La muerte está presente a lo largo de toda nuestra vida y, cuando nos toca de cerca, rompe nuestra cotidianeidad y nos sumerge en un proceso de cambio y aceptación. Dicen que, cuando somos adultos es más fácil enfrentarnos a este proceso pero, en ocasiones, nos toca hacer frente a la muerte durante la infancia.

Es común que, cuando somos pequeños, nos cuenten alguna historia o metáfora que suavice el hecho de que nuestro ser querido no va a volver a nuestras vidas. Intentamos proteger a un ser que consideramos más vulnerable sólo teniendo en cuenta su edad.

Frases como “papá/mamá se fue a dormir para siempre” o “el abuelo se ha ido a un largo viaje”, entre otros, sólo contribuyen a hacer que el niño o la niña no se enfrenten a la pérdida de forma inmediata, usando como excusa el “no lo entiende” o “no se da cuenta”.

Sin embargo, la muerte es un concepto que vamos desarrollando desde muy pequeños y que va cambiando a lo largo de nuestra vida; así como la forma en que nos enfrentamos a ella.

Hasta los 2 años, el concepto de muerte es desconocido para el niño. Hay que tener en cuenta que el concepto se irá desarrollando a medida que vayamos adquiriendo el lenguaje. En estas edades, aunque se desconoce lo que significa la muerte, los niños perciben los cambios en los cuidadores principales, cambios en la rutina o la falta de alguna de las figuras de apego principal (normalmente los padres). El duelo suele expresarse con irritabilidad o falta de apego con los nuevos cuidadores.

A partir de los 3 años, el niño comienza a desarrollar un pensamiento que se denomina “mágico” y la muerte la percibe como algo reversible, que no dura para siempre y que no afecta a todo el mundo. Cuando se habla con el niño sobre el tema, tienden a preguntar si la persona fallecida puede hacer las mismas cosas que cuando estaba vivo, y existen deseos de ir a visitarlo. Esta etapa dura hasta los 5 años aproximadamente.

Desde los 6 hasta los 8, la muerte pasa a percibirse como un castigo y piensan que la persona que ha muerto ha hecho algo malo y ha sido castigado. Así, comienza a verse como algo irreversible, pero conservan la idea de que no afecta a todo el mundo, sino sólo a quienes han sido malos. También comienzan a sentir inseguridad por ellos mismos y por sus seres queridos y tienen a hacer preguntas relacionadas con lo que le ocurre al cuerpo tras la muerte y que pueden llegar a ser bastante morbosas, como “¿el cuerpo se pudre?”, “¿se lo comen los gusanos?”, “¿sale mucha sangre?”…

A partir de los 9 años, los niños y niñas ya adquieren el significado adulto de la muerte (irreversible y universal), adquiriendo también las consideraciones biológicas al respecto. Aún así, lo ven como algo lejano y mantienen su visión de la misma como un castigo. Así, en la adolescencia (en torno a los 13 años) comienzan a aparecer actitudes de desafío a la muerte, se muestra un mayor interés por conocerla y conocer los ritos que la rodean.

La manera de elaborar el duelo ante la pérdida es distinta a la de un adulto. Así, muestran un duelo más prolongado y tienden a ser más exigentes con el padre que sigue vivo o con los nuevos cuidadores. Muestran mayores cambios emocionales y, en ocasiones, actitudes desafiantes hacia el cuidador principal. A veces, puede darse un retroceso en las habilidades adquiridas y aprendidas (por ejemplo, vuelve a hacerse pis encima).

Con todo esto, es recomendable ser honestos con los niños. Hay que recordar que son capaces de entender la muerte si se lo explicamos con un lenguaje acorde a su edad. Va a ser más fácil para ellos ir elaborando el duelo si les explicamos precozmente en qué consiste y aceptamos y respondemos con sinceridad a las preguntas que nos hagan, por doloroso que pueda ser para el adulto responsable de hacerlo.

Debemos evitar, siempre, hacer comparaciones que puedan causar equívocos en el niño. Así, compararla con irse a dormir, por ejemplo, puede provocar que el niño haga asociaciones erróneas del tipo:

MUERTE = CASTIGO y MUERTE = DORMIR 

|—> “dormir es peligroso”, “si me duermo no me despertaré”,…

Ello podría contribuir a la aparición de trastornos del sueño u otros problemas relacionados con estos.

Y, contrariamente a lo que normalmente se hace, es muy recomendable dejarlos participar en los ritos funerarios (misas, entierros,…) y explicárselos, así como animarles a expresar los sentimientos y dejarles que vean que los adultos los expresan, es decir, cambiar el “no estés triste” por el “está bien estar triste, es normal”. Hay que dejarlos que expresen el duelo a su forma, acompañarles en el proceso y tranquilizarles manteniéndose cerca tanto a nivel físico como a nivel emocional.

Es una situación compleja y a la que también a los adultos nos cuesta hacer frente; y, por ello, hay que recordar que buscar apoyo y ayuda en nuestros seres queridos, así como no reprimir lo que sentimos van a ser los pilares fundamentales para superar la pérdida de alguien que ha sido importante para nosotros.

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