La crisis de 2008 impactó en el mundo industrializado, especialmente a los países que crecían más rápidamente. Luego de un golpe inicial, las economías de los Estados Unidos y Asia consiguieron reactivarse, pero Europa no ha vuelto completamente a los números anteriores.

El derrumbamiento de las Torres Gemelas y la oleada de ataques terroristas a principios de los años 2000 (Madrid, Londres) y posteriores (París, Bruselas, Niza, Berlín, otra vez Londres, Barcelona), sumado a una pobre gestión del flujo de refugiados que llegaron a Europa por mar y por tierra, tanto en recepción como en distribución e integración, fueron algunos de los factores que pueden ayudar a explicar – o mejor, a entender- lo que sucedió a continuación.

A partir del extraño referéndum británico de 2016, en diferentes partes del mundo se dio una serie de resultados electorales que contestó la tranquilidad del diálogo entre centro izquierda y centro derecha. Trump, otra vez Orbán, la FPÖ en Austria, después Salvini, de nuevo Putin. Si bien con una actual tendencia hacia los gobiernos liberales de centro derecha, América Latina acaba de quebrar abruptamente su tradición de populismos de izquierda con la elección de Jair Bolsonaro, que representa una verdadera amenaza a la seguridad y la democracia brasileñas.

En Alemania, a pesar de un notable crecimiento de la izquierda del Partido Verde, los (por llamarlos) políticamente-no-del-todo-correctos de AfD ya tienen representantes en todos los parlamentos regionales del país. A la luz de estos resultados electorales, que muestran que no obstante una reducción de su mayoría, la CDU sigue siendo la primera fuerza, quizás la mujer más poderosa del mundo, Ángela Merkel, anunció que no volverá a ser candidata a la Secretaría de su partido.

En su discurso de dos minutos por el 60º aniversario del Tratado de Roma en el Parlamento europeo, el eurodiputado español González Pons planteó una interesante escena geográfica de Europa que yo me permito actualizar: Europa limita al norte con Brexit, al este con los impuestos de Trump, al sur con los muertos del Mediterráneo, al sudoeste con Erdogan, al este con Putin, que de a poco va tiñendo las democracias europeas en Polonia, Hungría, Crimea, ya Italia, ya Austria. Pero Europa es un experimento sui generis, y requiere nuevas soluciones para los problemas que se le presentan.

Europa es el más extenso territorio del planeta en el que los derechos civiles son más ampliamente reconocidos. Europa ha comenzado un camino de respeto al ambiente que, si bien es necesario intensificar, está mucho más desarrollado que cualquier otra región. Europa cuenta con una infraestructura muy avanzada que permite que sus ciudadanos puedan desplazarse a precios bajísimos, en algunos casos ridículamente baratos.

Luego de su terrible y sanguinaria guerra civil, Europa aprendió que se construye solo mediante la integración, y esto se refleja en la paz que se verifica en los países de la CECA, CEE y ahora UE dentro de sus fronteras. Yo tengo 32 años: las personas de mi generación y de la generación anterior nacidas en Europa conocen la guerra y las dictaduras solo mediante documentos y testimonios. Yo nací y crecí en Buenos Aires: mis padres pasaron su adolescencia rodeados de soldados y tanques, que no estaban allí precisamente para evitar un ataque de Daesh.

Los europeos comparten innumerables valores comunes: una historia, una riquísima tradición artística, filosófica, ahora una democracia fuerte, y la integración, que es tangible y exitosa en ámbitos nada despreciables, como el programa Erasmus y la unión monetaria, herramientas facilitan notablemente el intercambio cultural y comercial.

Aún así, algunos sostienen que el euro y las normas que se definen en Bruselas impiden el crecimiento y la emancipación económica de los Estados. Esto es de una alarmante inexactitud: bastará con mirar hacia Irlanda o Portugal – países que, respetando las normas europeas, superaron la crisis y tomaron la dirección de la prosperidad.

Sin embargo, esta crisis nos señala que estamos a mitad de camino, y que es imperioso profundizar la presencia europea. Para ello, presento algunas ideas:

– Construir una unidad fiscal, porque las empresas no pueden tener reglas diferentes, en muchos casos dispares, entre los diferentes Estados europeos.

– Establecer un salario mínimo y un seguro de desempleo europeo (no confundir con el clientelismo y el rédito universal o de ciudadanía). Se ayuda a quien busca trabajo, no se fomenta el trabajo no registrado.

– Aunar fuerzas en un único ejército europeo. También en el plano militar, una dirección común es más fuerte que veintiocho fuerzas separadas. Si esto no convenciese, imaginemos el poder que tendrían los Estados Unidos si Alaska, Dakota, California y Utah tuviesen tropitas separadas, que siguiesen mandos distintos y que comprasen armamento de manera independiente: serían menos fuertes y gastarían mucho más.

– Durante el Risorgimento, el proceso de unidad italiana que tuvo lugar en la península durante la segunda mitad del siglo XIX, Massimo D’Azeglio dijo “hemos hecho Italia, ahora debemos hacer a los italianos”. De la misma manera, hemos hecho Europa, ahora debemos hacer a los europeos: junto con las otras materias del colegio, enseñar la historia, los principios y el funcionamiento de la Unión. Si queremos una unidad impermeable, es necesario educar a los ciudadanos.

– Promover que los medios de comunicación estatales (TVE, TV5, RAI, etc.) tengan una hora europea diaria en sus transmisiones. Votamos a los eurodiputados, pero la mayoría de los ciudadanos desconoce cómo trabajan y qué hacen en las instituciones.

– Aprobar las listas transnacionales, ir más allá de las familias políticas y crear verdaderos partidos políticos europeos. En sintonía con esto y para aumentar su legitimidad, dar a los ciudadanos la posibilidad de que elijan al Presidente de la Comisión Europea, y agregar la iniciativa legislativa a las funciones del Parlamento europeo.

– Crear un servicio civil europeo, para promover la integración entre los jóvenes a la vez que ayudando en las zonas que lo necesiten (pobreza, desastres naturales, etc.)

La Historia está repleta de ciclos y procesos, que a su vez son el resultado de decisiones. No tenemos más alternativa que involucrarnos.

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Nicolás Fuster nació un martes en Buenos Aires. Se buscó en Argentina, el Reino Unido, Bélgica y Luxemburgo. Estudió música y trabajó en una librería. Tiene una relación extramatrimonial con la Literatura y es un lector desordenado. Actualmente estudia Relaciones Internacionales en Sapienza (Roma).

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