Su papá le dijo que el país se estaba quedando sin dinero y sin juguetes y que los Reyes Magos tendrían dificultades para entregar los regalos. Teresa era una de esas niñas caprichosas a corto plazo, pero condescendiente cuando la impresión del primer momento se había enfriado. Muy bien, se dijo, no voy a pedirles nada que cueste dinero. Y comenzó a escribir su carta: Queridos Reyes Magos: quiero una caja llena de besitos y de abrazos. Cuando los reyes entren en casa me dejarán un paquete envuelto muy bonito y dentro habrán dejado sus besos y sus abrazos y así cuando lo abra notaré un aire suave lleno de su cariño; cariño en blanco, cariño en amarillo y cariño en negro; como sus barbas. Será estupendo, pensó.

La imaginación de Teresa era ancha, muy ancha. Durante las vacaciones pensó en las mil y una maneras en que podría recibir su regalo, y también en la tristeza de los otros niños cuando vieran que sus paquetes no habían llegado.

-Papá, les tenemos que decir a los demás que el mundo se está quedando sin juguetes, es urgente, papá-, le dijo Teresa a su padre.

-Cariño, ya lo saben.

Llegó el día cinco por la noche, nunca Teresa se había puesto tan nerviosa. Por la mañana cuando se despertó fue a buscar su regalo debajo del árbol. Se encontró una preciosa caja con su nombre y la abrió: una cocinita llena de cacharros. Teresa se quedó un poco desconcertada, le gustaba su regalo, pero ella había pedido otra cosa. No dijo nada de la emoción que sentía. Cuando se fue a la cama pensó: jo, tengo mucha suerte: el poco dinero que quedaba en el mundo los Reyes se lo han gastado en mí.

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