Foto: Luis Alberto de Cuenca.

La lluvia poderosa y torrencial, y el viento soplando a calzón quitado, hacen que los árboles bailen de alegría al pie del edificio del Ministerio de Agricultura, frente a las paradas de autobús pegadas a la estación de Atocha. Estoy con Rafael Reig debajo de una de las marquesinas, intentando refugiarnos de la tormenta, al menos yo; porque él parecía comodísimo bajo el chaparrón y cuando llega hasta mí, me dice sonriendo que me fije en los árboles, esos árboles que bailan de alegría:

-Míralos, están tan contentos como yo.

A él le gusta la lluvia, caminar bajo el aguacero sin siquiera la protección de un sombrero; a mí también me gusta, o eso digo, porque lo cierto es que he corrido hasta la parada del autobús al arreciar el temporal mientras él seguía caminando a su ritmo, tan tranquilo.

Hemos salido juntos de la Sala Manuel de Falla del Real Conservatorio Superior de Música de Madrid, donde le he entregado en nombre del jurado un cristal grabado en el que figura su nombre junto al de la distinción: Premio Nacional de Literatura Cultura Viva. Siempre es un placer para mí entregar el premio, que en su momento recibí de la mano de Luis Alberto de Cuenca; y lo es no sólo por el prestigio, sino porque como miembro del jurado defiendo a escritores que, estoy seguro, algún día serán estudiados en las universidades y escuelas: Lorenzo Silva, Martín Casariego, Domingo Villar, Cristina Sánchez-Andrade y, hoy, Rafael Reig.

Antes que nosotros fueron premiados Miguel Delibes, en la primera edición de Cultura Viva, Mario Vargas Llosa, Umbral, Dragó y otros nombres ilustres, que dan al galardón pátina y valía.

La ceremonia de este año ha sido especialmente fluida y agradable, y Reig se sentía arropado y reflejado por doquier, el premio Localidades lo recibió Cerceda, y él vive en Cercedilla, y el de poesía un valenciano como él, Ricardo Bellveser, que le citó en el escenario.

Los Cultura Viva son unos premios transversales, que reflejan y apoyan tanto las humanidades como las ciencias, ser distinguido con uno de ellos es gran honor e indudable motivo de dicha.

Me ha gustado mucho ver a Rafa, Rafael Reig, el gran Reig (dos días después fui, de incógnito, a visitar su librería en Cercedilla), entregarle el premio y disfrutar de su compañía.

Sigue lloviendo cuando nos separamos, yo me quedo bajo la marquesina del autobús y él se dirige, bajo la lluvia aún intensa, hacia la seta de Atocha. Son las ocho de la tarde, pero él, del mismo modo que lo hacía Quevedo, está trasnochando, pues ambos, amén de grandes escritores, son de esas personas excepcionales capaces de levantarse a las cinco de la mañana sin ninguna pereza, para luego poder permitirse el lujo, inimaginable para los más, de poder trasnochar de día.

Felicidades por el premio, Rafael Reig. La alegría de los árboles bajo la lluvia y el viento fue también mi alegría.

Foto: Luis Alberto de Cuenca.
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