Mis amigos españoles me suelen decir que en España la gente pasa de la política.

No me lo puedo ni quiero creer. España es el país con mayor número de tertulias y programas de show político en la tele y en radio de todos los países que conozco. En pocos lugares se habla tanto y tan acaloradamente de política como en España. España está lejos de ser el país apolítico que a veces desde nuestro fatalismo nos gusta pintar. Los periódicos están plagados de noticias sobre los políticos, la gente toma plazas y calles y en los bares ser reúnen tertulias de ministros-alternativos que arreglan los problemas del país entre una caña y un café.

No, España definitivamente no es un país apolítico, se habla mucho y alto sobre los políticos y a veces también sobre política. El problema que genera esa sensación de frustración e indefensión tiene mucho más que ver con las nulas consecuencias de tal híper-activismo político. Las consecuencias de todo esfuerzo, debate y enfrentamiento político en España son “cero patatero”. Por falta de instrumentos de “control democrático” y “participación ciudadana” los debates del bar se quedan en agua de borrajas, los esfuerzos en plazas y calles se limitan a un limitado derecho al pataleo y las bronco-tertulias de periodistas politizados son meras pajas mentales que pueden divertir más o menos que un partido de fútbol, Master Chef o una telenovela cualquiera.

¿De qué sirve tragarse 5 horas de bronca televisada entre periodistas una noche de sábado, o desayunar alegatos políticos de periodistas a diario? ¿Para que se esfuerzan moderadores de todas las ideologías y emisoras por convencerme, si yo al final no mando? ¿De qué serviría que me convenzan Eduardo Inda o el Gran Wyoming, Paco Marhuenda o Antonio Ferreras, por mencionar solo a pocos? Yo no mando. Como ciudadano español mi máximo poder se limita a elegir una vez cada 4 años una papeleta pre-impresa con nombres que no puedo modificar. No tengo derecho a hacer propuestas concretas que se sometan a votación popular, por muchos amigos que me apoyen. No tengo derecho a revocar una ley aprobada en el parlamento, por muchas firmas que recoja. Afortunadamente yo también conozco otra realidad política.

Ayer me llegó la papeleta para decidir sobre 3 iniciativas populares federales, dos referendos revocatorios federales y 3 referendos revocatorios cantonales. En otoño me presento a diputado del parlamento de Basilea y la gente me puede votar o tachar, me puede poner 3 veces en la lista de mi partido o introducirme 3 veces en la lista de cualquier otro partido.

Cuando veo tertulias políticas en la tele suiza presto atención, porque según lo que me convenza puede inclinarse mi voto en alguna de las iniciativas o referendos. Las tertulias en las televisiones españolas las veo para divertirme. ¿Cuántas veces dirá Inda la palabra “Venezuela” este sábado? ¿Cuántas veces apuntará con el índice a cámara Ferreras pidiendo “atención”? y ¿Cuántas veces se echará las manos a la cabeza Marhuenda?

El estancamiento de la Transición se veía venir y la misma palabra “transición” implica que después de la Constitución provisional de 1978 habría que haber seguido desarrollando el modelo de convivencia, el modelo territorial y el sistema político. La Constitución del ‘78 fue un gran logro en su momento e incluso muy avanzada en materias sociales comparada con otras constituciones europeas de la época. Los dos grandes partidos no quisieron afrontar ese reto cuando pudieron, ni si quiera se animaron cuando los votantes empezaron a amenazarles con los limitados instrumentos que tienen a su disposición (elecciones europeas, municipales y autonómicas). Fue necesario el tetraempate del 20D, para que se dieran cuenta de que no hay vuelta atrás.

Yo no quiero un gobierno de izquierdas, aunque se enfade conmigo la mitad de los españoles, ni quiero un gobierno de derechas, aunque se enfade la otra mitad. No quiero que alguien venga a “arreglar” los 4 años del PP y luego vuelvan en 4 años otros salvadores a arreglar lo arreglado y reventar lo que van imponiendo las mayorías de turno. Espero que el 26J el tetraempate sea más ajustado que el del 20D y que no quede más remedio que formar un gobierno provisional, transversal que se comprometa a desarrollar una reforma constitucional durante los próximos 2 años y aparte gestione el país con moderación y consenso. Cada ley de la próxima legislatura tiene que ser un “pacto de estado”, sin chulerías ni caprichos. En cada negociación tiene que estar claro que está ligada a la negociación de la semana siguiente, que hay un equilibro y conexión entre las decisiones y que España no está para que nadie salga con la suya. Será otra legislatura de lágrimas y sudor, pero una con ilusión y una meta. Vamos a pasar del “Y tú más” al “Ni pa ti, ni pa mi”. Durante los próximos 2 años tenemos que tragar sapos, todos. El que salga contento de una negociación es un embustero. No habrá alegrías adhoc, de victorias profanas de un tuit puntiagudo, un “pillado en renuncio” o una putada en el telediario.

Nadie de nosotros puede influenciar el tetraempate, porque no nos podemos coordinar en un “vota tu tal que yo voto cual”, no obstante creo que va a ser posible, va a ser posible, porque España es variopinta, no hay dos Españas, hay 46 millones de Españas, de las cuales el 25% está convencido de que el otro 75% es idiota o malintencionado.

Mientras en el resto de Europa y del mundo los votantes se radicalizan frente a la frustración, miedo y desorientación que ha generado la crisis, los españoles, gatos escaldados y curados de espantos, han emprendido otro camino, el camino del entendimiento forzoso. Hemos impuesto un parlamento que nos representa, hemos votado 50% bipartido, 50% otros, 50% derecha, 50% izquierda. Las sensibilidades políticas, aparte de miles de matices, se divide en bloques de entre un 20 y un 30% convencidos de que los otros son malos y/o tontos. Es una situación ideal para buscar el consenso. Los votantes ya hemos dado una orden clara el 20D.
Me importa un bledo quien saque más escaños el 26J, lo importante es que no “gane”, con tal de que no saque suficientes para chulear a los otros 3 cuartos de España ya me alegro. Más aún me alegraré si el número 2, 3 y 4 (cuyo orden también me da casi igual) le pisan los talones al número 1.

Muchos amigos míos en España quieren que gane Podemos, para revocar todo lo que hizo el PP y para hacer maravillas que en 4 años reventará la otra parte.

Muchos de mis amigos en España quieren que gane el PP, para garantizar la estabilidad de “ordeno y mando”.

Muchos de mis amigos en España quieren que gane el PSOE, para corregir algunos errores y cometer otros.

Muchos de mis amigos en España quieren que gane Ciudadanos, para que modere entre PP y PSOE.

Casi todos mis amigos en España estarían disgustados 4 años y no dejarían de tocar las narices, si ganan mis otros amigos. Yo prefiero un tetraempate constructivo, sin vencedores ni vencidos, un consenso extraordinario para una situación extraordinaria. En unas circunstancias de desorientación absoluta a nivel mundial y falta total de valores y confianza, quiero que logremos un equilibrio a largo plazo y una mini-legislatura de reforma y consenso, para disolver las Cámaras, según lo previsto en el artículo 168 de la Constitución y que las nuevas Cortes Generales electas en 2018 ratifiquen es esfuerzo de consenso sin caprichos ni chulerías que lograremos en estos 2 años.

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1 Comentario

  1. Totalmente de acuerdo con el autor. Menos circo de tertulias y más mecanismos activos de participación en las decisiones del país. Y sobre todo, más capacidad de diálogo, debate y consenso.

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