Desde el año 1973, en que recibió el Nobel de la Paz el político norteamericano Henry Kissinger, el galardón arrastra una pésima imagen en la escena internacional y no ha pasado por sus mejores momentos. El principal mérito de Kissinger durante la Guerra Fría es que fue el artífice de los bombardeos norteamericanos sobre Laos, Camboya y Vietnam, con el fin de que este último país, que estaba en una guerra civil abierta entre fuerzas comunistas y un gobierno apoyado por los Estados Unidos, cayera bajo la órbita soviética. Los ataques aéreos, masivos y sin distinguir entre objetivos militares y civiles, causaron enormes estragos entre la población y contribuyeron a que el conflicto vietnamita se extendiera por toda la región. Sin embargo, Kissinger, ufano y sin remordimientos, recibió su premio y el mundo entero se quedó tan contento, mirando para otro lado ante tanta atrocidad y tanta muerte.

Luego, en el año 1994, y para no ser menos que Kissinger, el terrorista palestino Yasir Arafat recibió también el Nobel de la Paz. Arafat, líder del grupo terrorista Organización para la Liberación de Palestina (OLP) y responsable de centenares de crímenes, fue galardonado por su supuesta contribución, junto al israelí Isaac Rabin, al proceso de paz en Oriente Medio. Sin embargo, su pasado no se podía borrar de un manotazo y a sus espaldas quedaban secuestros de aviones, atentados indiscriminados contra judíos indefensos, colocación de bombas en objetivos civiles y un sinfín de tropelías que fueron pasadas por alto por los miembros del jurado Nobel de Oslo. Arafat nunca se arrepintió de los asesinatos cometidos, incluso algunos contra palestinos que disentían de su línea política, y no pidió perdón a nadie, ya que en el camino hacia la victoria total del pueblo palestino todo valía. Murió en la ignominia y sin dejar de ocultar nunca su objetivo final: echar a los judíos al mar de una vez por todas y aniquilar a lo que él denominaba como la “entidad sionista”, es decir, a Israel.

OBAMA Y LA UNIÓN EUROPEA TAMBIÉN GALARDONADOS

En el año 2009 llegó otro controvertido Nobel de la Paz para el presidente de los Estados Unidos, Barack Obama, cuyo principal mérito en estos años ha sido no hacer nada de nada en la escena internacional para paliar las decenas de conflictos que azotan al mundo y cuyo desempeño en las crisis siria, ucraniana, afgana, iraquí y turca deja mucho que desear. A diferencia de Clinton, Obama no ha tenido ningún papel como mediador en ninguna de estas crisis ni ha aportado nada  a la resolución del secular conflicto de Oriente Medio entre palestinos e israelíes. Si alguien no merecía este premio era, desde luego, Obama. No tenía en su haber ni ideas, ni iniciativas, ni proyectos, nada de nada, el balance de su mandato no podía ser más desolador en todos los ámbitos. Desde el final de la Guerra Fría el mundo no había estado peor que durante la presidencia de Obama. Aún así, obviando todas las evidencias en su contra, los señores del Nobel de Noruega le otorgaron el controvertido galardón a Obama.

Pero si el Nobel de la Paz a Obama parecía propio de una opera bufa, o una simple tomadura de pelo del día de los Santos Inocentes, el concedido a la Unión Europea (UE) en el año 2012 parecía una broma de mal gusto o una afrenta a los millones de víctimas que esta organización ha provocado a causa de sus consabidos desaguisados. Dar un premio a los estúpidos burócratas de Bruselas, que en su vida han dado un palo al agua y que carecen del espíritu de la acción necesaria para resolver la más mínima crisis, es como dar un brindis al sol, es decir, es dárselo a alguien que está haciendo cosas de cara a la galería pero sin ningún significado, fanfarroneando o a sabiendas de que no va a cumplir una promesa que ha realizado. Esta inepta casta de intocables de Bruselas fue incapaz de detener la interminable carnicería yugoslava y las guerras balcánicas del siglo XX (1991-1995) y tampoco supo hacer nada frente a la crisis de Kosovo (1999), que provocó los bombardeos sobre Serbia y miles de víctimas inocentes. Tuvimos que llamar a los Estados Unidos para que vinieran a resolver nuestros problemas continentales, ya que éramos incapaces por nosotros mismos de poner coto a lo que ocurría en la región y la inútil UE no aparecía ni se la esperaba. Y después fue la OTAN, y no la UE, la que puso fin al conflicto de una forma no muy justa y pacífica, pero era lo que era y siempre es mejor una mala solución a una guerra. Pero, a pesar de su ineptitud e inoperancia manifiestas, los señoritos de Oslo, que parece que no se enteran de nada o no quieren enterarse, le dieron el premio a esa inútil UE.

Ahora le llega el turno al presidente de Colombia, Juan Manuel Santos, quien anda embarcado en el proceso de paz en su país y que auspició un controvertido acuerdo entre su gobierno y la organización terrorista Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC-EP). Pero, paradójicamente, el Nobel de la Paz llega en el peor momento del controvertido proceso y esta misma semana, más concretamente el 2 de octubre, el acuerdo fue rechazado por el 50% de los votos de los colombianos en un plebiscito convocado para refrendarlo. Mientras que Santos se embarcaba en una ardua negociación con los que estaban en contra del acuerdo, que lideraba el expresidente Alvaro Uribe, y trataba de salvar los muebles del naufragio, en un intento por introducir un diálogo a tres bandas (FARC, uribistas y gobierno colombiano), llegaba un salvavidas desde el exterior en forma de Nobel de la Paz. A nadie se le escapa que Santos se mueve en la escena internacional como pez en el agua y que tiene excelentes relaciones con el gobierno de Noruega, país que ha sido mediador en todo el proceso de paz escenificado en La Habana y que ha tenido un papel destacado en la rubrica final en Cartagena. ¿Habrá sido este galardón un mero ardid político-diplomático para salvar el agónico proceso de paz tras la respuesta negativa de los electores y, de paso, salvar al soldado Santos en apuros? Las dudas asaltan, pero más allá de esa cuestión el resultado adverso parece ya una noticia olvidada y hoy todo el mundo en Bogotá solo habla del galardón concedido al presidente. Si había intencionalidad política, objetivo cumplido. Y si se lo merecía o no Santos, es ya historia.

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3 Comentarios

  1. no se desde cuándo un hombre que lucha por su tierra que le han arrebatado y por su pueblo oprimido y aplastado por otro pais, con las unicas armas que posee, mas bien escasas y rudimentarias contra las del opresor que son sofisticadas y causan mucho mas daños y sufrimientos y muerte, es un terrorista.
    me niego a seguir leyendote no solo hoy sino hasta el fin de los siglos

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