Muy apreciada antaño para las hechicerías fue la raíz de la mandrágora. Quizás fuera por su aspecto vagamente humano, idóneo para las prácticas de magia simpática. De su cepa, como de un torso, parecen brotar cuatro extremidades velludas y gordezuelas; la raigambre entera semeja un homúnculo o un feto hinchado, no hospedado por vientre de mujer sino por tierra dura. Pero creo yo que el gran predicamento de la mandrágora entre los siervos de Hécate se debe más bien a sus propiedades como pharmakon. Al igual que la belladona, el beleño y el estramonio, pertenece a la familia de las solanáceas y cuenta entre sus principios activos con alcaloides tóxicos, atropina entre ellos. Estas hierbas de brujas han de ser manejadas con gran precaución, pues aunque parece ser que su consumo provoca intensos efectos psicotrópicos (o, como preferían decir en la escuela de Hofmann, enteogénicos: hacen nacer a Dios en nuestro interior), es fácil atravesar el límite que las hace letales. No en balde es Átropo, de quien toma su nombre la atropina, la encargada, entre las tres Parcas que rigen el destino de los hombres, de cortar el hilo de la vida.

Abundan las supersticiones en torno a la mandrágora, empezando por los complejos rituales que se requerían para recolectar la raíz sin peligro; se decía que, de no tomar las precauciones necesarias (que incluían el sacrificio de un perro), el desgarrador grito de la mandrágora al ser arrancada de la tierra provocaba la muerte a quien lo escuchaba. Pero más pintoresco aún era el lugar donde, según la tradición. las brujas iban a buscar la mandrágora: al pie de la horca.

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Aunque en este país ya no se estila lo de poner patíbulos en la plaza pública, seguro que todos habéis oído alguna vez eso de que el ahorcamiento provoca en el hombre una erección, que bien podríamos calificar de trascendente. En ocasiones la eyaculación coincide con el momento de la muerte. Como no podía ser de otra manera, esta curiosidad fisiológica fue fuente inagotable de inspiración para el marqués de Sade y sus incondicionales, empezando por el siempre tremebundo Georges Bataille. Este, en su Historia del ojo (1928), se recrea en describir la corrida póstuma de un cura sevillano, violado y asfixiado hasta la muerte por la cuadrilla protagonista. Pero no hay necesidad de recurrir a referencias tan rebuscadas; Siniestro Total, roqueros sin complejos y vigueses de pro, hicieron una canción en los ochenta que se llamaba Todos los ahorcados mueren empalmados: “Me ponen la soga al cuello, / el gustito que me da…” Pues bien, los doctores de la nigromancia aseguran que la mandrágora nace de la tierra fecundada post mortem por la última gota de semen del ahorcado. “Rocío de las horcas” es el poético eufemismo con el que llama Jean Lorrain a las gotas que escurren tras la eyaculación fatal en su truculento cuento de hadas La mandragore (1899). Por metempsícosis o por abracadabra, la vida que abandona el cuerpo del ajusticiado se transmite a la raíz que crecerá a pie de cadalso.

La mandrágora es, pues, el fruto de un orgasmo fatal. Un éxtasis similar es el que imprudentemente persiguen los aficionados a la hipoxifilia, o asfixia autoerótica: se juegan el orgasmo de su vida a un órdago en el que es su vida lo que está sobre el tapete. Provistos de bolsas de plástico (“esto no es un juguete”) para meter la cabeza, sogas con nudo corredizo a la antigua usanza, y hasta cronómetros, temporizadores y demás parafernalia deportiva para batir su propio récord de apnea, los adictos a este tipo de masturbación de alto riesgo dicen alcanzar tales cotas de placer que no dudan en repetir una y otra vez operación tan peligrosa. La experiencia es descrita por algunos en términos místicos: “He visto a Dios cuatro veces, y espero verlo pronto una vez más”, dijo el ilustrador Vaughn Bodé, tan admirado por los grafiteros neoyorquinos, poco antes de que lo encontraran muerto con la verga en la mano y un cinturón al cuello.

Juegos peligrosos. David Carradine en "Kill Bill 2" (Quentin Tarantino, 2004).
Juegos peligrosos. David Carradine en “Kill Bill 2” (Quentin Tarantino, 2004).

En el obituario de celebridades que han muerto precozmente como mártires de la hipoxifilia nos encontramos un poco de todo. En la aristocracia, destaca Luis Enrique José de Borbón (1756-1830), príncipe de Condé y primo del mismísimo Luis Felipe de Orleans: mientras los cabecillas revolucionarios proponían la acción directa para borrar del mapa a los fósiles del Ancien Régime, petimetres de sangre azul como el susodicho borbónida les facilitaban la tarea extinguiéndose a consecuencia de sus propios excesos. Los hijos de la Gran Bretaña parecen especialmente proclives a esta guisa de placeres, pues en las últimas décadas dos de sus actores políticos han muerto en tan embarazosas circunstancias: el tory Stephen Milligan y el ultraderechista Kristian Etchells. En el mundo de la farándula, cuyos integrantes se han granjeado la reputación de vivir al límite, son legión las víctimas mortales por accidentes de este tipo. Ejemplos ilustres son Michael Hutchence, cantante de la formación australiana INXS, y, más recientemente, el actor David Carradine. Este se había convertido en un rostro familiar en millones de hogares como protagonista de la serie Kung Fu (1972-75) y en sus últimos años había experimentado un repunte de fama de mano de Quentin Tarantino, quien le encomendó un inolvidable papel de villano en Kill Bill (2003-04). Sin embargo, de nada le sirvieron al pequeño saltamontes sus proverbiales reflejos ni su precisión de karateca a la hora de eludir a la negra parca, que lo esperaba sentadita a la sombra de un arriesgado orgasmo hipoxifílico. Lo encontraron tieso en su habitación de hotel en Bangkok.

Por donde quiera que se la mire, en toda la mitología que rodea a la mandrágora encontramos la muerte al acecho. Quienes consumen la raíz en la promesa de un viaje de proporciones místicas se exponen a perder la vida, igual que quienes ofrecen voluntariamente el cuello a la soga del ahorcado para abrir nuevos horizontes a su concupiscencia. Es un juego mano a mano con la muerte: no una meditada partida de ajedrez, como la del caballero de Bergman, sino una tirada de dados, fugaz y fulminante. Y mucho cuidado, porque se dice por ahí que la muerte es tramposa y carga de plomo los dados.

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