Nos dice el Corán: “Haced el bien a [vuestros] padres. Si a uno de ellos, o a ambos, les llega la vejez estando contigo, jamás les digas “¡Uff!” ni les riñas, sino háblales [siempre] con respeto, y extiende sobre ellos con humildad las alas de tu benevolencia, y di: ¡Oh Sustentador mío! ¡Apiádate de ellos, como ellos cuidaron de mí y me educaron siendo niño!” (Corán 17:23-24) El sistema socioeconómico y de producción hegemónico actual: el capitalismo acumulativo y usurero; ha destruido la familia, haciendo incompatibles con ésta las necesidades del propio sistema productivo, o supeditándola a las necesidades propias de los modos y tiempos de producción. De esta forma, el sistema social que está en crisis y se desmorona, es el mismo que ha destruido las familias, diversificándolas en un pequeño subconjunto de seres humanos donde uno o dos adultos comparten espacio y vivencias junto a su descendencia más inmediata, y denominados como familia nuclear.

Pero han destruido a la familia entendida como una gran vertebradora de la comunidad de seres humanos, a quienes a veces les unen lazos de sangre y otras lazos aún más fuertes, que conviven y se preocupan unos por otros, y en el que no hay papel de padre o madre omnipresente, sino menores que se divierten y aprenden juntos en grupo, pero cuyo aprendizaje y diversión desarrollan al amparo de todos los adultos, en una relación responsable, adecuada, sana y equilibrada, que el Corán establece como “halal”. Mientras los más mayores y dependientes también son cuidados y tenidos en cuenta por el resto de la familia o parentela.

No habrá igualdad de género si no hay posibilidad de desarrollar un tipo de familia basado en la corresponsabilidad de todos sus integrantes en las tareas domésticas, en la educación y en el cuidado mutuo de acuerdo con la edad y las posibilidades de cada uno: “dad la medida completa cuando midáis, y pesad con una balanza justa” (Corán 17:35). La Equidad en el trato y el amor, basando su relación en el respeto mutuo y los cuidados compartidos, es la única relación horizontal que garantiza un clima adecuado para todos los integrantes de la familia, y es la única observación que se puede establecer ante la formación de matrimonios: “Los derechos de las mujeres [con respecto a sus maridos] son iguales que los derechos de estos con respecto a ellas” (Corán 2:228), “procedéis los unos de los otros” (Corán 4:25).

Partiendo de que para el islam el celibato es una invención humana, y que la sexualidad y el coito (nikah) es la mitad del “din” (traducido a veces como “religión”), todos estamos llamados a ello y por tanto nuestra descendencia no puede desarrollarse adecuadamente en estructuras que reprimen y condenan la sexualidad. De la misma forma ocurre con el resto de los aspectos de la unidad holística que configura al ser humano, desde la inteligencia en todas sus expresiones (emocional, abstracta, numérica, mnémesis, artística…) hasta lo emocional, lo volitivo o lo espiritual.

Para los musulmanes, el matrimonio no es una institución sino un acuerdo, de temporalidad indefinida, entre dos personas que se aman y que aportan al matrimonio una parentela con menores y/o personas adultas dependientes de cuidados especiales, así como una diversidad de relaciones afectivas previas; siendo suficiente que haya dos testigos de tal acuerdo, y pudiendo romperse por voluntad de una de las partes.

La institucionalización del matrimonio, e incluso su sacramentación, suponen un atentado perpetrado desde los Estados a través de leyes que no reconocen el derecho al matrimonio musulmán y lo que éste supone, sino adaptándolo, por imposición legal, al rito cristiano y a la destrucción de la familia musulmana. Lo cual implica una violencia que se traslada a la propia comunidad y daña siempre a quien se encuentra en una situación más débil: mujeres, menores y personas dependientes.

En España, por ejemplo, el artículo 7 apartado 1 del Acuerdo de Cooperación con la Comisión Islámica de España aprobado por Ley 26/1992, exige, para legalizar el matrimonio musulmán, la presencia de un varón contratado a jornada completa para ejercer las funciones de imam (o persona que dirige la oración) por una comunidad religiosa con mezquita, lo que significa una agresión al imamato femenino y a la propia ummah o comunidad musulmana, mientras que a su vez se impide administrativamente que las comunidades musulmanas formadas sólo por mujeres, o sin capacidad económica para mantener un local dedicado en exclusividad al rezo o para contratar los servicios de una persona, o que prefieren ejercer tal función de manera rotatoria entre sus miembros, puedan inscribirse como comunidad religiosa o celebrar matrimonios y divorcios legalmente reconocidos, impidiéndose a una parte de la población musulmana, por tanto, el ejercer su libertad religiosa.

Tampoco se reconocen en la legislación española los derechos y deberes de la nueva pareja, con la que se establecen segundas o posteriores nupcias, en los cuidados de los menores y personas dependientes, obligando a la adopción para que se le reconozcan ciertos derechos y se le permita cumplir con sus deberes, que pierde por tanto la pareja anterior. Esto es, impidiéndose legalmente el compartirlos por todas las parejas con el fin de que la ruptura sentimental de una pareja no tenga por qué dañar las relaciones afectivas creadas entre los demás miembros de la familia; así como impidiéndose que todos participen activamente y con corresponsabilidad, conforme se entiende en el islam: “Y haced el bien a vuestros padres, a los parientes, a los huérfanos, a los pobres, al vecino que es de vuestra gente y al vecino que es un extraño, al compañero que tenéis al lado, al viajero y a aquellos que dependen de vosotros” (Corán 4:36).

Hay que impulsar la parentalidad activa, inclusiva y responsable, fomentando la implicación de toda la familia en la crianza y el cuidado mutuo, desde la preparación conjunta en el embarazo y parto, hasta en los cuidados y educación a todas las edades.  Hay, incluso, que reivindicar los permisos de parentalidad iguales tanto para atender las necesidades de los menores como de los más mayores y personas dependientes. “No sabéis quienes son más merecedores de vuestro favor, si vuestros padres o vuestros hijos” (Corán 4:11).

Renunciar a la bipolaridad masculino-femenina nos permite entender la familia como mucho más que una unidimensional dualidad de progenitores con descendencia en común, pudiendo haber otras combinaciones posibles durante la pre-fecundación, gestación, parto y puerperio del nacido, que implica el tiempo en el que los hijos aún solicitan apoyos por parte de sus mayores… A la vez, que se puede atender mejor también las necesidades de quienes por edad o conjunto de diversidades funcionales físicas, psíquicas o sensoriales, requieren el apoyo de los miembros de la familia. Debiendo responder todos los integrantes de las relaciones afectivas a los requerimientos de cualquier menor o dependiente integrante: ¡Competid, pues, unos con otros en hacer buenas obras!” (Corán 5:48).

La parentalidad responsable engloba en sí a la propia maternidad así como otras opciones de personas relacionadas afectivamente con la madre, con el gestado o con los adultos dependientes, y participantes en diverso grado durante todo el proceso. Esta parentalidad, entendida de forma inclusiva para todas las personas participantes, debería contar con permisos laborales y formativos acordes al grado de implicación de cada persona tanto en los cuidados de la madre como del nacido o de los adultos dependientes, durante toda la minoría de edad del nuevo ser humano u “hombre”, al menos, y durante toda la vida de la persona dependiente de cuidados especiales.

A la vez que es patente la necesidad de participar la Sociedad Civil en general, y la parentalidad en particular, así como el propio alumnado, en la reformulación del Sistema Educativo, adecuándolo a la humanización de la enseñanza, y a la integralidad del ser humano como tal. Entendiendo que es normal que los niños jueguen y aprendan disfrutando, es hasta lo natural y lo halal. Lo que no es halal es que lo hagan desde opciones unidimensionalizadas, en espacios cerrados, bajo regímenes verticales, y donde se fomenta la memoria y el adoctrinamiento en lugar de la comprensión, el descubrimiento, el desarrollo de sus potencialidades y la investigación; y todo ello, en espacios alejados del mundo de los adultos… Mientras los adultos se muestran alejados de su propia propensión al juego y al aprendizaje, e inmersos en monólogos y espacios cada vez más cerrados.

Nuestros descendientes no necesitan modelos de masculinidad ni de feminidad, y menos aún de supremacía y sometimiento de unos  seres humanos a otros, que les impriman roles y estereotipos a los que adaptarse, sino modelos de humanidad y desarrollo de los atributos con los que fuimos configurados en nuestra esencia, que les permitan desarrollarse sanos y en armonía consigo mismos. Modelos que les permitan conocerse y expresarse tal y conforme son, esto es, que les faciliten tener “taqwa” o “conciencia real” sobre sí mismos, sin etiquetas ni exclusiones. Modelos que fomenten el desarrollo de los atributos humanos que hay en ellos sin que las diferencias fisiognómicas de nuestros cuerpos condicionen nuestra expresión como seres humanos ni nuestras relaciones…

Todos los adultos somos modelos de referencia para las nuevas generaciones, pero en especial su parentela: “haz que seamos un modelo para los que tienen taqwa” (Corán 25:74). Por lo que el cultivo ideológico planteado desde las escuelas y centros de enseñanza debe estar adecuado a la multiplicidad ideológica del alumnado y su parentela, permitiendo que sea su propia parentela quienes tengan la última palabra en dicho campo. La asignatura de religión, supone un incumplimiento constante, al menos en países como España, de los acuerdos firmados entre el Estado y las comunidades religiosas, resultando que se prima a una sola religión y sus festividades, mientras se borra a los autores y autoras declarados musulmanes de los libros de texto, no reconociéndose la deuda que casi todas las disciplinas académicas tienen con ellos, y de alguna manera con el islam que les inspiró, y cómo la mayoría de los descubrimientos científicos y teóricos de los últimos cinco siglos son recuperaciones de los realizados en el mundo musulmán siglos antes.

La mejor opción es eliminar la enseñanza de religiones concretas en las aulas, en pro de una apertura a la “espiritualidad” natural del ser humano (denominado en el islam como estado de “fitra” o pureza natural con la que el recién nacido descubre la realidad fuera del vientre materno) en todas las demás disciplinas, el reconocimiento de las aportaciones realizadas desde el islam y cualquier otra opción a las diversas asignaturas académicas, y la libertad de expresión individual de todas las opciones espirituales, desde el respeto mutuo y la convivencia pacífica… “Nuestro será el fruto de nuestras acciones y vuestro el fruto de las vuestras. Entre nosotros y vosotros no hay discusión: Al-Lah nos reunirá a todos –pues hacia Él es el retorno.”” (Corán 42:15).

¡Oh gentes! Ciertamente, os hemos creado a todos de varón y mujer, y os hemos hecho naciones y tribus, para que os reconozcáis unos a otros” (Corán 49:13). El término gentes hace referencia al ser humano en general como especie y conjunto de opciones de ser un ser humano, con características morfológicas concretas y comunes a todos sus integrantes, que nos permiten reconocernos unos a otros más allá de las diferencias genitales, del color de la piel y de los rasgos corporales. “Y he ahí que tu Sustentador dijo a los ángeles: “Voy a poner en la tierra a alguien que ha de heredarla” (Corán 2:30). Y este heredero es el ser humano en general, sin categorías posibles desde las que construir estereotipos y modelos. Somos una sociedad formada por expresiones únicas e irrepetibles de ser hombre o ser humano, y que no pueden ser categorizadas sino individualmente por sí mismas, cada una de dichas expresiones.

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