Está jugando a ser Dios, Dani, Daniel Ricciardo, en el Gran Premio de Mónaco. Su objetivo es ganar la carrera, pero también conseguir el Gran Chelem: pole, vuelta rápida y liderar la carrera el 100% de las vueltas. Prueba de su pretensión es que ha quedado primero en las tres mangas de entrenamientos libres… y eso ha puesto muy nervioso a Verstappen, Max Verstappen.

Verstappen, que no sabe medir suficientemente bien, Verstappen, que padece ansiedad, Verstappen que se sueña ya con más campeonatos que Schumacher y a este ritmo quizá no llegue a conseguir nunca ninguno.

Y se le va el bólido del animal con cuernos contra las protecciones, en Mónaco, a Verstappen, en la tercera sesión de entrenamientos. El coche suficientemente destrozado para no poder siquiera participar en la cuali. Más cinco posiciones de penalización por tener que cambiar la caja de cambios.Hay que ser estúpido, torpe e inmaduro. ¿Qué intentaba Max?

Max quería demostrar que era capaz de rodar más rápido que su compañero y rival, más rival que compañero en el momento actual, en el circuito más mítico de la F1: Mónaco.

Ricciardo mira por encima del hombro a Max.

Ricciardo le mete presión.

Ricciardo este año acaba contrato y es el piloto más codiciado y deseado de la parrilla.

El domingo 27 es la carrera. Pero hoy sábado, cuando escribo, ha sido un triunfo enorme para el gran Daniel Ricciardo. Él sí que debería llegar a ser campeón mundial. Y normalmente llegará. Beberá muchos litros de champán en sus botas/zapatillas.

Enorme, magnífico, un dios hoy, Daniel Ricciardo en el circuito urbano donde la leyenda es más poderosa que la mismísima realidad.

 

Otro burbon, por favor.

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