La mejor novela que he leído en los últimos años, la que más he disfrutado y recomendado, es Canadá. La obra cumbre de Richard Ford.

No hay un solo libro de Ford que no haya devorado, masticado, saboreado; algunos incluso varias veces. En particular los dos primeros volúmenes de la trilogía de Frank Bascombe. El periodista deportivo y El Día de la Independencia, ambos forman parte de mi propia vida, con calidad similar a los auténticos recuerdos personales.

Me acuerdo de Frank, de sus palabras, de sus gestos y estados de ánimo, del mismo modo que recuerdo los de mis mejores y más queridos amigos; Frank –soy un hombre raro- forma parte del grupo de mis íntimos, de esos poquísimos a quien he llegado a calificar en algún momento como predilectos. La traducción de Mariano Antolín Rato además es maravillosa (disfruto enormemente ante ese pequeño milagro, cuando una versión en otro idioma no desmerece, e incluso mejora, el primer texto).

Cuando vi que había una nueva obra de Richard Ford llamé inmediatamente a mi padre Herralde, para que me la enviara por favor. Lo hizo con su presteza habitual y acompañó el libro con lo más reciente de Echenoz, El capricho de la reina (el primer cuento es buenísimo), Piglia, McEwan, Amis, y otras maravillas que sólo están al alcance de los dedos de la editorial Anagrama.

Francamente, Frank es una colección de 4 novelas cortas, protagonizadas por el inolvidable Bascombe. Bascombe ya es mayor en esta nueva entrega, y más que mayor se siente mayor, casi un viejo. Es imposible no escuchar la voz del autor, su propio dolor vital -que es también su máximo activo como creador- transparentándose entre las palabras que supuestamente Frank va escribiendo.

El libro, que leí en cuatro días para que me durase, conmueve. Siempre consigue conmoverme Richard Ford. No es exactamente un libro alegre, porque la vejez no es un tema precisamente festivo, pero ¿quién necesita alegría cuando está en compañía de un old friend?

Al cerrar el volumen de tapas amarillas, el color característico de Panorama de narrativas de Anagrama, y repasar todas las frases que había subrayado, no pude evitar pensar en un hombre inigualable, un gran hombre, el dermatólogo mejor y más humano que jamás he conocido. Se llamaba Felipe Mengs. Se llamaba.

La última vez que tuve la fortuna, siempre gran placer, de disfrutar de su conversación, cuando le pregunté ¿qué tal estás?, me miró a los ojos con el brillo siempre afectuoso y también burlón de su inteligencia, y me respondió desde el corazón: Bien, estoy bien, envejeciendo tranquilamente.

Eso es también lo que están haciendo tanto Frank Bascombe como Richard Ford, envejecer tranquilamente. Algo que solo está al alcance de los grandes hombres, los que han sido sinceros siempre consigo mismos.

Me sentiría feliz si cuando llegue el momento alguien más joven me pregunta cómo estoy, yo puedo responder sin faltar a la verdad lo mismo que Felipe Mengs, Richard Ford o Frank Bascombe.

Bien, estoy bien, envejeciendo tranquilamente.

 

(Este artículo ha sido dictado por Javier Puebla, quien desde hace diez meses no puede valerse de su mano derecha, y mecanografiado al ordenador por el escritor Ángel Arteaga Balaguer.)

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3 Comentarios

  1. Así vamos, el lujazo de envejecer tranquilamente, que reflexionado bien parece una revolución en este sistema devorador capitalista.
    Me encantas.

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