Lo que hoy podrían ser los elementos sustanciales que consiguieran sacar al PSOE de la profunda crisis que padece son todos aquellos que ha abandonado para constituirse en el daguerrotipo de una identidad interrumpida al igual que Paul Valéry hablaba de las obras que no se acaban, sino que se abandonan. Todo cuanto aporta hoy el Partido Socialista a la sociedad y al formato polémico de la vida pública es un tacticismo mediocre y una reducción y simplificación conceptual que lo sitúa en una ambigüedad en la que es difícil delimitar los intereses que defiende y si existe alguna metafísica que no sea el sofisma de unos argumentarios excusatorios.

Los últimos episodios vividos por el PSOE son un extravagante epítome de su automutilación identitaria que lo ha ido laminando como instrumento transformador de una sociedad cada vez más dual e injusta, sin alternativa ideológica a la apabullante hegemonía social y cultural de la derecha, obviándose como defensor incondicional de un mundo del trabajo dinamitado por la influencia política de la élites extractivas, sin voluntad de refundación explicita de un sistema que penaliza y depaupera a las clases populares e incapaz de favorecer la regeneración de una democracia cada vez más degradada en sus aspectos más sensibles.

Una gestora antiestatutaria ha procedido a orientar la posición del partido asumiendo unas atribuciones impropias y de un calado de tal envergadura que puede hipotecar el futuro del PSOE. El apoyo implícito a la continuidad del gobierno de la derecha y la posterior contemporización parlamentaria ha sido el correlato de la presión previa de algunos dirigentes para que el propio candidato del PSOE no pudiera alcanzar la presidencia del Gobierno trazando unas líneas rojas que no eran sino la celada que hiciera caer al secretario general. El círculo vicioso se cerró con la gestora bloqueando cualquier posibilidad de acuerdo con la izquierda y favoreciendo la complicidad con la derecha al tiempo que se preparaba el terreno para propiciar el control del partido por un liderazgo cómodo para las élites económicas.

Este rumbo tomado por el Partido Socialista arroja una excesiva complejidad en la recuperación del crédito que ha perdido en amplios sectores sociales, para lo que no basta a estas alturas la orquestación de un marketing sobreactuado o un rimero de excusas sin dignidad ya que las expectativas de un rearme ideológico que posibilite modelos alternativos económicos y sociales desde los valores de la izquierda se encuentran cada vez más lejanas. Toda esta carrera por el poder, que es el trasfondo último de esta peripecia que abisma al Partido Socialista hacia espacios de irrelevancia, ha sido asumida al igual que el ejecutor, como afirma el personaje de Borges, de una empresa atroz debe imaginar que ya la ha cumplido, debe imaginarse un porvenir que sea irrevocable como el pasado; un porvenir donde los intereses personales se sobreponen a cualquier otro y con la dolosa constancia, en advertencia de Balzac, que todo poder es una conspiración permanente.

 

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