La libertad de expresión es una mujer maltratada que no habla porque teme que su marido ese día no tenga a bien escuchar su voz y, molesto, le dé de ostias.

Una pobre desgraciada que calla y se somete a su agresor porque es sabedora de que, si saca la cabeza para gritar por la ventana, una panda de cazurros saldrá en manada a decir que se lo merecía y que más guapa estaba callada.

Esa que no denuncia porque le asusta tener que enfrentarse a los muchos que dirán que su historia es falsa, que lo inventa, que es mala madre, rencorosa e interesada.

La libertad de expresión es como la pobre desahuciada del sistema, que fija la mirada con resignación tres veces por semana en el techo de su habitación a la altura de la almohada y dentro de la cama.

Esa que piensa en otras cosas y vuela en pensamiento lejos, como lo hace una encarcelada, mientras su realidad física permanece secuestrada e inmersa en un vaivén de mecedora, en un tambaleo rítmico de arriba y abajo y de menos de cuarto de hora.

La que calla y otorga en silencio, normalizando fotogramas grotescos, para poder sobrevivir al asco, porque sabe por las noticias de la tele, que las violaciones sólo son esas escenas en las que un desconocido te muele a palos y te folla contra tu voluntad y con violencia en un portal o en una calle desierta, por la que jamás habrías de haber transitado sola e irresponsablemente.

La libertad de expresión es la prostituta que escribe sin separar las palabras y las letras porque no fue a la escuela.

La que supo un día que poseía un negocio entre las piernas y abrió su propia tienda.

Esa que ríe mientras sufre y que cuando le preguntan sobre si está contenta contesta como ellos quieren, dócil, domesticada, sin el menor atisbo de ofensa, pareciendo sincera, para decir que es un trabajo como otro cualquiera, para no pensar, para no buscarse más problemas.

La libertad de expresión es una negra, una yonqui, una gitana, una mujer criticada porque le gusta jugar a las tragaperras.

Una fresca, una lesbiana, una adúltera, una mora, una loca, una atea, una soltera.

La libertad de expresión es una mujer sucia, descuidada, mentirosa y usurera.

La libertad de expresión es una mujer, y como mujer, recibe todas las violencias.

Es una compañera feminista que sólo deja de ser atacada si acata y dice que la igualdad está a la vuelta de la esquina y que nada tiene que ver con la entraña de la bestia.

La libertad de expresión es una mujer secuestrada, tratada, la que nada espera.

La libertad de expresión es un camino sin retorno, una patria rectangular, una jaula sin puerta.

La libertad de expresión es una farsa, un giro teatral del sistema, una trampa, un dispositivo, un artefacto, una falacia, una cadena.

La libertad de expresión es mujer que aborta, que decide, que se la juega.

La libertad de expresión es un deporte de riesgo, un puénting sin cuerda, una montaña rocosa, un mar en desaliento, una ola gigante, una inundación o una gran tormenta eléctrica. La libertad de expresión es miedo que se transforma en canto de sirena.

La libertad de expresión no se ríe, no rapea, no ensaya, no entra en escena, no se burla, no es sarcástica, no es soberbia, no pinta, no rueda, no expone, no baila y no cuenta porque no está contenta.

La libertad de expresión está herida y camina con cojera, casi no sale de casa y es como un recluso en su celda, mirando a través de los barrotes, de los barrotes desde dentro afuera.

La libertad de expresión es turbia como la cerveza y se sirve caliente, sin espuma, ni cuerpo, ni recién puesta.

La libertad de expresión es diestra y tiene atada a la espalda, la mano izquierda.

La libertad de expresión era bella, joven, sincera, ahora no es más que el recuerdo de una España que ya no puede decir lo que piensa.

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