La misión de rescate de 629 migrantes, conocida ya como Operación Aquarius, ha generado una auténtica oleada de solidaridad y concienciación social en todo el mundo. La prueba es que 140 medios de comunicación movilizaron el pasado fin de semana a 700 periodistas para cubrir la llegada de los tres buques al Puerto de Valencia. No estábamos ante un caso más de pateras con náufragos perdidos en el mar, uno de esos que se producen cada día y que ya ni siquiera aparecen en los telediarios porque no son noticia.

Esta vez era mucho peor. Cuando Italia rechazó inmisericordemente a los refugiados que huían de la guerra, el hambre y la miseria en sus países de origen algo se removió en las entrañas de las sociedades occidentales. ¿Qué estamos haciendo? ¿Cómo podemos dejar a la deriva y abandonadas a su suerte a más de 600 personas, entre las que había 134 niños, la mayoría de ellos solos y desamparados?, se preguntaron algunos dirigentes políticos europeos. Los teléfonos rojos de las cancillerías y de Bruselas empezaron a sonar. Pedro Sánchez y Emmanuel Macron, más Pablo Iglesias, entre otros muchos, coincidieron en que no podemos seguir por el camino del cierre de fronteras y los muros que plantean algunos, por lo que cabría impulsar un nuevo eje frente a los gobiernos ultranacionalistas que cada día van ganando terreno.

La vieja Europa había tocado fondo en su deriva insolidaria, ombliguista y egocéntrica. Otro movimiento humanitario de justicia social, similar al que se produjo el 8M con las movilizaciones feministas, empezaba a cuajar. Sin duda habrá un antes y un después tras la Operación Aquarius.

Aunque cueste creerlo, si nos dejamos llevar por el mapa de los gobiernos nacionalistas que se han instalado en Europa en los últimos años, cada vez son más los ciudadanos occidentales que quieren despertar de este mal sueño y que creen que ha llegado la hora de decir basta ya ante tanta indiferencia y desidia de la UE.

Así ha sido como numerosas familias valencianas se han ofrecido para acoger en sus casas a algún pasajero del Aquarius, el Dattilo o el Orione. Ahora bien, corremos el riesgo de que pase lo de siempre, que una vez que se apaguen las luces de las televisiones, una vez que los reporteros regresen a sus rutinas del día a día, a sus redacciones y a sus países natales, el problema se termine olvidando. Y entonces el Aquarius no será más que un nombre exótico en un pequeño recorte de la historia. Si dentro de un mes ya nos hemos olvidado de ellos, si los recluimos en Centros de Internamiento para Extranjeros bajo severas normas carcelarias, si se pierde la pulsión de la noticia como suele suceder en esto casos, habremos entrado en una senda cada vez más peligrosa.

Por eso en las últimas horas numerosas voces autorizadas de diversos ámbitos han reclamado una nueva política migratoria que contemple la cuestión desde la perspectiva del ser humano, de los valores y los ideales, no desde el frío prisma de la ley de extranjería, el patriotismo y la economía autárquica. No nos engañemos, no nos estamos jugando el futuro de unos pobres desgraciados que vienen de tierras lejanas. Nos jugamos nuestra propia supervivencia como seres civilizados y decentes que aún pueden llamarse a sí mismos “humanos”. Nada más y nada menos.

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1 Comentario

  1. ¿porqué no se llevó el Aquarius a Palma de Mallorca o a Barcelona, puertos mas cercanos, en lugar de prolongar la travesía y el sufrimiento hasta Valencia?
    Oh, no, Barcelona n !!!

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