Lo más importante es lo que no se dice. La catedrática Mercedes Vilanova (1936) lo sabe bien. Son muchos años practicando la historia oral, entrevistando a todo tipo de gente. Hasta que llegó el momento en que quiso aplicar a sí misma su enorme bagaje de conocimientos teóricos y metodológicos. Sus dos últimos libros son, en cierto modo, una gran auto-entrevista en la que no busca el conocimiento por el conocimiento. El suyo es un objetivo más ambicioso, incluso temerario. Cree en el poder terapéutico de las palabras, en la capacidad para sanar heridas convocando a los fantasmas, no siempre amables, del pasado. Si en La palabra y el poder (Carena, 2016), utilizaba el formato de la autobiografía, en El mago y la reina (Carena, 2018), realiza su primera y atrevida incursión en el mundo de la novela.

Carolina es el alter ego de la autora. Cualquier lector notará que ambas son historiadoras y apasionadas del buceo. ¡Hasta han nacido en el mismo año, 1936! Eso no significa, sin embargo, que debamos identificarlas de una forma mecánica y burda. Como tan bien ha teorizado Mario Vargas Llosa, un personaje real, cuando se sumerge en una trama de ficción, se convierte en una creación literaria que responde a las leyes del arte, no a una reproducción fotográfica de su referente. Sin duda, Mercedes Vilanova ha preferido la narración al ensayo porque el cambio de género le otorgaba más libertad para decir ciertas cosas. Eso no significa que debamos leer la historia como si fuera un ejercicio de criptografía, en el que cada elemento remite a otro a través de una clave. Los personajes no son tanto disfraces para ocultar a personas con existencia tangible, sino poderosos símbolos de lo que podríamos definir como estados del alma.

La trama parece, a primera vista, una intriga de misterio. Hay corrupción, muerte. No nos confundamos: nada de eso es lo importante sino la poesía de lo que, en realidad, responde al clásico esquema de la novela de formación. La protagonista tiene que crecer, tiene que madurar. Y ese es un proceso que no puede darse sin dolor. Hay un precio y pagarlo no va a resultar fácil.

Corre julio de 1963. Estamos en pleno franquismo. Carolina, como Mercedes, se adentra en un mundo hasta entonces reservado a los hombres, el del submarinismo. ¿Un deporte? Una forma de vida, más bien. Bucear obliga a no tener miedo, esa es la condición sine qua non que hace posible la vida. En las profundidades del mar, por supuesto, pero también en la superficie. Los cobardes se aferran a sus aparentes seguridades. Solo los valientes se atreven a buscar la plenitud.

En una inmersión que estará a punto de costarla la vida, la protagonista será traicionada por dos acompañantes que, al atisbar el peligro, prefieren huir como ratas. No se trata de un hecho que debamos a tomar a la letra, sino de una fábula acerca de la deslealtad, sus herídas y cómo superarlas. El día a día nos muestra que aquellos a quienes amamos nos pagan nuestra devoción con falsa moneda. ¿Qué hacer cuando nuestro mundo amenaza con derrumbarse? La verdadera amistad se convierte entonces en un asidero imprescindible. Carolina cuenta con la ayuda inestimable de ese compañero de facultad, Rafa, que, de manera discreta siempre está ahí con palabras de aliento y de guía. Capaz, cuando hace falta, de cuestionar sus desvaríos, consciente de que la crítica, en este caso, no refleja sino uno de los rostros de la lealtad.

El viaje a Estados Unidos marca un antes y un después. Así fue para Mercedes Vilanova en los años sesenta, cuando se involucró en la lucha de los negros por los derechos civiles. Así lo es para Carolina, que descubre a unos luchadores capaces de cualquier sacrificio por sus ideas, todo lo contrario que los niños bonitos de la izquierda catalana, maestros en capitalizar la oposición antifranquista para medrar políticamente. Los que dan las consignas no se ensucian en la lucha callejera, reservada a la carne de cañón.

Estados Unidos sirve de contrapunto a la mediocridad de la España franquista. A un lado, la libertad. Al otro, la opresión. Si queremos crecer, no podemos conformarnos con las pequeñas jaulas que acostumbramos a confundir con espacios liberados. La nueva geografía es espacio físico, pero, sobre todo, un desafío para el espíritu, confrontado a una frontera inédita en la que aquilatar de cuanto somos capaces.

En esta odisea, el descubrimiento de la Ciencia Cristiana, a través de una amiga, será capital para nuestra protagonista. Carolina no acaba de tomarse del todo en serio sus dogmas, pero valora su potencial liberador, tan distinto a la tiranía religiosa impuesta por la Iglesia católica de la mano de una dictadura implacable.

La moraleja del cuento no tiene que ver con el optimismo fácil de los libros de autoayuda, más bien con la exigencia de un Jesucristo que le pide al joven rico todo para seguirle. Si la vida es un río, la mayoría prefiere navegar en compañía de otros: parejas, familias, partidos, tribus… De los Piscis incluso se dice que prefieren estar con locos a estar sin nadie. Aquí, por el contrario, el camino de la independencia exige satisfacer un peaje oneroso: la soledad.

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