Juan tiene 57 años. Empezó a trabajar a los 17 años. Y desde entonces permaneció en la misma empresa, una empresa de bebidas en la que prosperó, era respetado y ganaba un buen sueldo. Cuando Juan tenía 53 años, su empresa fue adquirida por una multinacional. Al año hicieron un ERE, y Juan fue despedido. Tenía 54 años. No ha vuelto a encontrar trabajo. Ha agotado el paro, y desde hace un año cobra la ayuda de los 400 euros. Su vida, su esquema mental, se ha ido a pique, y con ella su autoestima y sus ganas de vivir.

María trabajaba en un banco hasta los 45 años. Era querida y admirada por sus clientes, y sobre todo por las personas mayores que ella atendía y que confiaban en ella. Un buen día fue despedida. Los ancianos que María atendía se quejaron y protestaron. Nadie les hizo caso. Desde entonces María apenas ha trabajado; apenas cuatro meses en campañas comerciales de invierno en cinco años. Toma tranquilizantes. Y ella y su marido han tenido que vender el apartamento que tenían en la playa para poder ir tirando.

Pepa era una alumna excelente. Fue premio extraordinario de Bachillerato. Sus padres estaban en paro. Cuando llegó la hora de ir a la Universidad, Pepa no pudo ir. No sólo porque la matrícula era inalcanzable y los libros prohibitivos; es que tenía que ayudar en casa. Ahora Pepa trabaja en un McDonalds. Está contenta, aunque a veces sueña en cómo hubiese sido su vida si hubiese podido ir a la Universidad.

Jaime y Teresa son jubilados. Tienen 74 y 72 años. Entre ambos cobran 1400 euros de pensión. Con ese dinero tienen que ayudar un tanto a sus hija, pues a la misma no le llega con su sueldo para pagar su hipoteca. No es mucho, apenas le dan 150 euros al mes. Les quedan 1250 euros al mes. Tal vez por ello, en invierno apenas encienden la calefacción, y se abrigan con mantas, ya que no pueden permitirse pagar más de 75 euros al mes de luz. Y la luz cada vez está más cara.

Ignacio acabó la carrera con muy buena nota. Ha hecho después dos másteres, con gran esfuerzo económico de sus padres. Ahora después de haberse formado, dominar inglés y francés, y al cabo de un año, ha podido entrar en una de esas empresas de la economía “colaborativa”. Su sueldo no supera los 1000 euros al mes, y con las pagas extras prorrateadas. Ni se plantea irse a vivir con su novia; no pueden permitirse pagar el alquiler medio que piden en su ciudad. Tampoco se plantean tener hijos; consideran que es imposible con sus condiciones de vida. Ni aunque pudiesen alquilar un piso.

Juan José y Asunción trabajan ambos. Ganan entre los dos 2.500 euros al mes. Tienen dos hijos. Descontada la hipoteca, aún les quedan 1800 euros. Sin embargo, Juan José y Asunción no duermen desde hace meses. Y es que si siempre han llegado justos a fin de mes, pero han llegado, resulta que su hija pequeña necesita unos implantes en la dentadura, y el presupuesto total que les ha pasado la clínica supera los 6.000 euros. Y además su hijo mayor está en segundo de Bachillerato y no saben cómo van a afrontar la matrícula de la Universidad. No han ido de vacaciones, ni a la playa, en los últimos diez años. Y tienen el mismo coche desde hace quince. Ni se plantean cambiar el mismo. No podrían pagarlo.

Estas historias son reales. Y como ellas, no es que haya decenas de miles; es que hay millones en España. Millones de historias en nuestro país en las que la gente lo pasa mal, lucha, sufre, sobrevive como puede si es que puede. Y lo más grave de todo es que nadie, ningún miembro de la élite política, a derecha o izquierda, habla y se dirige a esta gente, a nuestra gente, si no es con palabras vacuas en el mejor de los casos, o para llamarles “perdedores de la globalización”, entre otras lindezas, en otros. ¿Estas personas votan? ¿A quién? ¿Para qué? Pues eso.

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