Mientras que el idilio adúltero entre Sonsoles y Ramón llegó a su fin, después de 15 años, poco a poco iba naciendo una historia de amor puro formada por Carmen Díez de Rivera, la hija de ambos y Ramón Serrano Suñer Polo, hijo del “Cuñadísimo” y Zita. Una relación de incesto que ambas familias conocían y pasaron por alto hasta que los jóvenes les comunicaron que iban a casarse. Un matrimonio que no podía celebrarse y, por lo tanto, había que impedirlo a toda costa. Y así fue.

El 28 de diciembre de 1959, casualmente el día de los Santos Inocentes, Carmen descubriría que toda su vida había estado construida sobre unos cimientos falsos: “Yo tenía 17 años, la edad de los sueños. Yo ya tenía mis sueños marcados, estaba enamorada. Y, de repente, se descabalaron las cosas. La situación familiar se convirtió en extraña, difícil; nada era lo que era. Pasé de estar plena a no tener nada. Aquello fue mucho peor que el cáncer”, fragmentos de su diario transcrito por su amiga Ana Romero después de su muerte.

Su tía, Carmen de Icaza, y un fraile amigo de la familia fueron los encargados de transmitirle que el hombre al que llamaba “tío Ramón” era en realidad su padre biológico; y, por lo tanto, no podía casarse con su hermanastro. Aquel día, esa adolescente de 17 años recibió dos heridas mortales: “Yo noté que algo se me había roto por dentro. Fue un dolor muy profundo. Acabar con la globalidad de un amor, en el que se había despertado todo… fue una ruptura brutal. ¡A mí se me partió el alma! Lo que pensé fue: ‘¿Ustedes cómo han sido tan insensatos y no me lo hicieron saber?’. Se me partió el alma porque supe que difícilmente volvería a encontrar esa globalidad otra vez”.

A partir de ese momento, la vida de esa chica rubia de ojos azules cambió radicalmente: todo su mundo se vino abajo y la joven enfermó. La que consideraba su familia estaba completamente descosida; la relación con su madre se tornó un tanto fría y distante, pues ésta seguía viviendo a base de apariencias y gastos desmedidos; lo único que conseguía apaciguar su dolor era el cariño y la admiración que sentía hacia el que ella consideraba su padre, Francisco de Paula. Pero no bastó, pues la joven no lograba sobreponerse a tan duro golpe.

Por ese motivo, Carmen viajó a París para someterse a una cura de sueño; y, posteriormente, se fue a Suiza. Después regresó a España y tanto Ramón como la propia Carmen se siguieron frecuentando: “Yo seguí viendo a ese chico varios años y no salíamos de la situación, porque cuando se quiere, se quiere. Ahí había una unión de piel, una unión interna, una unión de corta vida pero de intensa vida”.

La relación con su hermanastro finalizó 5 años después, cuando ella decidió ingresar en el convento de Arenas de San Pedro (Ávila) como monja de clausura para olvidarse del amor de su vida, Ramón Serrano Suñer Polo. Pero, durante los 4 meses que permaneció encerrada sólo consiguió enfermarse más y más: “No podía más. Me había caído sobre los hombros y sobre el corazón una historia tan grande que yo no sabía cómo manejarla, cómo asimilarla, y qué hacer con ella. Una historia de amor y familia que a mí me superaba por todas partes. Por qué no se me había dicho desde niña, con lo cual se me hubiera evitado el dolor tan inmenso de haber seguido caminando por el amor con un chico, con un niño, y luego con un adolescente”.

A partir de entonces le sucedieron más viajes a París, Madrid y Almería; hasta que un día su prima Soledad le propuso viajar a África. Un periplo como misionera que llegó cuando Carmen se encontraba completamente desesperada y buscando la manera de poner fin a su vida: “El viaje a África resultó fantástico pero fue un accidente. No tenía ganas de seguir viviendo. Yo no fui allí como misionera ni nada por el estilo; yo iba a morir. Me dije, como no me puedo suicidar, que lo pensé mucho, mejor irme a África, a la selva, y allí seguro que cojo alguna enfermedad o algo”. Una muerte segura que nunca llegaría; pues el destino le tenía deparado un futuro profesional brillante.

Después de permanecer tres años en Costa de Marfil (África), Carmen Díez de Rivera regresó a Madrid y se enteró que el hombre de su vida rehizo su vida (Ramón contrajo matrimonio, el 26 de octubre de 1966, con Genoveva de Hoyos y Martínez de Irujo con quien tuvo cinco hijos).

Por su parte, Carmen tuvo varios novios, pero no se casó porque “ninguno de ellos lograba reunir la atracción física con la intelectual. Esa unificación sólo la encontré en Ramón”. Lo único que no pudo evitar fue convertirse en “la Musa de la Transición”; cuya figura fue tan importante o más que la del entonces presidente del gobierno, Adolfo Suárez.

Sin duda alguna, la política fue un revulsivo para Carmen. Una terapia perfecta para volver a recuperar las ganas de vivir y, por consiguiente, darle nuevo sentido a su vida. Su ideología completamente de izquierdas la hizo distanciarse de su familia, que era monárquica y de derechas. En 1969 su madre, Sonsoles de Icaza, la echó de casa; y es que, a pesar de que admiraba a su madre, su relación con ella era insostenible. Pero lo que más le dolió fue tener que separarse de su padre, el Marqués de Llanzol: “Al final, nunca me he sentido hija de nadie, sino de muchas cosas al mismo tiempo. Yo el concepto de familia, quitando a mi padre Llanzol, a mi padre Díez de Rivera, no lo he entendido nunca”.

Gracias a los estudios que cursó (se matriculó en Ciencias Políticas y en Estudios Hispánicos), y a su amistad con el entonces Príncipe Juan Carlos I, la hija de Serrano Suñer y la marquesa de Lanzol le pidió trabajo a Adolfo Suárez, director general de Radio Televisión Española, llegando a ocupar el puesto de relaciones internacionales; no sin antes espetarle: “¿Cómo usted tan joven puede ser fascista?”.

Poseedora de un fuerte carácter que ocultaba su fragilidad, Carmen Díez de Rivera formó parte del gobierno de la Transición Española (1974 a 1975) ocupando el cargo de directora del gabinete técnico de la Presidencia del Gobierno, en donde cobró un papel relevante al ser la promotora de la legalización del Partido Comunista o ante su rápida capacidad de reacción tras el asesinato perpetrado por varios miembros de la ultra derecha a cuatro abogados en Atocha que escandalizó a todo un país. Pero fue su empeño en legalizar el PC y su posterior foto junto a Santiago Carrillo lo que evidenció la disparidad de sus pensamientos y el distanciamiento con el presidente del gobierno. Unas constantes desavenencias con Suárez que quedaron reflejadas en su diario: “Si estamos aquí para no legalizar el PC lo mejor es que me vaya. […] El ‘Señorito’ desconfía de mí; no así Juan Carlos. […] Suárez piensa que soy una persona peligrosa, cuando sólo soy un ser independiente y libre”. Además, durante su intenso año en el gobierno tuvo que convivir y sobrellevar los comentarios hirientes que la vinculaban sentimentalmente con Adolfo Suárez y el Rey Juan Carlos.

Después, desde 1977 a 1978, Carmen se afilió al Partido Socialista Popular presidido por Enrique Tierno Galván. Tras permanecer varios años alejada de la política, durante 1987 y 1988, Carmen volvió a coincidir con Suárez en las listas del CDS, aceptando el ofrecimiento de éste y estrenándose como eurodiputada. Y desde 1989 a 1999 formó parte del PSOE, donde destacó y disfrutó al máximo ocupando el cargo de Diputada en el Parlamento Europeo; puesto que tuvo que abandonar debido al cáncer que padecía desde hacía 10 años y que supuso el fin de su aventura política.

Carmen Díez de Rivera se entregó en cuerpo y alma en la lucha por una España libre, con igualdades sociales entre hombres y mujeres; partidaria de las listas abiertas en todos los partidos políticos; y defensora de una Europa ecologista. Una mujer avanzada a su época que apostaba en sus creencias y convicciones con una firmeza envidiable; hasta que, finalmente, un cáncer se la llevó el 29 de noviembre de 1999 con tan solo 57 años de edad. Tres años después del fallecimiento de su madre, el 21 de enero de 1996 a la edad de 81 años; y siete años antes de que su padre biológico muriese, el 1 de septiembre de 2003, con 101 años.

 

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