Un Estado democrático debe defender los valores de la libertad a través de unas convicciones reconocibles de coherencia y constancia, además de por la flexibilidad en la aplicación de las leyes, pero jamás por medio de una inquebrantable contumacia de irracional inmovilismo. El conservatismo político genera siempre el debate sobre el modelo a aplicar cuando se quieren modificar aspectos fundamentales de la razón de Estado: reforma o ruptura.

Durante la primera Transición existió la confrontación pacífica de modelos aplicados para llegar a la democracia. Hasta la aprobación de la Ley de Reforma Política en diciembre de 1.976, la oposición democrática, sobre todo la más progresista, era partidaria de una ruptura absoluta con las esencias del régimen franquista, mientras que el gobierno de Adolfo Suárez y los partidos de centro (democracia cristiana y socialdemocracia) apostaban por un cambio pactado a través de la reforma «de la ley a la ley».

Hoy se celebran los 40 años de la Constitución y, tras cuatro décadas, ese debate sigue en la clase política porque casi todos los actores están de acuerdo en que es necesaria la modificación de la Carta Magna y todos están en desacuerdo en el modo en que aplicar esa reforma.

Los partidos más progresistas están sugiriendo la apertura de una legislatura constituyente en la que destruir lo que llaman «Régimen del 78» para introducir profundas reformas en la Carta Magna o, directamente, redactar una nueva más acorde con la realidad tanto de la ciudadanía como del escenario geopolítico actual. Otros partidos de la izquierda que ya han ocupado responsabilidades de poder tienen distintas visiones dentro de sus organizaciones que provoca que su opinión en este aspecto varíe dependiendo de quiénes ostenten el protagonismo mediático en un momento determinado.

Por su parte, la derecha es más oficialista y pretende una reforma, más o menos profunda, pero a través de los canales que marca la propia Constitución. Es decir, el mismo discurso de «ir de la ley a la ley» que tras la muerte de Franco.

En la primera Transición lo que España necesitaba era implementar el sistema democrático después de cuatro décadas de dictadura franquista. Por eso la solución de la reforma hizo posible que se hiciera en paz. Sin embargo, la misión de esa primera Transición se cumplió y ahora ha llegado el momento del segundo paso, de crear una democracia para las personas y no para el poder político, un sistema en el que el pueblo tenga más protagonismo, un modelo donde cada ciudadano y ciudadana se sientan parte del sistema porque tienen capacidad de decisión.

La segunda Transición no puede venir de una ruptura total pero sí desde las reformas constitucionales muy profundas que el país necesita en la misma medida que fueron necesarias en la década de los 70. En la primera Transición había que reconocer y garantizar derechos y libertades. Ahora es el momento de blindarlos porque se ha demostrado que un gobierno puede estar por encima de la Constitución y conculcarlos. Por eso, la segunda Transición es la de la democracia de las personas, de la conciencia y de la libertad.

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?

1 Comentario

  1. Esta Consti está consti pada, está resfriada, tiene gripe y pronto tendrá neumonía
    Que la liquiden ya, porque es vergonzoso cómo se agarra a ella el actual jefe del estado
    Quiere seguir en el pesebre, y si puede su hija, tambien.
    Viva la República

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

dos × cinco =