Se habla y escribe sobre la cuarta transformación de la vida pública nacional como lo ha señalado el presidente electo al apuntar a una IV República.

Sin embargo, en una argumentación reduccionista, se discute sobre el cambio de régimen y sus implicaciones, como el autoritarismo, el “mayoriteo”, la falta de equilibrios al presidencialismo al que el voto le entregó la confianza de gobernar acompañado del legislativo, su relación tanto con los grupos de poder fáctico como con sus emisarios mediáticos, o de su tolerancia ante las instituciones que nuestra incipiente democracia creó pensando que serían la panacea para frenar al poder.

Hay temor y mucha incertidumbre, que sumado a la ignorancia sobre nuestra historia nacional e internacional en procesos de transformación, lleva a conclusiones absurdas por estar alejadas del hecho central que el voto masivo desencadenó el 1 de julio: la insurrección democrática que alista a la ciudadanía a levantar la mano y alzar la voz en beneficio colectivo.

En beneficio, se entiende, de los jóvenes urbanos y universitarios, los sindicalizados normalmente subordinados a líderes corruptos y autoritarios, los vecinos dispuestos a participar desde sus colonias en las decisiones de su entorno, los grupos indígenas olvidados o corporativamente utilizados con fines electorales; en general, todos los miembros de grupos sociales históricamente olvidados y marginados, víctimas del poder oportunista y ambicioso que se niega, aún ahora, a entender el mensaje de las urnas y retirarse prudentemente o cambiar sus formas y métodos de interactuar con la ciudadanía.

Puede cuestionarse el alcance y las formas de dicha insurrección, incluso los detonantes que llevaron a ella, pero queda claro que estos actores poco entienden sobre su nuevo papel social; convirtiéndose así, en las últimas resistencias de una ola que los irá arrollando poco a poco hasta que de ellos sólo queden células arcaicas destinadas a mirar pasar el mundo desde afuera.

En su lugar, los espacios de poder se nutrirán de ciudadanía, no de clientelas; las universidades de estudiantes comprometidos socialmente, no de matriculas manipulables; los sindicatos de trabajadores y obreros organizados para la defensa colectiva de sus derechos, no de líderes charros; comenzando porque las instituciones del Estado mexicano estén compuestas por una nueva generación de funcionarios dispuestos a servir y no servirse, poniendo desde la Presidencia de la República, el más representativo de los ejemplos.

Eventualmente esto tendrá que llegar y entenderse en los Poderes Legislativo y Judicial, en los organismos autónomos, en los poderes locales y municipales; para que así, desde la sociedad en combinación con el nuevo gobierno federal, cada espacio social mute en entes realmente democráticos.

Las señales de este cambio no sólo se observan desde los postulados que cada día comunica de varios modos el Presidente Electo; están mostrándose a flor de piel, por ejemplo, en la Universidad Nacional Autónoma de México, cuyos directivos no calcularon el empoderamiento de sus estudiantes y pensaron en acabar con un problema bajo las formas del siglo pasado, con lo cual, están quedando arrinconados y prestos para ser relevados por los integrantes de su propia comunidad.

Los líderes sindicales, como Carlos Romero Deschamps, están en la disyuntiva entre el sano retiro o la expulsión producto del relevo democrático que de sus propias bases exigen, y así, varios de sus anquilosados colegas.

Recién comenzado el nuevo gobierno nacional serán empoderados en sus propios hogares los mexicanos más rezagados, como los adultos mayores, los discapacitados en situación de pobreza o los jóvenes olvidados y arrojados a destinos inciertos y muchas veces violentos. Así, serán revalorados socialmente e integrados a una comunidad que les requiere y a la que necesitan.

El avance será sustancial pues propiciará una interacción y movilidad social que junto con los otros proyectos estratégicos que se implementarán, creará células productivas y dinámicas, vivas e informadas, tanto de sus derechos como de sus deseos, los cuales, serán mediante una forma de gobierno democrático, escuchados y atendidos en una república cambiante en función de sus habitantes y no de sus desplazadas estructuras de poder.

A esto, es a lo que se le llamará la cuarta transformación de la vida pública de México, que ya tiene a una nueva sociedad gestándose desde una insurrección democrática que está empoderando desde abajo a su conjunto.

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Conferencista, participante y delegado en múltiples eventos internacionales en Azerbaiyán, Francia, Argentina, Cuba, Costa Rica, El Salvador, Nicaragua, Panamá, Venezuela, Colombia, Ecuador, República Dominicana, Perú y Brasil. Escribo en Milenio Diario y asesoré a los secretarios de gobierno de Puebla y de la Ciudad de México. Soy el único mexicano que ha presidido la Conferencia Permanente de Partidos Políticos de América Latina y el Caribe, en su apartado juvenil (COPPPAL-Juvenil). Egresé de la Facultad de Derecho de la UNAM y me he especializado en derecho electoral. A los 27 años competí por una diputación local en Puebla. Actualmente estoy convencido de la regeneración nacional en MORENA, y trabajo para ello, en Huauchinango, Puebla, donde nací.

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