Es para mí la lectura como para el cereal el cuido delicado del agricultor. Con ella experimento la más bella de las sensaciones, el más delicado de los sentidos se despierta y te permite descubrir rincones inesperados de tu imaginación.

Leer no es simplemente leer – valga la redundancia –, leer es un proceso de visión, es una especie de rito que empieza por el apetito de saborear la escritura de algún autor, por el deseo que nace a raíz de haber pensado en alguna cuestión que te invite a ello. Leer no es coger un libro al azar, abrirlo y descifrar el código léxico, es más complejo que eso. La lectura necesita de la elección, de la búsqueda de la presa que te ha despertado el apetito, no sirve cualquier libro.

Ahora que tanta producción en extenso encontramos, es complicado hallar un escrito verdaderamente capaz de llenar el intelecto que, deseoso de saciar su sed, no se conforma con cualquier lectura comercial; ni todo vale, ni todo es bueno.

Del mismo modo, también es importante la forma en la que se lee. Quienes dicen que leen en la cama para alcanzar el sueño están desperdiciando la belleza de un libro. Cuando gusta verdaderamente un argumento no produce sueño, sino que despierta todos los sentidos, desde el gusto hasta el olfato; cuando leas y te entre sueño cambia de libro porque no has encontrado el tuyo. Quien práctica de esta manera el arte del cultivo de la libertad intelectual no es lector, como tampoco todos los que firman libros publicados son autores.

Por estas razones, ahora que tengo más tiempo para saborear las líneas impresas, he decidido seleccionar una serie de obras con las que disfrutar durante este verano. Hace ya años leí “El Lazarillo de Tormes”, una obra del Género Picaresco español que te conduce a los siglos situados entre el Renacimiento y el Barroco. Con el Lazarillo no solo he reído, sino que he alcanzado el éxtasis que resulta de la mayor satisfacción humanista que cualquier individuo puede gozar. Este anónimo texto reproduce en la mente una película de una enseñanza indiscutible, pues te permite conocer a la perfección los modales y las formas de vida de la sociedad de la época en la que se ambienta, así como también lo bueno y lo mísero del imperio español.

“El Lazarillo”, te enseña y te anima a seguir indagando y descubriendo sobre el complejo siglo XVI, centuria en la que los estudiosos filólogos la sitúan. Digamos que es una especie de profesor moderno que te conduce a ese método tan necesario al que llaman aprender a aprender.

No basta con leerlo, necesitas de papel y lápiz. Surge en ti el deseo de anotar cuestiones que se despiertan y que no quieres que queden en forma de incógnita. Es simplemente una joya de la literatura española.

 

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