A la hora de comprender la tremenda crisis que afecta a los partidos socialdemócratas, a los Valls que se van con los Macron cualquiera mientras traicionan a su candidato electo Hamon, a las nini Susana Díaz, a los críticos con Bernie Sanders o Corbyn, a la hora de intentar entender en qué situación nos encontramos es inevitable echar la vista atrás y enfrentarse a la revolución conservadora que tuvo lugar en Estados Unidos y buena parte de Europa en las últimas dos décadas del siglo XX. Reagan y Tatcher fueron sus mascarones de proa. Y supuso no sólo el final del New Deal; supuso el principio del fin de la clase media.

Las cifras, que son tozudas, describen a la perfección lo que aconteció aquellos años. Centrándonos en Estados Unidos, si en 1980 el 1 por ciento de los norteamericanos más ricos recibía el 9 por ciento de los ingresos totales, en el año 2007 ese 1 por ciento recibía el 23,5 por ciento del total de los ingresos. Todo ello fue consecuencia de una reforma fiscal diseñada para beneficiar a las grandes fortunas y a las grandes corporaciones, algo que Clinton y el Partido Demócrata permitieron y que explica, junto con su exportación de la “Tercera Vía”, la crisis de identidad y yo diría que hasta psicológica de la socialdemocracia europea. Fruto de esta revolución fiscal neoliberal, si en 1955 los cuatrocientos mayores contribuyentes de los Estados Unidos pagaban en impuestos un 51,2 % de sus ingresos; en 2010 ya sólo pagaban el 18,1 por ciento de lo que ganaban. Como consecuencia de esto, los beneficios de las grandes empresas alcanzaron máximos históricos. Sin embargo, en el otro lado de la cuestión, y tal como afirmaba en 2007 una publicación poco sospechosa de simpatías izquierdistas como es The Economist, “si en los últimos años los beneficios empresariales han crecido en los Estados Unidos un 60 %, los ingresos salariales un 10 %”. De resultas de eso, según cálculos de Stiglitz la media de los ingresos de los hogares norteamericanos había caído entre el año 2000 y el 2008 un cuatro por ciento. En resumidas cuentas, los beneficios de las grandes corporaciones aumentaron espectacularmente mientras se les disminuían los impuestos; asimismo las rentas del trabajo se redujeron y por lo tanto la clase media vio cómo disminuían sus ingresos a la vez que se desmoronaban los servicios públicos, como consecuencia de los menores ingresos del Estado.

Pero, se dirá; ¿no aumentó la riqueza de la clase media en las últimas décadas del siglo XX? No, lo que aumentó fue esa sensación. La clase media lo que hizo fue endeudarse hasta las cejas. Y esto sí que fue una novedad.

De hecho, la clase media, que vio como en las últimas décadas del siglo XX sus ingresos se contraían, para compensar esta pérdida de ingresos, pérdida de ingresos que se hizo en beneficio de las clases más pudientes, se endeudo masivamente. También se endeudó la clase trabajadora. Y se endeudaron sobre todo con las viviendas.

De resultas de esta situación, el crecimiento desde el advenimiento de Reagan y los Chicago Boys fue ficticio en el caso de la clase media, basado en el crédito y en el dinero de plástico. Ello continuó en el siglo XXI, y en un estudio firmado entre otros por premios Nobel como Arrow, Stiglitz o Solow se afirmaba que entre 2000 y 2007 “prácticamente todo el crecimiento económico de la nación fue a parar a un reducido número de norteamericanos ricos”. No es extraño pues que en 2010, ya en plena crisis, nada más y nada menos que 50,7 millones de estadounidenses no tuvieran seguro sanitario.

Las consecuencias de esta realidad es que cuando la crisis estalló puso al rey desnudo; la clase media descubrió que no tenía nada y se arruinó en buena medida. Y los trabajadores no pudieron hacer frente al desmantelamiento del Estado de Bienestar. Y no lo pudieron hacer porque, tal y como reconoce Fontana, en “Estados Unidos desapareció la protesta pública”, algo que por otra parte estamos viendo que también ha sucedido en buena medida en nuestro país. Esta desaparición de la protesta pública es algo, como reconocen los estudiosos, desconcertante, y que deberá ser estudiado en profundidad. Aunque tal vez ayude a explicarla las “políticas de la tercera vía” de Clinton, Blair o Zapatero, el decir que “bajar impuestos es de izquierdas”, y el renunciar por consiguiente a la ortodoxia keynesiana típica de la socialdemocracia. Esta renuncia hizo que quedase validado un discurso neoliberal repetido machaconamente por medios que dependen de anunciantes y que de repente se encontró sin rival. Y esto es algo los candidatos oficialistas y demás traidores de los partidos socialistas han decidido perpetuar.

Esta es la realidad de los orígenes del mal que aqueja a nuestra sociedad. Y ahora la respuesta tendrá que optar o por seguir con una apatía paralizante o la connivencia lampedusiana con el neoliberalismo o por plantar cara. Porque como dijo Buffet, los ricos, es decir el 1 %, están ganando por la incomparecencia del resto. Y el resto somos nosotros, es decir el 99 %, incluidos los que votan al PP y por supuesto, las Ninis, Valls o las alianzas de izquierda que deben surgir.

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