Tres son los motivos que se encuentran detrás del malestar ruso respecto de Europa: el primero tendría que referirse a la cuestión de las fronteras trazadas en el viejo continente después de la caída del muro de Berlín en 1989, que marcaría el final del ciclo que con manifiesta habilidad negociaba Stalin en la Conferencia de Yalta en febrero de 1945 y que no constituía sino una extensión de la política de aseguramiento de un espacio de protección estratégica para sus expuestas planicies y que se remontaría a los tiempos de los zares; el segundo haría referencia a la sensación de incomodidad que tendrían los rusos debido al tratamiento que éstos estarían recibiendo por parte de las potencias occidentales, más en concreto la Unión Europea y los Estados Unidos y la tercera, la ampliación progresiva de la OTAN, toda vez que algunos de los países que hasta 1989 estaban bajo su férula, se incorporaban a la UE y se asociaban a este instrumento militar.

Empezaré por decir que los asuntos que tienen que ver con los sentimientos resultan por naturaleza irresolubles y la política nada puede hacer salvo -en democracia- permitir que se expresen libremente y resolver las cuestiones más susceptibles de ser objetivadas y de las que eventualmente -distorsionadas o no- este malestar pueda traer su causa. Todos los nacionalismos y en especial los excluyentes padecen de este problema, juegan con un pretendido victimismo y consideran que el menosprecio que estarían recibiendo por parte de alguna situación exterior a ellos se encuentra en la raíz de sus pretendidos sufrimientos.

No ocurre lo mismo sin embargo con los otros dos factores enunciados también como parte del descontento ruso. Es evidente que la zona de influencia de este país como consecuencia de los hechos que produjeron la caída del muro de Berlín se ha visto reducido de manera drástica y que también es cierto que no será posible -ni deseable, agregaría desde mi punto de vista- al menos durante mucho tiempo, que ese espacio adquiera los límites fijados en Yalta. Pero sí parece necesario que vayamos comprendiendo algunas cosas que también por mucho tiempo no serán susceptibles de cambiar. ¿Alguien que esté bien informado puede pensar que Crimea podrá algún día próximo retornar a Ucrania? Incluso, ¿será posible pensar en que este país, Ucrania, pueda acometer un proyecto unificado entre su oeste pro-europeo y su este pro-ruso? Por muchas sanciones que le pongamos a Rusia no parece probable que esa política varíe.

En cuanto a la OTAN se refiere, las manifestaciones del portavoz oficioso de Trump -en realidad, el único portavoz del presidente de los EEUU es él mismo-, Jeffrey Lord, señalaría durante la campaña electoral que la única forma en que la OTAN siga siendo lo que viene siendo hasta ahora es a través de un incremento del 55% del gasto en defensa de los países europeos miembros, o sea un 2% y no un 1’28% que es lo que empleamos como porcentaje de nuestros PIB en los momentos actuales. Asunto difícil en los tiempos que corren, si pensamos en que los populismos que nos invaden en uno u otro Estados de la Unión demandan a los gobiernos más Estado del Bienestar que Defensa; o, por decirlo en términos clásicos, más mantequilla que cañones.

En cualquier caso, el re-pensamiento de la OTAN debería producirse sean cuales sean las nuevas estrategias de la administración Trump. Y no porque Rusia haya dejado de ser una amenaza sino porque no es la amenaza que era en su época soviética. Y porque sólo ha avanzado en los terrenos en los que los Estados Unidos ha retrocedido de forma voluntaria, como está ocurriendo en Siria, conflicto en el que apenas nadie cree que tenga alguna participación significativa; o haya recuperado alguna posición que había perdido como consecuencia de la crisis originada por el abandono del comunismo. Volver a pensar la OTAN como uno de los elementos que quedaron pendientes toda vez que el mundo de Yalta concluía y con él todas las certezas que conllevaba -incluso las de riesgo- y que se han visto sustituidas por todas las incertidumbres que lo son prácticamente todas.

Rusia es un país importante para Europa, clave para nuestra seguridad y su contraria, la inseguridad en la que vivimos. Por ello deberíamos reflexionar si conviene o no proseguir por un camino -que ya no es abordable en la práctica- o sustituirlo por una política de acuerdos que nos permitan un desarrollo de nuestro proyecto europeo en el que terceros países -como Rusia por ejemplo- no alimenten a nuestros populismos con el solo propósito de desestabilizarnos.

Es verdad que los populismos de Europa tienen bases endógenas y que éstas son las que más motivan su desarrollo, pero no es menos cierto que se ven alimentadas por terceros que como es el caso de Rusia no vacilan en evitar que prospere la ever closer Unión europea porque para ellos ese objetivo es sólo una amenaza.

 Lo sea o no, y yo pienso que no lo es, Rusia así lo cree ahora.

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