‘Caloret faller’ al margen, el auge y caída de la senadora del Partido Popular Rita Barberá y exalcaldesa de Valencia durante los últimos cinco lustros con un apoyo ciudadano aplastante es, más que una realidad, una metáfora clarividente de una forma de hacer política que se ha perpetuado durante demasiado tiempo con el apoyo de las urnas hasta que la justicia ha hecho valer su espada implacable. Y aun así, todavía nadie ha dicho en este caso su última palabra.

La “alcaldesa de España”, como la llegó a llamar Mariano Rajoy en un sonrojante alarde de cercanía y amistad, se escuda ahora entre los visillos de su casa valenciana y el aforamiento que le otorga su cargo de senadora para ver desfilar ante sus narices a su equipo municipal prácticamente al completo y a buena parte de los asesores que la han acompañado en su aventura política durante más de dos décadas.

La operación Taula parece haber abierto finalmente los ojos a la cúpula del Partido Popular, en las horas más bajas de su historia, que ahora le pide explicaciones pese a mantenerse pertrechada en el silencio legal que le permite su aforamiento. Senadora es, ni que decir tiene, por obra y gracia de su mejor adalid, el propio presidente del Gobierno en funciones, Mariano Rajoy.

Una vez consumada la debacle electoral del PP valenciano en las municipales del pasado 24 de mayo de 2015, pese a seguir siendo la fuerza más votada, Barberá pasó a engrosar esa ya incontable lista de viejas glorias de diferentes formaciones políticas que son ‘recompensadas’ por su gestión con un sillón del cómodo Senado, que permite afrontar con más tranquilidad los empellones de la justicia.

Barberá, soltera e hija de un conocido periodista, ejemplifica a la perfección el populismo en estado puro. Su cercanía, su carácter aparentemente tan campechano como irascible, esa manera de escenificar su compromiso con el pueblo mediante la vehemencia que la caracteriza y el control absoluto de todos los mimbres que se han movido en la ciudad de Valencia y también en el partido regional durante los últimos 24 años son los ejes sobre los que ha cimentado un auge incontestable.

Hasta que la operación Taula parece haber conseguido lo que no pudieron las investigaciones de los casos Gürtel o Nóos: poner a Barberá contra las cuerdas y a punto de tener que dar explicaciones a la justicia.

Pero pese a todo, en una huida hacia adelante que no ha sido cuestionada por el PP en público, la exalcaldesa valenciana ha reclamado sin éxito seguir como presidenta de la comisión constitucional del Senado. Rajoy ya ha tomado una de las decisiones políticas que más le va a costar en su dilatada trayectoria: apartar de la primera línea de fuego político a su “alcaldesa de España”, “la mejor” según el todavía presidente del Gobierno.

Barberá hizo méritos en tiempos del Fraga de Alianza Popular para liderar el PP valenciano desde su llegada a la alcaldía allá por 1991. A partir de entonces, su carrera ha ido imparable hacia arriba, con respaldos electorales incontestables, incluso superando el 50% de los sufragios. Gracias a ella, el PP pudo acceder a la presidencia de la Generalitat Valenciana con el hábil Eduardo Zaplana y otros históricos expresidentes autonómicos como Francisco Camps y José Luis Olivas.

Precisamente con Camps escenificó algunas de las imágenes de los días de vino y rosas en la Comunidad Valenciana, copilotando un Ferrari con el piloto de fórmula uno Fernando Alonso como pasajero estrella. Eran los tiempos de las grandes obras faraónicas, la Copa América de Vela, la visita del Papa… Eran otros tiempos, sin metáforas. Hoy la metáfora es el visillo de una ventana y una sexagenaria asomada a ella con disimulo.

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