Una de las cosas que a veces tenemos que hacer en nuestras relaciones con los demás es pedir. Pedir cosas, pedir favores, pedir ayuda. Y aunque parece sencillo, a menudo resulta ser una fuente de conflictos. Muchas veces confundimos petición con exigencia, y eso ya es un mal comienzo. Otras veces formulamos mal nuestras peticiones, dando lugar a malentendidos. En ocasiones pedimos, pero sin estar dispuestos a aceptar un no como respuesta. A veces incluso no somos capaces de pedir lo que deseamos o lo que necesitamos, y lanzamos indirectas pensando que los demás las van a captar al vuelo, molestándonos después porque no es así. Otras veces ni siquiera nos atrevemos a pedir. O nos atrevemos a hacerlo con unas personas pero no con otras.

Pienso que si aprendiéramos a hacerlo, de manera sencilla y dejando claro cuáles son nuestras expectativas, nuestros deseos, nuestras necesidades, evitaríamos muchos conflictos y seríamos más felices. Para ello, hay que tener en cuenta cuatro factores a la hora de formular una petición. Parece fácil, como decía al principio, pero si lo pensamos a fondo, no lo debe ser tanto, porque no siempre lo hacemos así. Es más, si nos examinamos a fondo seguro que llegamos a la conclusión de que casi nunca lo hacemos así.

En primer lugar la petición ha de ir dirigida a alguien en concreto. No vale utilizar aquella técnica del maestro Gila, “alguien ha matado a alguien…”, eso de “habría que sacar la basura”, o “alguien debería ir a por el pan, que yo no voy a poder”. No, la petición ha de ir dirigida a alguien: “por favor, ¿podrías sacar la basura?”.

En segundo lugar, la petición ha de ser algo concreto, claro, definido. Y no vale utilizar el dos por uno. O el x por uno. Ya que pido esto, aprovecho… No, las peticiones, para facilitar la convivencia, para facilitar al receptor la capacidad de gestionarlas, han de ser únicas, claras y concretas. Si no dejo claro lo que quiero pedir, lo que necesito, abro lugar a la confusión. “Mañana tengo que ir a este pueblo de las afueras de Madrid y se me ha estropeado el coche”. Y si nuestro interlocutor no se ofrece a llevarnos, nos enfadamos. “¡Menudo egoísta, no tiene nada que hacer, y no quiere llevarme!” Pero… ¿estamos seguros de que el interlocutor ha entendido la frase como una petición? ¿No será más fácil dejarse de interpretaciones y formular claramente nuestro deseo de que nos lleven a ese lugar al que queremos ir?

En tercer lugar, debemos expresar claramente para cuándo necesitamos aquello que estamos pidiendo, y cómo lo necesitamos. Imagínense que llamo a mi compañero de piso, que está haciendo gestiones por Madrid, y le pido que me traiga unas cosas. Pero no dejo claro para cuando las quiero. Por lo que mi compañero de piso me dice, “vale, sin problema, yo te las llevo”. Y pasan las horas, y mi compañero no llega. Hasta que al final de la tarde aparece… “¡Menudas horas son estas! Ahora ya no lo necesito, ¿no podrías haberlo traído antes?” Y nuestro compañero de piso nos mira con cara de no entender nada, y si no nos tira las bolsas a la cabeza bastante paciencia tiene. Porque sí, le habíamos pedido que nos trajera unas cosas. Pero no le habíamos dicho para cuándo las queríamos, dejando por hecho que él entendería que las necesitábamos urgentemente. Pero la mala noticia es que la telepatía no existe, y nuestro compañero no fue capaz de leernos la mente.

Resumiendo, debemos dejar bien claro qué es lo que necesitamos, cuándo lo necesitamos, y cómo lo necesitamos. Y, una vez formulado, debemos asegurarnos de habernos explicado bien y de que nuestro interlocutor sabe perfectamente cómo satisfacer nuestra petición. Por otro lado, esto mismo lo podemos aplicar a cuando somos nosotros los receptores de una petición: enterarnos claramente de qué es lo que se nos pide, cómo debemos satisfacer la petición, y cuándo debemos hacerlo. Nunca dar nada por entendido, y, mucho menos, dejar lugar a la telepatía, porque, ya lo hemos dicho, no existe.

Por supuesto, cada vez que generamos una petición, debemos estar preparados para digerir el no como respuesta. Si no estamos dispuestos, lo que estamos formulando, en lugar de una petición, es una exigencia. Y eso rompe las reglas del juego de la convivencia. Siempre podemos, eso sí, establecer una negociación, intentando llegar a soluciones favorables para nosotros y para los receptores de nuestras peticiones.

Todo esto puede parecer una tontería, pero… seguro que si hacemos un repaso de ocasiones en las que hemos tenido que pedir algo encontramos alguna que otra en la que, por no haber elaborado bien la petición, se ha acabado generando un conflicto, una discusión, un malentendido. No es difícil, pero… no viene mal aprender este esquema y ponerlo en práctica. Seguro que mejora nuestras relaciones con los demás.

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