Psicokiller

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Soy de los que prefieren embelesarme con el azogue de la lluvia en el cristal del copiloto, simulando conquistas del óvulo o microscópicas revoluciones, aunque sean mentira.

Justo ahora recuerdo correr bajo la lluvia, de pequeño, y que calarse hasta el tuétano no supusiera entonces un gran problema. Empantanarse, que decía mi madre. Entonces me refugiaba entre ellos, los de la autovía, los gatos atropellados que había ido arrastrando hasta la caseta; esta afición de mi infancia supuso interminables exámenes ante los doctores, a petición de tía Luisa, un personaje tan prescindible como indiscreto. No hallé grandes dificultades en probar mi cordura: les describí acertadamente que los souvenirs de la autovía eran cadáveres y no peluches. Chico listo, me dijeron.

Mi madre se quejaba de aquel mal olor algunas veces, aunque confiaba poco en su nariz. Soy hija de pescadera, decía, como si el mal olfato fuera cosa que se heredase. Pero, en realidad, no le daba verdadera importancia a nada. Era una mujer encerrada en un salón, junto al televisor y el cenicero, bajo un poster de Samantha Fox en topless que había sido de mi padre. A veces la gente prefiere no ver… Eso decía tía Luisa.

Ambas murieron y ahora soy un ciudadano común, medianamente civilizado. Me quedo el cambio a favor y reclamo cuando es a la contra en los supermercados a veces, creo que como usted (no se haga el santo). No soy especialmente empático. Me duele lo suyo cuando salpica en lo mío. Me da usted igual, en resumen.

Porque sé que con lluvia –con simple lluvia– todo se sana, se purifica… Y puedo tirar los dados cuanto me de la gana. Y porque a fin de cuentas soy un cínico. A diferencia de usted, yo prefiero el camino de baldosas amarillas a saber que, en realidad, todo el asunto del Mago de Oz es un enorme fraude.

Porque soy un optimista incorregible y no necesito más pretexto que la lluvia.

O por ejemplo ahora: mientras Marieta está posando, sobre la bola; mientras dibuja un escorzo a lo Marat para la Bienal de este año. Yo llevo el puñal en la izquierda, escondido bajo la manga y con el botón de la camisa desabrochado. Es el arma del crimen que falta en la obra. Ustedes lo desconocen, pero existe todo un mercado underground de chiflados que adquieren estas cosas y que comprenden sus códigos.

(me encanta dejarlo como un muermo delante de sus propios amigos, mientras le hago presenciar esto que le hago ahora a Marieta y de lo que usted no pierde ripio. No niegue que soy divertido.)

El dilema es si quitarme yo después la vida de degollarla, para acabar definitivamente con esto… Sé que mi contrición será en realidad una opereta, porque esta misma noche, o tal vez mañana, podría volver al estudio con otra Marieta, con otro Marat… Los recogería de cualquier antro, como gatos atropellados, y se quedarían conmigo. Y lo terrible de mi voracidad es que ya no pienso en Marieta, ni en saciarme con su crimen.

Voy un paso por delante de mi propia compulsión –irremediablemente– y ya sólo pienso en usted, que es el siguiente.

*Puedes leer los anteriores #FotoCuentos aquí

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Julio Fuentes González nació en Linares, Jaén, en 1976. Es licenciado en filología hispánica por la Universidad de Córdoba y ha publicado relatos en diversas revistas literarias. En el año 2000 publicó Una cucharilla partida por el agua en la editorial Círculo de Lectores, en volumen conjunto con la obra Manaos de Alberto Vázquez-Figueroa, siendo seleccionado para este proyecto de la mano de Sergio Gaspar y Silvia Sesé. Es técnico superior en prevención de riesgos laborales y ha desarrollado una intensa actividad sindical. En la actualidad está finalizando Perímetro Flexible, su primera novela.

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