A todos nos han recomendado alguna vez que nos relajemos, que nos tomemos las cosas con calma y, probablemente, nos hayan recomendado alguna técnica “infalible” para que nos relajemos que, cuando la hemos probado, ha resultado no ser tan infalible.

Personalmente, me he encontrado en bastantes ocasiones a personas que dicen no poder relajarse de ninguna forma, por lo que quiero explicar las diferentes técnicas de relajación que existen y daros algunos consejos para vuestro día a día y que os ayudarán a reducir la ansiedad y/o estrés.

Mucha gente piensa que las técnicas de relajación que aplicamos los psicólogos u otros terapeutas están diseñadas para funcionar siempre y que sirven para todo el mundo y que, si a una persona no le sirve, es porque no está haciendo las cosas bien.

Esto es un error bastante común, ya que cada persona es diferente y, a modo de símil, ocurre igual que con los medicamentos. Así, ante un dolor de cabeza pueden recetarnos Metamizol o Ibuprofeno, porque el primero no tenga efecto sobre nuestro organismo. Igual ocurre con las técnicas de relajación y, por eso, existen tantas.

Hay técnicas que se centran en que la persona genere pensamientos y sea capaz de trasladarse – simbólicamente hablando – a otros espacios o tiempos que favorezcan un estado de relajación (como imaginarse en una playa tomando el sol y escuchando el sonido de las olas y el viento). Sin embargo, no todo el mundo tiene esa capacidad de generar situaciones o de traer esas emociones que se generarían al momento presente, de manera que contribuya a generar un estado de relajación.

Otras técnicas, quizás más efectivas, usan el propio organismo para generar la sensación de relajación de forma más objetiva. Así, existen técnicas que consisten en tensar y destensar diferentes partes de la musculatura. Con esto lo que se consigue es que el cuerpo alcance un estado de no tensión, para que nuestro cerebro lo interprete como que se está relajado.

Las autoinstrucciones – es decir, darse instrucciones a uno mismo – también se usan para generar estados de relajación en las personas. Eso sí, el usar estas técnicas implica que se haya seguido un aprendizaje previo, por lo que antes habría que pasar por técnicas como las comentadas en los párrafos anteriores. Es decir, serían una especie de complemento al resto de técnicas de relajación.

Cuando nos encontramos con problemas para relajarnos lo que puede estar sucediendo es que no tenemos una situación propicia que nos ayude a relajarnos.

Con “situación propicia” me quiero referir a todo lo que nos rodea, a lo que hacemos antes de intentar relajarnos, a lo que vamos a hacer después, etc…

Teniendo en cuenta esto, os dejo algunos consejos para mejorar nuestra situación y hacernos a nosotros mismos más propicios para que podamos llevar a cabo técnicas de relajación:

  • Organizar tus horarios. – Muchas veces creemos que no tenemos tiempo para nada, hacemos las cosas con prisa y no nos dedicamos a nosotros mismos ni un momento. Para ello es útil hacer una especie de horario (como el que hacíamos cuando estábamos en el colegio o instituto), en el que seamos capaces de establecer el espacio de tiempo que vamos a dedicar a cada actividad (trabajar, dormir, darnos una ducha, asistir a clases de inglés,…). De esta manera, vamos a distribuir de forma equitativa y diaria el trabajo y las cosas que tenemos que hacer y encontraremos momentos para dedicarnos a nosotros mismos.
  • Leer o escribir. – Con la llegada de las tecnologías hemos perdido estos dos hábitos tan saludables para las personas. Cuando leemos o escribimos estamos centrando nuestra atención en un foco distinto de aquello que nos produce ansiedad o estrés y, en el caso de escribir, podemos estar “echando para afuera” todas esas cosas que nos provocan malestar en el día a día, como si de un diario se tratara. No se trata de escribir o leer novelas, sino de dedicar parte de nuestro tiempo a sumergirnos en otros mundos.
  • Caminar, pasear, hacer ejercicio. – El ejercicio físico está muy relacionado con esas técnicas de relajación que usan la tensión y distensión de los músculos. Cuando hacemos ejercicio estamos haciendo uso de nuestra musculatura – la tensamos -; de manera que, cuando paramos, nuestro cuerpo se relaja de forma automática, dejándonos un sentimiento de alivio y bienestar. No hace falta ejercitarse como si de un atleta profesional se tratara; con caminar o pasear ya conseguimos este efecto y nos permite despejarnos y quitar nuestro foco de atención de lo que nos crea ansiedad.
  • Buscar actividades que sean placenteras y dedicarles, al menos, 1 hora de nuestro tiempo. – Cocinar, coser, conducir, hablar con algún amigo/a, la fotografía, aprender idiomas,… Cualquier actividad puede ser susceptible de crearnos una sensación de bienestar que contribuya a que estemos más relajados.

Quizás os preguntéis por qué los videojuegos u otro tipo de tecnología actual no aparecen por ningún lado. Pues bien, en la mayoría de los casos, los juegos para PC o videoconsolas hacen nos generan situaciones de ansiedad que cuando dejamos de jugar no se resuelven, por lo que sólo nos ayudan a empeorar la situación.

Eso no significa que no podamos o debamos usarlos. Juegos como los de Wii Fit, por ejemplo, o algunos que impliquen movimiento del cuerpo y que no incluyan una alta competitividad, pueden ayudarnos de la misma forma que el hacer ejercicio.

[Artículo publicado en la edición impresa de marzo de Diario 16.]

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2 Comentarios

  1. Por comentar mi caso, por lo que comenta el autor de que “Cualquier actividad puede ser susceptible de crearnos una sensación de bienestar que contribuya a que estemos más relajados”, es verdad. Mi psicólogo me recomendó lo mismo y yo encontré esa relajación en hacer punto (en verano me paso al ganchillo). Esa actividad hace que esté pendiente de que no se me salga ningún punto, me concentro y es como que pierdo la noción del tiempo. Además de tener a toda la familia con prendas hechas por mí, es como que sientes un cierto placer al ver que consigues el objetivo de terminarlas, que les guste a la gente,… Y me ayudó a dejar de fumar, porque cada vez que quería un cigarro, me ponía a tejer. Al final se ha convertido en un pequeño vicio. Enhorabuena por el artículo y los consejos.

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