Cuando indagamos sobre el origen de las artes escénicas solemos concluir en la bonita historia del teatro griego y del carro de Tepsis allá por el siglo VI a.C. Pero al margen de la historia y el origen, lo que sí parece claro es que desde las primeras danzas chamánicas de la prehistoria hasta nuestros días las artes escénicas han venido cubriendo una función fundamental en el desarrollo de la humanidad, de su intelectualidad y de su espiritualidad. Lo que de alguna manera nos han ido conformando como los seres que somos hoy en día.

Se estima que la esperanza de vida para el año 2030 superará los 90 años en países desarrollados. En esa época, la generación denominada “baby boomer” habrá prácticamente desaparecido, la generación “X” estará en clara decadencia, la generación “Y” o “millennials” estará en estado de madurez, mientras que la generación “Z” estará aún en crecimiento, pero ya gestionando este mundo en casi todos sus aspectos (empresariales, políticos, sociales, tecnológicos, etc.)

Sin embargo, hoy en día y por primera vez en la historia de la humanidad, millones de personas pueden comunicarse de forma gratuita y al instante con cualquier parte del planeta. El mundo es cada vez más pequeño y manejable. La tecnología gestiona nuestro mundo y comienza a avanzar más rápidamente que el pensamiento humano. El mundo cambia más y más rápido en cada momento de su futuro… Hoy en día estamos comenzando a vivir eso que denominan como “revolución digital”.

Ante un escenario de cambio el ser humano suele responder con dos actitudes opuestas, que personalmente denomino ¨entre Charles¨. Haciendo alusión a Charles Darwin y una frase quizá erróneamente atribuida a él: “Las especies que sobreviven no son las más fuertes, más rápidas o más inteligentes, sino aquellas que se adaptan mejor a los cambios de su entorno”. Y a Charles Dickens y una frase que sí parece ser suya: “El hombre es un animal de costumbres”. Dos actitudes y un debate histórico y abierto entre corrientes progresistas y conservadoras: ¿Afrontar el cambio y abandonar rutinas y costumbres para tratar de adaptarse al nuevo entorno y así sobrevivir? o ¿Sobrevivir tratando de mantener los mismos hábitos y costumbres que históricamente han demostrado su eficacia para la supervivencia de la especie haciendo gala del “si algo ha funcionado antes, repítelo”?

Sin embargo, sea cual sea nuestra postura personal ante el cambio, lo que hasta ahora no había sucedido nunca en nuestra historia como especie es la gran fugacidad de esos cambios, convirtiendo al factor tiempo en algo clave y desconocido para nuestro cerebro y experiencia humana. Hasta ahora la naturaleza ha venido marcando el tiempo de los cambios, pero ahora va a ser el ser humano el que gobierne esos tiempos y esos cambios. Unos cambios que la revolución digital anticipa como más disruptivos, frecuentes y en periodos de tiempo cada vez más cortos, lo que va a acabar por provocar una aceleración en el acaecer entre cambio y adaptación. Muy probablemente, del año 2000 al 2030 el ser humano va a llegar a experimentar los cambios provocados más radicales de toda su historia como especie, fruto sin duda de una singularidad tecnológica y una inteligencia artificial que ya son innegables e imparables.

Ciertamente asusta, pues no parece cuestión de mera neofobia. Pero la historia nos avala como una especie de supervivientes natos y debemos confiar en que nos convertiremos en expertos en esa fugacidad del cambio y que gestionaremos el año 2030 con más experiencia que hoy, gracias a nuestra capacidad de adaptación a la era digital.

Pero volviendo al tema de las artes escénicas, me gustaría analizar cómo se están viendo afectadas por toda esta revolución digital que comenzamos a vivir. Quizá lo más obvio es aceptar que los cambios más disruptivos también conllevan inexorablemente la más rápida obsolescencia de valores, concepciones, ideologías y prácticas en vigor. Fundamentalmente, porque dejan de tener adeptos, utilidad o sentido en esta nueva sociedad digital que se está constituyendo. Sin temor a equivocarme, creo poder afirmar que estamos asistiendo al inicio de la gran decadencia de las artes escénicas tradicionales, quizá por el origen, concepción y naturaleza analógica de las mismas. Comienzan a no encontrar su lugar en esta nueva sociedad digital y tratan de sobrevivir entre nostalgias, mientras pierden adeptos cada día entre las nuevas generaciones. Ya no cubren las funciones para las que fueron concebidas en su época, porque éste es otro tiempo y otra sociedad. Muchas se están convirtiendo en recuerdos de otro pasado y los lugares que las albergan en museos de repertorio. Por supuesto, algo digno y necesario para la nueva sociedad, pero abandonando ya la bandera de ser la expresión directa de una sociedad contemporánea o los catalizadores de cualquier nueva vanguardia.

Pensemos por ejemplo en la Ópera, un completísimo género artístico y escénico con más de cuatro siglos de historia y que probablemente ya hace más de un siglo que ha fallecido. Si hacemos un repaso a nuestra historia contemporánea nos damos cuenta de que es incuestionable que la opera muriese hace ya tanto tiempo ¿Cómo iba a sobrevivir al siglo XX, a sus vanguardias, a sus guerras mundiales, al cine, la televisión, a internet o la sociedad de la información? Ciertamente hace ya mucho tiempo que dejó de cubrir la función para la que fue concebida. Desde el “Orfeo” de Monteverdi a nuestros días, la ópera ha ido evolucionando y adaptándose a su sociedad, hasta que la sociedad ha dejado de adaptarse a ella. Es algo obvio que la ópera no atrae a la sociedad contemporánea, no sólo para llenar los teatros, sino para atraer a un grupo mínimamente profuso de contemporáneos que quieran expresarse a través de ella y usarla como medió de expresión y evolución de sus ideas. De hecho, podemos encontramos con miles de excusas entre los compositores actuales para no abordar el género y entre los que lo han intentado, para no volver a repetirlo.

La ópera actual sobrevive como un espectáculo nostálgico que cubre una clara función museística. Tengo observado que si un joven “millenials” tiene la suerte de visitar un teatro de ópera y ver por primera vez una obra más o menos clásica, sale embriagado y con un claro “síndrome de Stendhal”. Algo obvio, pues como en todo museo, lo visto es una muestra de las mejores obras maestras depuradas por la historia y cuidadosamente seleccionadas para ser expuestas al público. El asombro ante la belleza de una obra maestra, sea cual sea su técnica, autor o época es algo natural. Sin embargo, ese joven no suele volver. ¿Por qué? Probablemente es debido simplemente a un tema generacional. Nuestra actual juventud no puede por menos que ver ese tipo de espectáculos artísticos como algo lejano a su tiempo y sociedad. En el caso de volver a la ópera, ese joven sabe de antemano lo que va a experimentar, incluso cuando la obra estrenada sea diferente, e inexorablemente sabe que va a acabar por aburrirse. ¿Por qué? En mi opinión personal, no puedo sino pensar que es un problema de consumo y de formato. Ese joven es fruto de una generación diferente y su forma de consumir cualquier producto, servicio o espectáculo es también diferente a la de generaciones anteriores. Ha nacido en un mundo que compartimos varias generaciones de forma diferente. Él es nativo digital y es un verdadero devorador y coleccionista de experiencias nuevas. Pertenece a una generación crítica, inconformista y que requiere del grupo y de la participación y la colaboración constante para desarrollarse. Es en la sociedad digital y en el medio tecnológico donde se desenvuelve y expresa plenamente. Usa la tecnología en cualquier momento y lugar para consumir, compartir y disfrutar cualquier experiencia. En definitiva, existe una gran brecha generacional entre él y la ópera. Por muchos intentos que queramos hacer por atraerle con las más innovadoras puestas en escena el resultado, en mi opinión, seguirá siendo estéril porque el problema reside en el formato y en la forma de consumo.

Por otra parte, siempre cabe la respuesta de: – ¿Y qué? Pues que no vayan a la ópera si no les atrae -. Pero el problema no es que asistan o no a la ópera, sino el qué va a pasar con la ópera y por ende con el resto de artes escénicas que entran en clara decadencia en este nuevo mundo digital que se nos avecina. Estas nuevas generaciones ineludiblemente son las que nos sucederán y las que gestionarán el mundo del año 2030. Una fecha en la que ya habrán fallecido las actuales generaciones que son asiduas espectadoras de la ópera de hoy. ¿Desaparecerán entonces muchas de estas formas de expresión artística que tantos sentimientos y valores han transmitido a la humanidad desde hace siglos? ¿Acabarán convertidas en museos? ¿Quién llenará entonces con los clásicos del siglo XXI los museos del siglo XXII? ¿Tienen alguna posibilidad las artes escénicas con las nuevas generaciones en la nueva sociedad digital?

Parece inevitable que muchas de ellas desaparezcan como herramientas de expresión social contemporánea y queden reducidas al Museo. Pero también cabe la posibilidad de que algunas de ellas cambien el formato y perfil de consumidor y se reinventen para sobrevivan transformadas en algo nuevo que cubra una demanda en la nueva sociedad. Sin embargo, afrontar ese cambio va a costar, va a costar mover un “status quo” tan implantado y con tanta historia. Pero parece que no queda otra si se quiere revivir, porque la postura de no hacer nada y sobrevivir es el Museo. Quizá lo primero que debamos hacer es aceptar de forma natural que viene un cambio y un cambio bastante disruptivo. Un cambio que va a afectar no sólo a los que conforman el mundo interior del espectáculo: actores, intérpretes, técnicos o directores; sino también y sobre todo al de los espectadores. Y una vez aceptado, prepararse para el reto y asumir que son las nuevas generaciones las que nos sobrevivirán y las que van a gestionar el mundo de las artes escénicas en el futuro, por lo que hay que trabajar con ellas, con sus medios, tecnologías, formatos y modelos de consumo. Si queremos transformar el mundo desde nuestros ideales difícilmente lo conseguiremos: “hacer las cosas de una forma diferente, implica el pensar de una forma diferente”, si no, nunca los resultados van a ser diferentes a los que ya tenemos. Por lo que desde ya, hay que comenzar a involucrar a las nuevas generaciones y sus pensamientos en un proceso transformador. Y usar la imaginación, ese don que siempre nos ha permitido recrear nuestro mundo para adaptarnos a él, aunque sea digital. El desafío digital en el arte es similar al del mundo empresarial y si la empresa, motor de la economía, ya lo está abordando, sin duda, el mundo del arte, motor de la intelectualidad, también lo hará. Tengamos fe en ello, en nosotros y en las futuras generaciones, pues lo que parece claro es que la transformación digital en las artes escénicas nunca se va a realizar sin contar con las nuevas tecnologías y las nuevas generaciones, y el resultado no va a ser como a muchos les gustaría o como otros esperamos.

“The only artists that will survive are already sowing the seeds of their own destruction… because if they don’t, someone else will”.

¿Quieres recibir las novedades de Diario16?

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here

dos × 4 =