La teoría de los «Seis grados de separación» asegura que cualquier persona del planeta puede estar «conectada» a cualquier otra persona a través de una cadena de conocidos que no tiene más de seis intermediarios. Es decir que es posible acceder a cualquier persona del planeta en solo seis «saltos». El problema se podría plantear en los siguientes términos:

Dado un grupo de Nº personas, ¿cuál es la probabilidad de que cada miembro de Nº esté conectado a otro a través de n enlaces?

Según parece, cada persona conoce de media a unas cien personas, cada una de las cuales conoce, a su vez, a otras cien. De este modo, cualquier individuo puede contactar con diez mil personas tan solo pidiendo a cada uno de sus amigos que pase un mensaje a los suyos. Y si saben ustedes multiplicar (en el caso que nos ocupa basta con añadir ceros), en el tercer nivel la cifra alcanzaría el millón de personas, en el cuarto los cien millones, diez mil millones en el quinto y un billón en el sexto y último, entre ellos todos los jodidos sociólogos del planeta y del universo entero.

A esta especulación, pronto se sumaron con entusiasmo matemáticos, psicólogos, publicistas y pensadores sin fronteras en general, y de ella han derivado en los últimos años toda suerte de redes sociales (como aquella de las relaciones poliamorosas) y comunidades virtuales que sin necesidad de tantas conjuras acientíficas, que hasta la fecha nadie ha demostrado, pueden reunir desde antiguos alumnos o compañeros de mili o de trinchera en la Guerra Civil, hasta gente que desea follarse al cónyuge del otro con uno u otro pretexto.

Lo curioso del caso es que toda esta peregrina teoría de los grados (cinco, seis o más, según algunas versiones) partió precisamente de un relato: «Láncszemek»: «Chains»: «Cadenas», publicado por el escritor húngaro Frigyes Karinthy en 1929, relato del que, lamentablemente, solo he sido capaz de encontrar un fragmento en húngaro. (…) «Egyébként kedves játék alakult ki a vitából. Annak bizonyításául, hogy a Földgolyó lakossága sokkal közelebb van egymáshoz, mindenféle tekintetben, mint ahogy valaha is volt, próbát ajánlott fel a társaság egyik tagja…». Así que me ha sido imposible sustraerme a la tentación de apartar la tan traída y llevada teoría de las torcidas razones de psicólogos como Stanley Milgram y sus epígonos, arrancarla de los brazos de los teóricos del Facebook, el Flickr y el «It´s a small world» y devolverla al modesto orden literario que tenía en un principio por medio del siguiente:

 

 


 

1- Un hombre pierde su portátil durante un vuelo transoceánico México DF-Sidney. Se llama Walter López y es profesor de universidad y escritor. Sentado en un coffee-lounge del aeropuerto de Sydney frente a un café americano sin azúcar, el hombre se pregunta cómo ha podido ser tan descuidado como para despistar el ordenador. Ni siquiera sabe si lo ha perdido durante las dos escalas que ha hecho en el viaje o se lo han robado. No lo siente tanto por su valor, setecientos dólares, como por la torpeza imperdonable. Ya ha denunciado la pérdida en la comisaría del aeropuerto y en las oficinas de la compañía; pero no le han dado la menor esperanza de recuperarlo. La única esperanza que le queda es que quien tenga el ordenador localice los datos del propietario que constan en un documento de texto que hay en el propio ordenador y decida devolverlo.

 

2- Helen está en su habitación del Sheraton de Chiang-Mai, al norte de Tailandia, y espera visita; una visita masculina, por supuesto: tiene dos días libres antes de regresar a Londres y piensa aprovecharlos. Helen trabaja de azafata en American Airlines haciendo la ruta del sudeste asiático y tiene que esperar hasta el jueves a que su 747 regrese de Japón y la devuelva a la base. Mientras se viste, su mirada tropieza con el portátil que hay sobre la mesilla de noche. No es suyo, sencillamente apareció mezclado con su equipaje de mano al bajarse del avión por la mañana. En un principio pensó en entregarlo en la oficina de objetos perdidos del aeropuerto, pero luego desechó la idea, convencida de que si lo hacía, el portátil acabaría en las manos de cualquiera menos en las de su verdadero propietario, así que todavía no ha hecho nada al respecto. El chico se llama Samak y tiene apenas veintidós años. Cenan en la habitación y después pasan la noche juntos, sin que los encargados de la recepción pongan la menor objeción a la presencia del taxi boy en el hotel. Helen siempre se aloja allí y siempre sube hombres mucho más jóvenes que ella a la habitación. También deja buenas propinas. Cuando Helen se despierta por la mañana, Samak ya no está allí y el portátil tampoco. La chica menea la cabeza con un leve gesto de fastidio mientras se encamina a la ducha y se consuela pensando que al menos ya no tendrá que seguir pensando qué hacer con el dichoso ordenador. A Samak ya sabía que no volvería a verlo nunca.

 

3- Hossain estaba durmiendo sobre dos grandes sacos de yute cuando el desconocido le sacó de su profundo sueño haciendo sonar la campanilla de la puerta de su almacén de telas en el antiguo barrio portugués de Paterghatta, en la populosa ciudad de Chittagong, en la zona oriental de Bangladesh. El desconocido es un cristiano, muchos de los residentes en Paterghatta lo son, y quiere vender un ordenador. Le han dicho que Hossain quiere comprar uno a buen precio y el del desconocido es una ganga: treinta mil takas por un portátil casi nuevo: un regalo, pero al desconocido le urge el dinero, así que remata la venta y se marcha por donde ha venido contando sus billetes: veinte mil takas, unos doscientos dólares: una miseria: Hossain es un experto en el arte del regateo. «Asi nomoskar», dice el cristiano, ya con un pie en la calle, y Hossain pronto está durmiendo de nuevo sobre los sacos de yute y soñando con su inminente viaje a Madrid. Va a trabajar en una tienda mayorista en el barrio de Lavapiés, donde ya le esperan otros familiares, entre ellos su sobrina Aswini, con la que tiene intención de casarse nada más llegar a España. Aquella misma noche piensa estrenar el ordenador, poniendo una foto de Aswini como fondo de pantalla.

 

4- El error de Iacob fue estar en el sitio equivocado a la hora equivocada. El sitio equivocado era el bazar de un matrimonio indio, Ranjit y Veena, con los que tenía algunos tratos comerciales, en los alrededores de Main Street, en Gibraltar. La hora equivocada eran las 11:17 GTM. Solo tenía que firmar unos documentos, entregar unos albaranes y cobrar algunos cientos de libras gibraltareñas. Después tenía que seguir viaje hasta Algeciras para coger el transbordador a Tánger, donde Iacob Sultan tenía su propio bazar y era un miembro activo de la pequeña comunidad sefardí de la ciudad. El Destino hizo su aparición en forma de dos sicarios letones venidos ex profeso desde Marbella a ejecutar su letal encargo. Las circunstancias que contribuyeron a cerrar la trampa, además de las coordenadas temporales y geográficas señaladas, fueron el extraordinario parecido físico de Iacob con el hombre al que los sicarios andaban buscando: su edad, su complexión, el color de sus cabellos y el hecho de que solía pasar por el bazar indio casi todos los días a esa misma hora. Varios balazos disparados desde sendos revólveres Smith & Wesson 44 Magnum Stealth Hunter con silenciador sirvieron para culminar el error y poner nombre a los muertos. Salir precipitadamente de Gibraltar no es tarea excesivamente fácil, pero los cuerpos de Iacob, Ranjit y Veena no estaban fríos aún cuando sus asesinos estaban ya a decenas de kilómetros y comprobaban, con estupor, que habían errado el blanco. Lo que encontraron dentro del maletín de tela negra de Iacob no dejaba lugar a dudas, y el maletín, con el ordenador portátil, el dinero gibraltareño y la documentación que contenía, acabaron abandonados en una taquilla de la estación de autobuses de Estepona. Llevar todo eso encima solo podría traer problemas y los asesinos errados bastantes tenían ya encima como para querer complicarse aún más la vida.

 

5- Se llamaba Carla, pero todo el mundo la conocía como Sheena88, que era el nick que empleaba dentro del clan informático de solo chicas con el que había acudido a aquella campus party en Valencia: «Wildfire», el nombre de un club de Nueva York en el que había bailado durante una breve temporada antes de cambiar definitivamente el strip-tease por los terabites y Nueva York por Valencia. Regresaba de la cafetería con una pequeña bandeja de cartón en la que había un zumo de naranja y un café con leche, ¡ah! y un donuts rosa, una fijación infantil que aún no había logrado quitarse de la cabeza. Colocó la bandeja en un banco corrido en el que se alineaban decenas de ordenadores, al lado de su pequeña mochila. Mientras desayunaba, Sheena88 consultó el reloj: faltaba menos de una hora para su gran momento, una competición online de «Stardust» en la que participarían quinientas personas a la vez, sentadas en una especie de sala de cine con sus ordenadores portátiles conectados en línea y sus avatares y prototipos de naves espaciales, todos de diseño propio, dispuestos para el combate, en el que solo podía haber un ganador. Sheena88 era una de las favoritas, había ganado infinidad de campeonatos locales y partidas online desde su casa, pero esto era como una verdadera final. Y el premio eran diez mil euros que donaba la empresa japonesa fabricante del juego. Carla apartó la bandeja a un lado y entonces miró a su ordenador: en medio de la pantalla brillaba algo que no estaba antes allí. El ordenador se lo había traído su madre de su último viaje. Era de segunda mano, claro, y a Sheena88 no le gustaba especialmente, aunque era perfecto para sus necesidades. Además, Sheena88 lo había tuneado a su gusto, le había conectado llamativos joysticks, altavoces, auriculares y toda clase de periféricos y lo había decorado con pegatinas fluorescentes, de modo que el ordenador ahora era otra cosa mucho más del gusto de la joven. Lo que había en la pantalla era un post-it digital que le habían dejado sus colegas de Wildfire: «El concurso de Stardust se aplaza hasta las 12. Nos vamos a desayunar». Se debían de haber cruzado. Mandó la nota a la papelera de reciclaje y entonces, por una especie de reflejo, abrió la papelera para ver qué había en ella. Allí estaba el post-it y a su lado un documento de Word sin título. ¿Qué hacía aquello allí? Le picó la curiosidad y decidió restaurar el documento para ver qué contenía. Entonces, se encontró con una extraña nota con un número de teléfono con prefijo del DF, firmada por un tal Walter López. Pensó que sería una broma de las chicas y devolvió la nota a la papelera. Consultó la hora de nuevo, ahora en el móvil, faltaban dos horas para el campeonato y decidió echar una cabezada para relajarse. Se tumbó entre dos ordenadores, con las piernas recogidas y la cabeza sobre el bolso y cerró los ojos. Hacía un calor espantoso y el aire acondicionado no funcionaba. Una voz masculina acababa de anunciar por los altavoces que estaban tratando de repararlo.

 

6- Walter López ya casi se había olvidado del ordenador perdido cuando recibió la llamada de la chica de la voz de cristal, al fin y al cabo habían pasado varios meses desde que lo perdiera. La chica de la voz de cristal se llamaba CARLA y había encontrado un extraño mensaje en la papelera de reciclaje de su ordenador que incluía un número de teléfono. Tras dudar durante varios días, había acabado por llamar a aquel número con prefijo del DF. Así pues, lo de la nota no había sido tan mala idea, pensó López. Nada más comprarse el portátil, había redactado, a modo de divertimento, una nota que, más o menos, decía lo siguiente: «Si alguien encuentra esta nota, es que el ordenador que está utilizando ha sido perdido, robado o traspapelado de uno u otro modo. El propietario gratificará a quien tenga la amabilidad de devolverlo». Después venía su nombre y el dichoso número con prefijo del DF. Un bobo juego de escritor caprichoso del que se olvidó nada más llevarlo a cabo. La verdad es que el ordenador ya no le preocupaba en absoluto, pero ahora lo veía como la botella que un náufrago echa al agua con un mensaje dentro, con la esperanza de que alguien la encuentre, y le pareció buena idea que, finalmente, el círculo se cerrara. Así que ingresó los quinientos euros en la cuenta que la chica de la voz de cristal le había indicado, más otros cien por las molestias y esperó con más curiosidad que impaciencia a ver si, finalmente, todo el embrollo no se trataría más que de un pequeño timo. Pero no, ahora el ordenador estaba de nuevo aquí, recién salido de la caja acolchada con plástico de burbujas y remite de España en que lo había traído el motorista de la agencia de mensajería, eso sí con un aspecto un tanto estrambótico de tan petado como estaba de pegatinas con fotos y slogans a favor del software libre, mini-altavoces y extraños artilugios de colores adosados a cada uno de los puertos USB del cacharro. Sin embargo, hubo un detalle que a Walter López sí que le gustó. Mucho: la foto de sí misma que Carla había puesto a modo de salutación como salvapantallas. Y, meneando tristemente la cabeza, el viejo profesor López pensó que de haber tenido unos cuantos años menos se habría enamorado inmediatamente de aquella muchacha.

El resto lo podemos fiar a la discreción del lector, puede que López hubiera decidido seguir desenredando la madeja, recorriendo marcha atrás los pasos que el ordenador había dado desde que lo perdió de vista hasta que regresó de nuevo a sus manos, haciendo las llamadas telefónicas y comprobaciones que le parecieron oportunas. O puede que López inventara todos los detalles, al fin y al cabo era escritor.

Sea como fuere, el resultado de todo ello fue este breve relato que López piensa enviar por email a su agente en Barcelona en cuanto le ponga el punto y final, para que le aclare si se refería a algo parecido a esto cuando le dijo que tenía que buscarse nuevos horizontes literarios.

 

GAME OVER.

 

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