Los que hemos estudiado un poco sabemos que lo de Pablo Casado no tiene nombre. Decir que es habitual dejarse 18 ó 20 asignaturas para el último año, las marías, para entonces barrer y terminar un grado no se lo cree ni el que asó la manteca. Lo habitual, de hecho, es lo contrario, uno aprueba las que puede y las que se le atragantan las va dejando, de manera que con lo que nos encontramos es con personas que terminan el último curso y dicen que se sienten graduados a “falta” de aprobar “dos o tres asignaturas”. Estas personas no suelen contar que las asignaturas que les faltan por aprobar son las más complicadas de la carrera, aquellas precisamente se les atragantaron en su momento, y que, ahora todas juntas, resultan inaprobables. La vida está llena de pablitos a los que les quedan un “par de asignaturas para acabar la carrera”. Pero este pablito es Pablo Casado, y eso son palabras mayores. El CES Cardenal Cisnero es uno de los Centros de Enseñanza Superior más prestigiosos de España, famoso por su dificultad. No es apta para vividores y lenguaraces de medio pelo. Así que nuestro renacuajo, ya amadrinado por Esperanza Aguirre y harto de dar tumbos por las preciosas tascas del barrio de Malasaña, inició una vertiginosa carrera político-natatoria en la charca de Esperanza, y a la inversa que en el cuento, y al igual que otros tantos, el príncipe se convirtió en sapo. Esperanza nos tiene acostumbrados a muchas batraciadas, no en balde es cazatalentos… (lo divertido sería conocer al tipo que la eligió a ella como cazatalentos. Porque seguro que fue un hombre…). Como en la charca ya eran muchos y la lucha por la supervivencia era feroz, Esperanza intermedió para que en una Universidad amanerada (la Rey Juan Carlos, donde ella tenía mano…) al chiquillo se le aprobaran rápidamente las veinte asignaturas que le quedaban. Total, nada. Es jodido de tragar, pero vamos a tragárnoslo.

Posteriormente Don Pablo considera que debe aderezar su currículum con un máster que le dé lustre, y elige uno que duplica en esencia su título de derecho. Es decir, no le aporta valor añadido. Como convalida las asignaturas, algo inaudito porque cuando se hace un máster se pretende aprender, no sancionar lo ya aprendido, tampoco es que vaya mucho por clase. Para qué… Nuestro príncipe batracio está por encima de esas bagatelas ¿Y el trabajo fin de máster? Tranquilo rey, no hace falta que lo presentes. El sapo ahora es más gordo, y cuando más gordo, más difícil de tragar. No obstante, traguemos.

Cualquier empresario admira y valora la realización de un máster que aporte un valor añadido a un trabajador, pero si el máster tiene las mismas asignaturas que el grado que posibilita su realización, ningún empresario lo aceptaría como valor añadido ¿A quién pretende engañar Pablo Casado con la realización (dice él…) de un máster que no le aporta conocimiento alguno? Obviamente, a los niños del cuento. Sí, ese cuento del príncipe que se convierte en rana. El problema es que los niños del cuento somos todos los españoles y españolas. Se dice que la población española de la actualidad es la mejor preparada de la Historia, que está políticamente madura, y democráticamente asentada. Lo que no sé es cuánto le gustan a la población española las ancas de rana, porque el rey de la charca se nos puede atragantar.

Lo último de Pablo el saltarín es que después de haber dicho que no hay papeles para todos los inmigrantes, que no hay trabajo, recursos, sanidad para ellos, que vienen a perjudicarse a sí mismos, y a España, después de proyectar un mensaje xenófobo, insensible y recalcitrante que no se ajusta a la verdad, que tergiversa las cifras, que busca culpables inexistentes donde no los hay con el fin de provocar un ridículo desgaste al gobierno quebrando la convivencia entre los españoles, se presenta en Algeciras para decirle a los mismos que rechaza, que le asquean, y a los que utiliza demagógicamente mercadeando con su desgracia, “How are you?, Where are you from?, How old are you?, and Good Luck!” ¿A quién pretenderá engañar este farsante, a los niños del cuento? Ay Esperanza, mucho batracio para tan poco príncipe!.

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