Desocupado lector de Diario 16, sin juramento me podrás creer que hace unos días, después de leer el Quijote para conmemorar el cuarto centenario de la muerte de don Miguel de Cervantes, me llegó la noticia de la repetición de las elecciones. Entonces, para que me diera tiempo a leerlos antes del 26-J, saqué del desván los quince mil doscientos setenta y cinco millones de folletos de propaganda electoral que había guardado de los anteriores comicios. Y me di a leerlos todos con tanta afición y gusto que olvidé casi de todo punto el ejercicio de la lectura literaria, y aun la administración de mi hacienda; y llegó a tanto mi curiosidad y desatino en esto, que vendí muchas fanegas de tierra de sembradura para comprar más folletos en que leer, y así, llevé a mi casa todos cuantos pude haber dellos; y de todos, ningunos me parecían tan bien como los que compusieron los gabinetes de propaganda del Partido Popular, porque la claridad de su prosa me parecían de perlas, y más cuando llegaba a leer aquellos requiebros donde en muchas partes hallaba escrito: “La razón de la sinrazón corrupta que a mi razón política se hace, de tal manera mi razón partidista enflaquece, que con razón me quejo de la vuestra fermosura votante”.

Con estas razones, claro, yo perdía el juicio, y desvelábame por entenderlas y desentrañarles el sentido, que no se lo sacara ni las entendiera el mismo Aristóteles, si resucitara para sólo ello.

En resolución, me enfrasqué tanto en la lectura, que se me pasaban las noches leyendo de claro en claro, y los días de turbio en turbio; y así, del poco dormir y del mucho leer majaderías se me secó el cerebro, de manera que vine a perder el juicio. Llenóseme la fantasía de todo aquello que leía en la propaganda electoral, así de encantamientos laborales, como de pendencias sectarias, batallas dogmáticas, desafíos reformistas, heridas económicas, requiebros manipuladores, amores ideológicos, tormentas y disparates prometedores imposibles; y asentóseme de tal modo en la imaginación que era verdad toda aquella máquina de aquellas sonadas soñadas invenciones que leía, que para mí no había otra historia más cierta en el mundo y, rematado ya mi juicio, vine a dar en el más extraño pensamiento que jamás dio loco en el mundo, y fue que me pareció convenible y necesario hacerme candidato presidencial andante, e irme por todo el mundo con mis promesas a buscar las aventuras electorales y a ejercitarme en todo aquello que había leído que los candidatos andantes se ejercitan, prometiendo deshacer todo tipo de agravio, y poniéndome en elecciones y comicios donde, ganándolos, cobrase eterno nombre y fama.

Total, que aquí me tienes, yendo de un lado a otro insultando a mis rivales políticos, prometiendo ínsulas baratarias para todos los españoles y diciendo nada más que tonterías y mistificando lo que no hay en los escritos por culpa de las sombras caliginosas de la ignorancia que sobre mi pobre juicio me pusieron mi amarga y continua leyenda de los detestables folletos de propaganda electoral…

Vale.

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