“Como de costumbre, apareció en la pantalla el rostro de Emmanuel Goldstein, el Enemigo del Pueblo.

Del público salieron aquí y allá fuertes silbidos.”

1984 (George Orwel)

   Uno llega a la parada del autobús y habla con una señora con la que coincide de manera habitual. El tiempo u otras cuestiones similares son los temas de conversación ocasionales. Un día el autobús se retrasa y agotados esos temas, quizás para huir de un silencio molesto, la señora me suelta de repente algo así como: “Mire usted la que está armando ese señor de Barcelona y eso que está por esos mundos, ya podía dejar de hacer cosas malas.” El señor ese de Barcelona es el president Puigdemont (no la interrumpo para explicarle que en realidad es de Girona), esos mundos es Bruselas y las cosas malas… Por suerte llega el autobús y evito una conversación difícil para explicarle mi opinión. Por fortuna el tono de la buena señora es mesurado, pues otros ya lo habrían llamado delincuente, pirado, prófugo de la ley (los más técnicos), cobarde (los más macho-hispanos) y hasta algunos, como el alcalde de Valladolid y dirigente del PSOE, que lo compara con el criminal Charles Manson y al independentismo con su secta. ¿Quién ha dicho que el delirio y la falta de argumentos no tienen imaginación?

Dice Umberto Eco en su ensayo Construir al enemigo: “Tener un enemigo es importante no solo para definir nuestra identidad, sino para procurarnos un obstáculo con respecto al cual medir nuestro sistema de valores y mostrar, al encararlo, nuestro valor. Por lo tanto cuando el enemigo no existe, es preciso construirlo.” Y si alguien necesitaba del “enemigo”, era el Régimen del 78. Tocado por la crisis y una corrupción estructural y sistémica, buscaba una reafirmación y esta no podía ser otra que volver a lo que está en sus orígenes: el nacionalismo español. Y lo ha hecho recurriendo a sus más rancias esencias, la melancolía imperialista y un pensamiento testicular que también plasmara Bigas Lunas en alguna de sus películas. Al “a por ellos”, al “soy español…”, al “que viva España”, y similares, se unió un grito particularmente definitorio: “¡Puigdemont a prisión!” Y la tecnología del poder se puso a funcionar.

El estado español tiene algo de arcaico, procede y es parte de viejos modelos autoritarios y represivos, pero conoce el terreno que pisa y lo controla. Es conocedor de la presencia sociológica del franquismo en la sociedad española, que cuando es necesario se transforma en ideológica y hasta militante. Sabe de la tendencia al linchamiento que existe en cualquier sociedad y que en España ha sido notable desde que se persiguiese a herejes, brujos, judíos, entre otros. Sabe de un país poco lector, en especial de lecturas de fondo, lo cual se combina a la perfección con el tardomodernismo, la primacía de la imagen, de lo audiovisual, las frases cortas e impactantes de las redes, donde gana terreno el relato simple y superficial sobre el complejo. Es la mentira repetida mil veces que termina convirtiéndose en verdad que decía Goebbels.

Los del 78 son brutos, pero no tontos. Las imágenes de policía y Guardia Civil registrando coches y alcantarillas (muy propio), por si acaso volvía Puigdemont, aparte de absurdas, muestran un delirio paranoico, pero lo más grave es que lo han transmitido a buena parte de la población española. El sentimiento de “patria agredida”, llevada a su paroxismo, manejada por el poder y su propaganda, puede crear monstruos.    

Por los datos Carles Puigdemont es un hombre independentista desde muy joven, afiliado a un partido que no lo era y que llegó a ser alcalde Girona antes de convertirse en president de la Generalitat. Que es licenciado en filología catalana, que trabajó como periodista y que habla cinco idiomas. Hay más datos, muchos mal intencionados, propaganda de “guerra”, porque aunque nadie la haya proclamado, hay una geografía de trincheras y tanques mediáticos. Lo último ha sido el alquiler de la casa de Waterloo y los mensajes del móvil. Resulta sorprendente la profusión de datos sobre la casa (ocupando amplios espacios en los telediarios), que contrasta con la ausencia de información sobre el chalet de Rivera en un lugar Vip, la mansión de Felipe González en Marruecos, las propiedades de Rajoy, por no hablar del ocultismo que existe sobre las propiedades de miembros de la Casa Real. Y los mensajes, solo muestran a un ser humano, sus dudas y vacilaciones, lo que algunos han vuelto a tildar como la enésima muerte del procés. Una vez más, el simplismo de creer que un movimiento social amplio y heterogéneo se reduce a una persona. Los que fabrican líderes mesiánicos, buscan colocar una foto en la diana de sus dardos. El odio y el fanatismo son más fáciles cuando se dirigen a un rostro y han convertido a Puigdemont en ese rostro.

Ni la mítica Pasionaria y el Carrillo de los primeros tiempos de la transición, ni Anguita, ni más actualmente Pablo Iglesias, ni siquiera el “malísimo” de Otegui, han llegado al odio que hay contra la figura de Puigdemont. Hay rabia, mucha rabia, ¿y por qué?

La construcción del Régimen del 78 fue un juego de equilibrios entre el monopolio de la violencia heredada del franquismo y los acuerdos con los “opositores”. La izquierda, los sindicatos, los nacionalismos vasco y catalán, fueron las piezas fundamentales de ese consenso, en realidad un cambio lampedusiano. Se debe reconocer, guste o no, que la cosa les funcionó, aunque sea más por pasiva, que por activa. La mayoría de la sociedad fue conformista y los sectores más activos terminaron en el famoso desencanto. Hasta que el status quo se fue agrietando por diversas circunstancias. Y ahí estaba un independentismo que ha ido avanzando hasta el republicanismo. La “ruptura democrática” reaparecía luego de muchos años (aunque solo fuese en Cataluña), luego de haber sido enterrada y hasta abandonada por sus propios abanderados. Y que la cuestión fuese en territorio catalán, ligado a la autodeterminación, reavivó el odio ancestral de un nacionalismo español que ha convertido la “unidad de España”, en algo sagrado y no democrático. El enemigo estaba claro y había que darles un rostro para consumo de masas: Puigdemont.

Carles Puigdemont no es un antisistema, radical, comunista o cualquier otro ista de los que habitualmente se utilizan para estigmatizar sin argumentos; ni siquiera es de izquierdas. Es un hombre de centro o centro derecha, que quizás en otras circunstancias hubiese sido un político al uso, pero por una vez algunos mantuvieron su compromiso democrático. Su exilio en Bruselas fue la culminación para que el odio subiese enteros, hasta acabar en paroxismo.

Si algo pretendió y consiguió el Régimen del 78, es su reconocimiento internacional. Si en sus inicios fue EE.UU quién más participó en la fabricación de la “democracia española”, pronto fue Europa su legitimadora. Frente a los muros que han impuesto a Oriol Junqueras, Bruselas se ha convertido en un altavoz. Desde un terreno de juego que ellos creían acotado y a su servicio, el odiado enemigo le ha ido desmontando las caretas. La idílica transición que habían conseguido, se ha ido derrumbando como un castillo de cartas trucadas. El autoritarismo, la violencia, la falta de separación de poderes, una justicia cuestionada, un estado de derecho sin base real, una democracia a la baja o simulada… Medios no precisamente radicales como la BBC o el New York Times, se han hecho eco de la profunda crisis que atraviesa el Régimen del 78 y en muchos casos con críticas y cuestionamiento al estado español.

En la entrevista que el president hablaba la decadencia de los países de la UE (algo bastante real), planteaba además algo muy interesante que debería hacer pensar a la izquierda española: “¿Qué pasa si en España gana las elecciones un partido republicano?” Pues que con el marco jurídico-político del 78 haría imposible la voluntad mayoritaria de los españoles. Y es que Puigdemont, junto a los diputados que proclamaron la República Catalana, son la imagen de quienes con sus errores y lógicas limitaciones, marcan un Proceso Constituyente Democrático y con base popular, que nunca tuvo un Régimen del 78, fruto acuerdos y pactos de despacho, entre las oligarquías franquistas y las elites que acordaron con ellas sin quitarles su dominio, ni la hegemonía social. Así hoy estamos ante un proceso de involución sobre aquellos inicios “consensuados”.

Si Tarradellas volvió a Cataluña con el conocido, “Ja estic aquí”, siendo recibido y reconocido por las autoridades de la época, con Suárez a la cabeza (la Generalitat fue la única institución republicana reconocida), si Puigdemont hiciese hoy lo mismo, recibiría la visita policial y hasta es posible que con grilletes. El “consenso” ha desaparecido, queda el monopolio de la violencia, aunque sea maquillado de “imperio de la ley”.

Y mientras, en las pantallas que nos rodean, lo que señalaba Orwel en su novela 1984: “Los programas de los Dos Minutos de Odio variaban cada día, pero en ninguno de ellos dejaba de ser Goldstein el protagonista.”

 

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Escritor. Colaborador del periódico El Comercio y otros medios digitales. Autor de los libros, la novela El tango de la ciudad herida, el libro de relatos Los viajes de Eros, las novelas Los amantes del hotel Tirana (premio Ciudad Ducal de Loeches) y Decir deseo (premio Incontinentes de novela erótica). Premio Internacional de periodismo Miguel Hernández 2010. Más de una docena de premios y distinciones de relatos. Autor de diversos prólogos-ensayo de autores como Robert Arlt y Jack London, así como partiipante en varias antologías literarias, la última “Rulfo, cien años después”.

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