Desde que comenzó la “crisis catalana”, la prensa anglosajona, que en buena medida moldea la opinión pública internacional, ha estado sermoneándole a Rajoy y al resto de la clase política española sobre como debía resolver el problema. Al hacerlo (y con la excepción de algún artículo del Economist) han dejado claro lo poco que conocen el problema catalán y en general la situación española. Uno de los aspectos más sorprendentes del reproche venía de la comparación negativa de Rajoy frente a David Cameron.

David Cameron convocó dos referéndums: el referéndum por la independencia de Escocia y el referéndum por la salida de la Unión Europea

Vaya por delante que, como orador político, Rajoy no resiste la comparación con Cameron, como tampoco la resistirían Angela Merkel, Macron, Junker ni la mayoría de los líderes europeos, por no hablar de Donald Trump. Pero colocar a Cameron como ejemplo de cómo administrar el recurso al referéndum para resolver problemas básicos de la estructura un país roza lo cómico. David Cameron convocó dos referéndums: el referéndum por la independencia de Escocia y el referéndum por la salida de la Unión Europea. El resultado del Brexit quizás ha sido, para el Reino Unido, el mayor desastre desde el final de la Segunda Guerra Mundial: un signo del ocaso de su influencia en Europa y el comienzo del fin de Gran Bretaña como gran potencia cultural (y probablemente financiera); a la vista del resultado del Brexit, el referendum de Escocia no habrá servido para nada, y probablemente tendrá que repetirse en pocos años; Cameron ha debido dimitir y su sucesora May encabeza una autoacelerada carrera por cederle el gobierno a los Laboristas. Como hoja de resultados, la de Cameron no es particularmente positiva en el apartado de consultas.

Gran Bretaña se convirtió en el modelo occidental de democracia no por organizar continuamente referendums, sino por compaginar de una forma generalmente acertada las consultas a los ciudadanos con la dirección de los líderes políticos, a menudo en contra de la opinión pública del momento. No es que le faltaran motivos a Cameron para hacer una consulta sobre el Brexit: la sociedad británica estaba muy polarizada, alguna fuerza política ascendente lo exigía con fuerza y es una cuestión que puede decidirse con un sí o un no. Pero, como sabían casi todos los políticos responsables, el “no” sería un desastre. Con la opinión pública dividida casi a medias entre los partidarios del una y otra postura, (como en Cataluña los favorables y contrarios a la independencia hace unos años) el momento elegido para el referéndum y la forma en que se desarrollara la campaña resultarían decisivos: los votantes votan según lo hagan aquellas personas cuyas ideas siguen, y Cameron contaba con que la mayoría de los políticos favorables a la Unión Europea, los de su partido y los del partido Laborista, actuarían de forma responsable durante la campaña. En esto se equivocó desastrosamente y tanto dentro como fuera de sus filas (Corbyn en primer lugar) los principales líderes políticos se dejaron guiar exclusivamente por sus intereses personales o de partido (los liberal demócratas de Nick Clegg fueron la principal excepción). Tras una campaña tibia por parte de los favorables a la pertenencia a la UE, y furibunda por parte de los que proponían el Brexit, los votantes siguieron a los que parecían más seguros de saber lo que les convenía, juzgando a partir del nivel de decibelios de su discurso. El resultado es un previsible desastre para Gran Bretaña que padecerán los hijos y nietos de los votantes de hoy, comenzando por la dificultad para estudiar o trabajar en el extranjero, y siguiendo por la pérdida de influencia y relevancia de la cultura, el idioma y más tarde es probable que en las empresas y el propio gobierno británico.

Rajoy no podía hacer otra cosa que rechazarlo, aunque podía haberse tomado el trabajo de argumentarlo

Convocar un referéndum por la independencia catalana en medio de la crisis económica, como proponían los independentistas, habría sido una temeridad imperdonable, y desde luego una estupidez política. Rajoy no podía hacer otra cosa que rechazarlo, aunque podía haberse tomado el trabajo de argumentarlo. Cuando el independentismo vio que pasaba su momento, prosiguieron con la presión política, a sabiendas de que incluso con una expectativa de votos favorables por debajo del 50%, podrían obtener un triunfo si combinaban la mayor movilización de su electorado con la conservación de la fuerza de la iniciativa política, lo que el términos de física llamaríamos el momentum de la fuerza. Para el Gobierno esto sería una ruleta rusa en términos políticos. El independentismo, en cambio, podía ganar o echar a rodar la bola otra vez si perdía.

Probablemente Rajoy es completamente sincero cuando opina que, como Presidente del Gobierno, no puede convocar un referéndum en una parte de España que decida la independencia de tal parte sin contar con el resto. De lo que no cabe duda es que incluso si pudiera convocarlo, es la persona menos adecuada para emocionar a los españoles, o a los catalanes, en un proyecto común basado en una narración ilusionante del futuro de España. Lo de Rajoy es llevar el libro de cuentas, no el de gestas y poemas.

Por otro lado, incluso si Rajoy tuviera el talento dialéctico de un Cameron o un Obama (ahora mismo en España no hay un símil satisfactorio), haría muy bien previendo que la respuesta de muchos políticos españoles de relevancia sería tan egoísta, ciega y en último término suicida como fue la de muchos políticos británicos ante el Brexit. Por el lado del PSOE, no puede haber duda de la postura cabalmente anti-independentista de la vieja guardia y la de políticos destacados como Susana Díaz, Fernández Vara o García Page, pero el actual Secretario General ha dado notables muestras de indecisión y cortoplacismo, y sólo en el último momento apoyó la aplicación del 155, cuando ya era más que inevitable. En cualquier caso, incluso con el apoyo de PSOE y Ciudadanos, para un presidente del PP sería suicida convocar un referéndum de independencia en Cataluña sin conocer qué postura apoyará Podemos y sus partidos confluyentes en Cataluña. El problema es que saber eso es imposible porque ni ellos mismos lo saben: un día antes del “referéndum”, la alcaldesa de Barcelona Ada Colau declaró públicamente que no sabía qué votaría, y Martínez Castells da a entender que votó a favor de la independencia en el Parlament.

Los votantes de Podemos reprochan a sus líderes y representantes el no haber sabido mantener la coherencia en un tema de tanta trascendencia, y el haberse enredado en la pueril dialéctica buenística del “ni DUI ni 155, sino diálogo” (más propia de una charla de bar que de un discurso político) por propia inconsistencia ideológica y por la necesidad de mantener unidos una constelación de agrupaciones de las más diversas inclinaciones. La consecuencia es que Podemos se desgasta aceleradamente en toda España. Desde un punto de vista estrictamente político, lo más sorprendente de la actitud política de Podemos en lo referente al referéndum catalán es haber repetido los errores del PSOE/PSC en la segunda época de Felipe González: perder España para ganar Cataluña, por falta de coherencia e imaginación políticas.

Tanto PSC como PSOE y Podemos reprenden al PP, con toda la razón, por su incapacidad de generar una narrativa nacional que se oponga a la independentista. En lo que no resultan ecuánimes es a la hora de reconocer que a ellos mismos les ocurre exactamente lo mismo. Con el panorama político actual, y después de la crisis ocasionada por la convocatoria del referéndum y la abortada declaración de independencia de Cataluña, lo mejor será que los partidos se concentren en imaginarse una reforma de la Constitución que mantenga un nivel satisfactorio de autogobierno y descentralización administrativa, y que a la vez impida el secesionismo doctrinario. La charlotesca fuga de Puigdemont y sus consejeros puede servir de alivio cómico a la tensión de estos días y proporcionar la serenidad necesaria para dar fuerza a todos los esfuerzos de concordia que nos aguardan en los próximos meses, y años.

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Daniel Riaño Rufilanchas es un investigador científico que nació en Madrid. Su especialidad es la lingüística cognitiva y computacional. En la actualidad enseña Filología Clásica y redacción académica en la Universidad Autónoma de Madrid, pero también ha trabajado en prensa musical de varios medios. Ha grabado reportajes sobre temas artísticos, culturales y de conservación de la naturaleza. Cuando no está dedicado a asuntos de lingüística, programación o literatura griega probablemente esté discutiendo sobre la manera en que los avances tecnológicos están transformando nuestra sociedad o tratando de volar un dron.

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