• Viaje por las tierras del “vampiro” mitificado y del héroe histórico rumano que luchó contra los turcos

 

Existen dos Dráculas: el de la novela, creado por el irlandés Bram Stoker, y el personaje histórico que fue príncipe de Rumania y casi un héroe nacional en ese país, por destacarse en la lucha contra los turcos cuando los principados rumanos eran tierra de disputa entre grandes poderes. Los dos, sin embargo, confluyen en este país, quizá uno de los más bellos de Europa, y ambos se pasean por los mismos paisajes y escenarios históricos, aunque Vlad Tepes –como se llamaba realmente el Drácula histórico– nunca conoció Londres y su vida discurrió entre Rumania –la capital húngara–, Budapest y Estambul, donde dicen que aprendió las técnicas para torturar y martirizar a sus enemigos.

Nació en Sighisoara en 1431 y el lugar donde nació es hoy una tienda de souvenirs. Vlad Tepes es tristemente célebre por la forma en que castigaba a sus enemigos, a los que generalmente, después de torturarlos, los empalaba con el fin de aterrorizar a aquellos que le cuestionaban o, simplemente, a ciudadanos corrientes que pudieran darle problemas. Pese a que murió con apenas 45 años, según dicen las crónicas que se funden también con la leyenda, en una batalla en las cercanías de Bucarest, se calcula que alrededor de 100.000 personas fallecieron bajo su gobierno de la forma más cruel y despiadada.

Tepes o Drácula, que significa “demonio” en rumano, llegó a ser príncipe de Valaquia tras pasar una temporada larga en la corte del sultán Murad II, quien al parecer le inició en la tortura, la crueldad en el trato con los enemigos y el uso de la fuerza ilimitada contra sus oponentes, pero, como suele suceder, el alumno, apenas un adolescente entonces, superó al maestro con creces. En una ocasión, según se cuenta, ordenó empalar a treinta mil colonos alemanes de la zona de Sibiu porque se habían opuesto a rendir sus ciudades.

En Sighisoara podemos ver todavía la casa donde nació Vlad, situada en el centro y señalada con un placa por este hecho, y comenzar desde esta ciudad mágica e idílica nuestro recorrido por las tierras que surcara, y también ensangrentara, Drácula. Los paisajes de Transilvania son espectaculares, muy boscosos y de un verde intenso, debido a un invierno frío, lluvioso y largo. Aparte de sus lugares históricos, como Sibiu, Brasov o Cjuj Napoca, tres de las grandes capitales transilvanas, el viaje a través de la Rumania profunda siempre merece la pena, sobre todo por sus montañas e intensas e inolvidables panorámicas, como si el tiempo se hubiera detenido y la mano del hombre todavía no hubiera destruido esa naturaleza selvática y primitiva.

En medio de paisajes boscosos y de un verde intenso, transcurrió en Rumania la historia de uno de los personajes más mitificados del mundo

La última cena de Jonathan Harker

Cerca de Sighisoara, aunque las carreteras son malas y hay pocas alternativas para moverse en esta región de infraestructuras deficientes, podemos acercarnos hasta Bistrita, en donde el personaje que relata la historia de Bram Stoker, un abogado inglés llamado Jonathan Harker, se aloja en el hotel Corona de Oro y come, tal como lo dice la novela de Stoker, que cito textualmente: “Me sirvieron lo que aquí llaman un ‘filete de bandido’, es decir, unos pedazos de tocino acompañados de cebolla, buey y paprika, todo enrollado en unos bastoncillos y asado sobre las llamas directamente, como se hace en Londres con los despojos. Bebí Medias Dorado, vino que cosquillea ligeramente la lengua, sin que su gusto sea desagradable en absoluto. Sólo tomé dos vasos”.

El hotel Corona de Oro existe y tiene un menú parecido al que le ofrecieron al protagonista de la novela en su última cena antes de conocer a Drácula el vampiro. Bistrita es el prototipo de ciudad transilvana.  Pero el hotel es un recinto nuevo, impersonal y no tiene ningún encanto, olviden encontrar algún parecido con lo que describe la novela. Eso sí, la ciudad es típicamente transilvana y tiene sus encantos, como la vieja sinagoga del siglo XIX y las antiguas plazas de sabor inequívocamente centroeuropeo.

El acrónimo Transilvania significa “más allá de los montes”, una tierra mítica y mitificada por todos, también siempre reivindicada como propia por húngaros y rumanos, en una disputa tan antigua como balcánica. En esta zona del mundo convivieron, a veces en armonía, otras en lucha, alemanes, hebreos, rumanos y húngaros. Su identidad es su pluralidad cultural, lingüística y étnica, un crisol que, a modo de mosaico colorista y diverso, se extiende entre Rumania, Hungría, Serbia y Ucrania.

Tras Bistrita, ya en busca del príncipe histórico, podemos dirigirnos hacia Brasov, una ciudad impresionante rodeada de montañas y bien dotada de servicios turísticos. Se recomienda probar la gastronomía local y degustar los vinos rumanos, cada vez de mejor calidad y muy desconocidos en los mercados europeos. Así mismo, vale la pena adentrarse en la ciudadela medieval, desde la que se divisa toda Brasov, y almorzar en su restaurante, decorado a la vieja usanza y con una excelente carta de platos locales y regionales.

 

Bran, el castillo de Drácula

Después de recorrer la ciudad, que tiene uno de los mejores ambientes nocturnos de Transilvania, nos dirigimos hacia Bran, el famoso castillo de Drácula en el que convergen la leyenda y la historia. Este es el lugar al que tenía que dirigirse Harker para visitar al vampiro que le da nombre a la novela, luego de ignorar las recomendaciones de quienes intentan hacerlo desistir.

Este pueblo vale la pena. El paisaje es de ensueño. Una Europa rural, arcaica y primitiva que ya no se puede contemplar en ninguna parte, quizá, del continente. Las campesinas y los lugareños ofrecen sus productos naturales y los mercados son todo un espectáculo. En este lugar, aparentemente idílico, discurrieron hechos tan dramáticos como los que narran las crónicas, que nos presentan a este personaje como vengativo, cruel, insaciable e irascible, que era capaz de mandar empalar a cualquiera con tal de saciar su sed de sangre y muerte.

La fama de Drácula se debe, esencialmente, a estas características y traspasó las fronteras de Rumania, convirtiéndose en un personaje reconocido en casi todas las crónicas históricas, que seguramente llegaron a las manos del novelista Bram Stoker, un irlandés que nunca había viajado a Transilvania y que escribía a través de lo que conocía en los libros.

Desde Bran nos dirigiremos hacia Tirgoviste, la ciudad que alberga las ruinas de la Curtea Domneasca, durante el reinado de Tepes Drácula capital de Valaquia. Vlad Tepes había llegado al trono de Valaquia en 1448 apoyado por un contingente de tropas turcas y, al parecer, fue en esta villa donde situó su corte. Allí, Drácula perpetró una de sus mayores matanzas al vengar la muerte de su padre y su hermano, que supuestamente fueron asesinados por los boyardos (nobles) locales. El domingo de resurrección de 1459, una vez conocida la noticia del fallecimiento de sus familiares y ya consolidado en el trono de Valaquia, el príncipe más cruel de la historia de Rumania invitó a los nobles que habían participado en el crimen a una celebración, seguida de una fiesta en su palacio.

El escritor Juan Jacinto Muñoz Rengel, al referirse a este episodio, relata: “Durante el baile, Vlad Tepes preguntó a los boyardos cuántos voivodas eran capaces de recordar. Citaron muchos nombres de quienes habían gobernado en las últimas décadas. Drácula sentenció que la alternancia de tantos voivodas era fruto de sus conspiraciones y de inmediato mandó empalar a todos los ancianos, mujeres y niños que había entre ellos… En Poienari, en la cima de los Alpes de Transilvania, los boyardos fueron obligados a construir un castillo para Drácula, hasta que sus ropas se les cayeron convertidas en andrajos y murieron de agotamiento”.

Hoy, Poienari sólo aloja unas ruinas del castillo, imperdibles para cualquier aficionado a la mitología de Drácula. En Tirgoviste, de la época de Vlad sólo queda la Torre de Chindia, un viejo punto de observación militar, y los restos de la Curtea Domneasca, supuesta corte del príncipe. El novelista Stoker, sin embargo, sitúa el escenario de su novela en Bistrita y en los altos de Tihura, cerca de la antigua frontera entre los principados de Valaquia y Moldavia.

 

El final de Vlad Tepes

Para terminar este itinerario por las tierras de Drácula debemos dirigirnos hacia la capital rumana, Bucarest, que ya aparece citada en algunos documentos del año 1459, durante el reinado de Drácula, y en la que se puede apreciar la antigua posada de Hanul Manuc, en pleno centro de la ciudad, un busto dedicado al Vlad Tepes que los rumanos todavía respetan y veneran casi como un héroe.

En 1476, aunque la fecha sigue siendo discutida por muchos y nunca se ha encontrado documentación que lo respalde, al parecer Drácula fue asesinado y decapitado por su sucesor, Laiota Basarab, quien atravesó su cabeza con un palo, la conservó cuidadosamente en mieles y se la envió al sultán turco Mehmed como regalo y prueba de afecto. Se dice que fue enterrado en el cementerio del monasterio-iglesia del lago Snagov, un lugar de peculiar encanto en los alrededores de Bucarest y de paso obligado para los amantes de los mitos y la magia.

La leyenda, no la historia, dice que en una tumba situada en el interior de esta iglesia se alojan los restos de Drácula, aunque un lugareño me asegura que un informe científico que se realizó sobre los restos demostró que no eran humanos, sino animales, concretamente de un caballo, y seguramente de una época posterior a la de este personaje. En cualquier caso, la gente sigue visitando su tumba creyendo que realmente alberga los restos del príncipe mitificado. Y muy cerca de aquí, ya de regreso a Bucarest, nos encontramos con la curiosidad de que existe la única calle en el mundo dedicada a Drácula.

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