La ‘agenda secreta’ de Rajoy está a punto de volver a hacer aguas. Según ElConfidencial.Com (04/08/2016), tras la primera pretensión fallida de que fuera investido presidente el 5 de agosto con mayoría parlamentaria relativa, lo calculado de nuevo era que el debate de investidura se iniciara el día 23 o a lo sumo el 29, para llegar al 2 de septiembre afianzado otra vez en La Moncloa.

Y tan seguros volvían a estar los populares de su estrategia política (y de su timing), que aventuraban nuevas elecciones generales para el 25 de diciembre, día de Navidad, en el caso de que Rajoy no pudiera alcanzar la presidencia del Gobierno. Es decir, asumiendo la dificultad de su investidura y negando al mismo tiempo que en el plazo inmediato de dos meses otro candidato pudiera lograrla; lo que quiere decir que él no piensa apoyar a nadie a ese efecto, pase lo que pase. Pues qué bien: ‘Yo o el caos’, que es el mantra preferido de los déspotas amarrados al poder.

En la IX Legislatura, la politóloga popular Edurne Uriarte exigía -y tendría sus razones para hacerlo- que Zapatero no volviera a ser candidato presidencial en un artículo titulado ‘O yo o el caos’ (ABC 20/05/2011). Y para ello actualizaba la presunta anécdota del alcalde que, con los vecinos congregados ante el Ayuntamiento reclamando su dimisión, les preguntaba: “¿Qué preferís, yo o el caos?”. Entonces -aseguraba la columnista-, los vecinos contestaban al unísono: “El caos, el caos”, replicándoles el alcalde: “Pues os fastidiáis, porque el caos también soy yo”

Aquello es agua pasada que no mueve molino, porque los populares tienen poca memoria y ni siquiera leen lo que publican sus correligionarios. Quizás de ahí provenga, en parte, su contumaz posición política, dando por hecho el voto afirmativo de unos y la abstención de otros para hacer posible la investidura de Rajoy: en su ceguera, son incapaces de ver más solución política que la suya. Ahora, lo que criticaban en Zapatero (‘Yo o el caos’), es la posición propia de Mariano Rajoy.

Pero siendo el presidente en funciones como es (una especie de perro del hortelano político que ni come ni deja comer), tampoco hay seguridad de que se presente definitivamente a la investidura o de que, en su caso, la consiga. Con sus escasos 137 escaños, lo que Rajoy reclama es que su oposición, incluida la más antagónica, le garantice un Gobierno estable; es decir, que Ciudadanos y el PSOE le aseguren la permanencia en La Moncloa bajo palio, evitando una investidura fallida. Y, si no es así, con él que no se cuente.

Lo impertinente del caso es que, según la última encuesta del CIS del mes de julio, los electores siguen atados a la rueda de la fragmentación política y a las opciones aproximativas votadas el 20-D y el 26-J. Y eso reafirma la imposibilidad de que los líderes políticos apoyen por activa o por pasiva un Gobierno de Rajoy, con el riesgo de perder los votos propios que ya tienen más o menos asegurados: con semejante panorama, eso sólo se le ocurriría al que asó la manteca…, o al joven Albert Rivera.

El ‘marianismo’ puede insistir en su ejercicio del autismo político y del ‘uno contra todos’ (a contrario sensu ‘todos contra uno’) y en sus intransigencias a ultranza, manteniendo a Rajoy como candidato electoral cuantas veces quiera. Pero la gran incógnita de ese arriesgado juego reside en la reacción final del electorado ante unas terceras elecciones generales, con las culpas del desgobierno puestas otra vez sobre las urnas transcurrido ya más de una año desde el 20-D.

Al igual que recuperar 14 escaños en las elecciones del 26-J sirvió a Rajoy para alardear de su victoria (aun siendo pírrica), perderlos en unos nuevos comicios, después de reiterar su incapacidad de entendimiento con los demás partidos, sería demoledor para él y su partido. Cuerda floja en la que, con distintos matices, también estarían el resto de las fuerzas políticas nacionales lideradas por Pedro Sánchez, Albert Rivera y Pablo Iglesias.

Si no hay investidura en la XII Legislatura -de momento inédita como la XI-, lo que corresponde es prever la variabilidad de los resultados en unas terceras elecciones. Y aunque de momento el CIS vaticina pocos cambios, cualquier mínima diferencia conllevaría el fracaso definitivo de unos y la recuperación o consolidación de otros, ya con vistas al futuro político del país en el medio plazo; siendo cierto que unos líderes lo tienen más claro que otros (el PSOE parece que puede repuntar, mientras que, dados sus torpes devaneos, Ciudadanos tendría que cargar con la imagen de ‘marca blanca’ del PP).

Ante esa situación de riesgo/oportunidad, hay que ser evidentemente muy comedidos. Pero todo indica que el agotamiento de Rajoy sobrepasaría al de sus competidores Pedro Sánchez y Albert Rivera. El objetivo principal de Pablo Iglesias para hacerse con el liderazgo de la izquierda tampoco es cosa fácil, aunque Podemos sea el único partido al que, por ahora, un desacuerdo político mayor le vendría bien para aguantar su posición electoral.

Desde ese interés partidista inmediato, y con la fragmentación electoral estabilizada según el CIS, está claro que lo que favorece a las tres organizaciones que compiten con el PP a nivel nacional, no es otra cosa que el fracaso de la investidura presidencial de Rajoy. Una derrota que no tendría que perjudicar a Ciudadanos más que a los populares.

Si por razones ideológicas, por considerarse maltratados por el Gobierno del PP o por mera simpatía o antipatía electoral, los españoles han decidido mantener cuatro partidos de ámbito nacional, a ver quién es el guapo que, de verdad, y por mucho sentido de Estado interesado que pidan algunos, lanza un cable al señor Rajoy para que vuelva a acomodarse en La Moncloa. Una plataforma que, con el BOE en la mano, no deja de ser imprescindible para frenar su caída electoral y embridar a la competencia.

Del mismo modo que el éxito periodístico se produce cuando se informa a favor de los lectores, o satisfaciendo sus apetencias, los líderes políticos solo prosperan en sintonía con sus votantes y no contra ellos, ni a favor de otros partidos. En 2011 el PP tuvo una explosión de seguidores que huían del ‘zapaterismo’, pero su gran problema es que no ha sabido mantenerlos. Querer permanecer en el poder, como pretende Rajoy, con el apoyo de los desafectos que de forma sucesiva le han abandonado para votar a otros partidos, y sin una rectificación política suficiente para recuperarlos, es algo ciertamente complicado.

Nadie tiene interés en que continúen el deterioro del sistema de convivencia y el desgobierno nacional. Pero está claro que, con su comportamiento tras el 20-D Rajoy -huyendo sistemáticamente del debate de investidura-, se descalificó para lograr apoyos políticos externos y ser investido de nuevo como presidente del Gobierno.

Veremos si se produce el milagro y el presidente en funciones es capaz de asumir un programa de gobierno compartiendo propuestas verdaderamente reformistas de quienes hayan de apoyarle, que sería la única forma de no tener que desalojar La Moncloa; aunque en todo caso el error de quien ha vuelto a confiar en su capacidad para entenderse con otros partidos, haya sido notable.

Lo peor de todo es que, de superarse ese hándicap, y con los problemas que todavía soporta el país, la nueva presidencia de Rajoy probablemente sólo sería pan para hoy y hambre para mañana.

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