo muy joven. La protagonista lo que nos dice es que va a buscar al marido ausente, pero de alguna forma me parece que también está huyendo de ese destino incierto que espera a su hija, no solamente por la pobreza sino por su condición de mujer en un lugar donde ellas tienen todas las de perder.

 

¿Por qué el ímpetu de superación siempre está por encima de los muros de incomunicación y las fronteras invisibles que separan las diferentes culturas?

Porque no nos conformamos con la falta de esperanza que supone vivir en un lugar donde las carencias son numerosas. Hay un verso de la poetisa londinense de origen somalí Warsan Shire que dice: “Nadie sube a sus hijos a un barco
a menos que el agua sea más segura que la tierra”. Ella habla de los refugiados pero creo que en el caso de la inmigración también pasa lo mismo, nadie quiere irse de su tierra y si lo hace a pesar de las dificultades, de los papeles, las herméticas fronteras, a pesar de que a veces uno se juega la vida, es que lo que deja atrás es mucho peor. La gran locura del mundo en que vivimos ahora es que desde las regiones menos seguras, menos desarrolladas, con más conflictos, sabemos que existe otro lugar mejor, un sitio donde vivir en paz y poder dar de comer a tus hijos.

“La sociedad de origen pone a las mujeres que emigran solas bajo la lupa”

 

¿Cómo se interpreta, desde aquel lado de la frontera, desde Marruecos, la decisión de cualquier madre de dejarlo todo y buscar un mundo mejor para ella y los suyos?

No es una figura muy habitual la de la madre o la mujer que emigra sola desde Marruecos, aunque en las últimas décadas sean cada vez más las que deciden hacerlo. La forma más normal es a través del reagrupamiento familiar, casándose con alguien que esté ya en el extranjero, pero también hay madres coraje que cogen a sus hijos y se van. Antes esto era más fácil, se podía viajar con un pasaporte y la condición de ilegal no era ni mucho menos tan perseguida como ahora. Pero España entró en el espacio Schengen y se blindaron las fronteras, este periplo es mucho más complicado. La sociedad de origen pone a las mujeres que emigran solas bajo la lupa, tienen que demostrar, más que ninguna otra, que no se olvidan de cumplir con las normas de la tradición, que siguen siendo mujeres decentes a pesar de estar en tierras donde todo está permitido y además sin un hombre que controle su comportamiento. De alguna forma la ausencia de una figura masculina, que en la novela Fatima vive también cuando es pequeña, resulta aún peor porque esa autoridad se interioriza, se acaba desarrollando una autoexigencia que puede ser más dura que si hay un hombre encargado de decirle a la mujer lo que tiene que hacer. Las mujeres migrantes en general estamos siempre bajo sospecha desde nuestras familias de origen porque tenemos que demostrar que no vamos a traicionar nuestros valores tradicionales. Esa vigilancia extrema se traslada aquí, sobre todo cuando existe segregación urbanística. Creo que es una actitud fruto del cambio tan importante que es para las mujeres la propia inmigración, la posibilidad de acceder a un trabajo remunerado, por ejemplo, o a estudios superiores en el caso de las hijas. Se nos ridiculiza desde el machismo porque saben que estamos en un cambio sin marcha atrás y aparecen actitudes reaccionarias que quieren frenar esos cambios.

 

¿Qué supone hoy ser mujer en el Rif, en Marruecos, en el Magreb en general?

La población del Rif y la del Magreb en general es muy joven, con muchas ganas de cambios pero pocas posibilidades de que se puedan llevar a cabo. Hace poco hubo unas protestas en Alhucemas, con mucha gente joven que salió a las calles a pedir cosas tan básicas como el cese de la corrupción y maltrato policial, hospitales públicos, una universidad o trabajo para personas que no han tenido nunca la posibilidad de ganarse dignamente la vida. Esta vez, además, salieron a protestar muchas mujeres. Esas manifestaciones fueron duramente reprimidas, con detenciones de menores y condenas enormes por simples actos de protesta. Pero a nivel internacional nadie dijo nada porque Marruecos es un país “estable” y da igual que esa estabilidad sea a costa de la falta de derechos de sus habitantes. Los anhelos de cambio de los países árabes en general siguen allí, no se esfumaron con las primaveras árabes, pero está claro que se va a tener que pagar un precio muy alto. El caso de Siria, en este sentido, está resultando ejemplarizante, aunque no todo está perdido. Túnez, a pesar de todos los problemas que tiene, sigue encarnando la esperanza.

“Fue muy terapéutico ponerme en la piel de la protagonista, reconocer esos sentimientos de las madres que a las hijas nos han pesado demasiado porque no pudimos hacer nada por ellas”

 

¿Se atisba algún germen de reivindicación feminista que comience a derrumbar los muros del machismo imperante en esa sociedad?

Hay muchas mujeres haciendo auténticas revoluciones silenciosas. Un ejemplo es el aumento del acceso a la educación y, en muchos casos, a trabajos remunerados. Eso está siendo un gran cambio, aunque depende mucho de la zona donde se viva. Otro elemento a tener en cuenta es que Marruecos tiene una sociedad civil que cuenta con muchas organizaciones que hace años que trabajan por los derechos de las mujeres. Por ejemplo con las madres solteras, que sufren un gran estigma al ser considerados sus hijos ilegítimos incluso por el propio Código de Familia. Creo que a lo mejor en muchos casos puede no articularse un discurso feminista al uso, pero lo importante es que la mentalidad de las mujeres está cambiando, cosas que la generación de mi madre consideraba normales ahora ya se describen como injusticias contra las que se tiene que luchar. El único problema es que también surgen movimientos que combaten ese cambio imparable, los más destacables los del fundamentalismo islámico que quieren poner freno a los anhelos de libertad de las mujeres. Pero el progreso en este sentido es imparable, yo cada vez que voy a Marruecos me encuentro con más mujeres que piensan como yo, que denuncian públicamente la discriminación sistemática que sufren. Se están rompiendo temas tabú como la sexualidad y eso será bueno para nosotras pero también para los hombres y la sociedad en general.

 

Madre de leche y miel
Najat El Hachmi
Destino
384 páginas
20,50 €

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