Hay dos fechas señaladas en las que solemos hacer nuevos propósitos de mejora, o renovar los que ya hemos hecho una y mil veces. Una de ellas es a principio de año. Enero siempre está lleno de buenos propósitos. La otra es septiembre. Acaba el verano, empieza el nuevo curso… y todos queremos una vida mejor. Quizá sea una forma de huir de eso que llaman “depresión postvacacional”. Pues bien… el nuevo año ha llegado. Atrás quedan las vacaciones, las comilonas, las reuniones familiares a veces eternas, las calles iluminadas de fiesta… Decimos adiós a todo eso… y damos la bienvenida a la vuelta al cole, a los atascos, a los madrugones, a las caras de sueño, y, muy habitualmente, a la queja constante. Damos la bienvenida a la rutina.

Pero vamos con los propósitos. Esas buenas intenciones que nos vienen a la cabeza cuando llega el nuevo año. Esas buenas intenciones… que a menudo se quedan en eso, en intenciones. Empezamos con ganas y mucha ilusión a ponerlas en marcha, pero poco a poco se van diluyendo. Eso, cuando las ponemos en marcha. Porque a veces se quedan apuntadas en un papel, cuando no en un rincón olvidado de nuestra memoria.

¿Qué podemos hacer para que esto no ocurra? Por un lado, que sean concretos. De nada sirve hacer un montón de propósitos, si no concretamos. Además, es mejor no hacer muchos. En caso contrario,  nos aturullaremos y perderemos la fuerza, las ganas y la ilusión.

¿Qué es un propósito concreto? O mejor, ¿qué no lo es? Por ejemplo, un propósito no concreto sería “voy a hacer deporte”. Perfecto, vas a hacer más deporte. Pero… ¿qué deporte vas a hacer? ¿Cuántas horas a la semana le vas a dedicar? ¿Qué días? ¿A qué horas? ¿Cuándo vas a empezar? Voy a salir a correr los martes y los jueves, durante media hora, de ocho a ocho y media de la tarde. ¡Genial! Ahora sí tienes un propósito concreto.

Además de concretos, los propósitos han de ser realistas. ¡Y cuidado con la palabra realista! A menudo la utilizamos como la excusa perfecta para no hacer nada. No, es que eso no es realista. Lo digo, me lo creo, y permanezco en mi zona de confort, tan tranquilo.

No hace falta que te explique qué es y qué no es realista. Lo sabes bien, y también sabes cuándo te estás engañando al utilizar esa palabra mágica. Pero volviendo al ejemplo de salir a correr, no sería muy realista proponerse salir todos los días dos horas, cuando uno no ha corrido en su vida y además tiene un sobrepeso que asusta. Algo más realista sería empezar poco a poco, y mejor andar que correr hasta tener un mínimo de forma física.

¿Y qué sería engañarse con la palabra realista? Pues, por ejemplo, decir: no, eso de que yo empiece a hacer ejercicio no es realista. No lo he hecho nunca (o hace muchísimo que no lo hago) y tengo setenta años. ¿Y? La edad no es excusa, o no debería serlo. Ponte a ello, poco a poco, bajo la supervisión de un médico que te diga qué puedes y qué no puedes hacer. Verás cómo en no demasiado tiempo tu cuerpo (y tu espíritu) lo agradecen.

Ya tenemos dos ideas. O mejor, tres: que sean pocos, que sean concretos y que sean realistas (sin autoengaños, ni por exceso ni por defecto). ¿Qué más podemos hacer para sacar adelante nuestros propósitos? Algo más a tener en cuenta es que las cosas no se consiguen de un día para otro. Ni de una semana para otra. Se requiere tiempo, esfuerzo, dedicación, constancia… Se requiere “crear hábito”. ¿Y cómo se crea un hábito? Repitiendo las cosas. A base de repetir, el cerebro va estableciendo nuevas conexiones neuronales, las cuales van siendo cada vez más fuertes. Y entonces, cada vez nos cuesta menos lo que antes nos costaba un montón. Los expertos dicen que para crear hábitos de actividades sencillas hacen falta veintiún días. Si es algo más complicado, la cosa sube a sesenta y seis. Y si ya se trata de algo mucho más complejo, nos harán falta al menos noventa días de repetición para crear hábito. Así que ya sabes: paciencia, que aunque ahora te cueste mucho, si perseveras, con el tiempo acabará siendo fácil.

Algo importante, condición sin la cual va a ser difícil (que no imposible) que cumplas los propósitos: que sea algo que te guste, que dé sentido a tu vida. Si te propones hacer deporte, pero cada vez que piensas en ello te entra un enfado de narices, encuentras mil cosas mejor que hacer, y si finalmente lo haces acabas de mala leche… quizá eso no sea para ti. Mejor búscate otra afición que te haga sentir bien.

Voy a terminar con una idea más que te puede servir para lograr tus propósitos. Quizá haya más, seguro que las hay. Pero como estamos hablando de concreción… creo que con estas te puede bastar para lograrlo. No obstante, si se te ocurre alguna estaré encantado de que me la cuentes en los comentarios.

La última de la que te quería hablar, es la celebración de los progresos. Márcate metas, por ejemplo semanales (como mucho quincenales, ya que alargándolo más se corre el riesgo del abandono). Y si las consigues cumplir… ¡prémiate! Si te has propuesto salir a correr cuatro días en semana, y lo vas cumpliendo, cada dos semanas celébralo. Pero que esa celebración, igual que los propósitos, sea concreta. Y que sea algo que te llene de verdad, que te haga sentir pleno, algo que te encante hacer y no hagas muy a menudo. Apúntalo en tu agenda, junto con el propósito. Y no lo dejes pasar, celébralo, prémiate. Esperar ese premio, saber que al cabo de dos semanas hay algo que ansías, esperándote, te ayudará a perseverar en los momentos difíciles. Ah, y si no lo consigues, ¡no te castigues! Sé compasivo, y comprensivo, contigo mismo, y vuelve a empezar. Una vez, dos, tres, las que haga falta. Hasta que lo consigas.

Ahora no tienes excusa. ¿Cuáles son tus propósitos?

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