Uno, después de analizar a fondo las noticias y sumarios de lo de Rita, cree que lo que realmente le pasa a la alcaldesa de España es que está siendo víctima de un grave síndrome de Diógenes. Ese trastorno mental lleva a quien lo padece, generalmente ancianos que viven solos, a abandonarse y a acumular en su hogar grandes cantidades de basura y desperdicios domésticos. La señá Rita, como ha sido desahuciada por su partido, por su amigo Rajoy (un golpe bajo, Mariano, eso no se hace) y por los suyos de toda la vida, ha entrado en depresión, en shock, y se ha pillado un Diógenes de caballo que la empuja inexorablemente a acumular los despojos y barreduras de la corrupción y a llevarse toda la mugre de Valencia para Madrid, o sea para el Senado, que ya está de inmundicia hasta el techo y allí no cabe más detritus.

Rita se niega a dejar el escaño porque en ese escaño, como cualquier Diógenes, quiere meter todo lo que ha sido su vida y la Comunidad Valenciana durante estos años de golferío y butroneo: los vertederos del caso Brugal, los bolsos mugrientos de Vuitton, los pelos del bigote de Álvaro Pérez el ídem, los trajes con lamparones de Camps, el barro carísimo de Terra Mítica, los millones de peles de Rus contados entre estiércol y boñigas de vaca, el fuel contaminante de los aeropuertos sin aviones de Castellón y en ese plan. El escaño de Rita es todo eso y mucho más y ella, pobre, infeliz, afectada por un trastorno psicológico tan grave que la obnubila y la vuelve delirante, ha decidido llevarse toda esa mugre y esa mierda con ella, en el AVE Valencia-Madrid, otro basurero de comisiones.

Rita no es ninguna comisionista ni una pitufa de esas que van buscando los de la UCO como a vulgares pokémons, sino una paciente, una achacosa enferma de los años locos del Charlestón corrupto valenciano que precisa ayuda y terapia urgente. La alcaldesa de España es una víctima del sistema que necesita todo el apoyo y todo el tratamiento del mundo. La señora Rita, ahora, no necesita un aforamiento del Senado, ni un indulto, ni un exorcista de la vida como Conde-Pumpido que le saque el demonio del alma a base de confesiones; lo que ella necesita con urgencia es un médico que le quite el mal, que le extraiga del cuerpo esa enfermedad triste y fea que es el Diógenes y que le limpien el partido en Valencia, que huele que apesta. El paciente que sufre un Diógenes llega al aislamiento social, sin confiar en nadie, ni siquiera en Alfonso Grau, antaño confesor de cabecera y hoy pérfido traidor que también le ha dado la espalda el muy rufián.

Rita está mal, muy mal, ya ni siquiera va a la pelu ni de tiendas para comprar collares de perlas, y se ha atrincherado durante días y semanas en su casa, entre las basuras y desechos de la política valenciana. De ahí esas fotos de los periódicos en las que aparece asustada, huraña, paranoica, tras las cortinas de la ventana. A veces, muy rara vez, sale a la calle y asomando la nariz por la puerta le pregunta a los periodistas con ese vozarrón sensual de travelo que Dios le ha dado: “Hola ¿cómo estáis?”. Pero luego sale corriendo otra vez para su dacha y no hay forma de sacarla de sus sumarios, de sus escándalos, de su mugre, de sus nostalgias y recuerdos tras un cuarto de siglo de victorias electorales y grandezas. No hay que engañarse, el mal sigue estando ahí. Hay que actuar. Un Diógenes es una cosa muy seria y muy chunga que hay que cogerla a tiempo porque si no va a más y Rita, como alcaldesa de España que lo ha hecho todo por el partido y por la patria, no se merece este trato indigno que ni siquiera se lo dieron al espía Paesa, el hombre de las mil caras, del que ahora hacen película. Si será malo el síndrome de Diógenes que no solo le fuerza a uno a acumular desperdicios y cochambre en la despensa del partido, sino también a permitir que todo el mundo trinque lo que pueda, ya sea en sobres sobrantes, en billetes de quinientos o en forma de salario del Senado.

Rita lo acumula todo ya y eso no es bueno para la salud. Rita tiene que salir de casa, del Ayuntamiento, del Senado, del partido, de todo. Hay que mandarla al Banco Mundial, para que viaje, se distraiga y se airee un poco. Hay que sacarla de esa dinámica nociva y perniciosa en la que ha entrado, darle tratamiento y cariño, aplicarle las pastillitas rojas venezolanas y electroshock si hace falta, porque un Diógenes no es cualquier cosa y puede caer en depresión crónica o darse a la bebida, que es todavía peor. Si la dejamos, llena Madrid con la basura de Valencia y cambiar la mierda de sitio no es solución, que ahora Espe Aguirre se ha puesto muy seria por lo sucia que está la Villa y Corte. A Rita que la traten ya. Salvemos a Rita, que es patrimonio de Valencia. Como las Fallas, coño.

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