Una quema de libros durante la Alemania nazi.

El Romanisches Café fue un lugar de reunión habitual de artistas, intelectuales y periodistas en el Berlín de los años 30. Por allí pasaron grandes personajes del convulso y fascinante siglo XX como Albert Einstein, Bertold Brecht, Billy Wilder u Otto Dix, entre otros muchos. El local simbolizaba a la perfección el Berlín de la época: cultura, vanguardia, modernidad, literatura, sensibilidad, inteligencia, buen humor, tolerancia, multiculturalismo… Es decir, todo aquello que odiaban los fascistas. La cafetería hervía de vida por sus cuatro esquinas, como el pequeño templo de humanismo cosmopolita que era, cuando en marzo de 1933 una patrulla nazi irrumpió en el local y lo destrozó a porrazos entre los aullidos típicos de la manada ultra. No hacía ni dos meses que Hitler había llegado al poder.

El propio Joseph Goebbels, ministro de propaganda del Tercer Reich, puso la diana sobre el fabuloso bar al asegurar que “los judíos bolcheviques están sentados en el Romanisches Café y urden ahí sus siniestros planes revolucionarios (…) se dejan incitar al baile por orquestas de negros y se ríen de las miserias de la época”.

Hoy, con el fantasma del neofascismo recorriendo Europa como una maldita pesadilla, han regresado las amenazas contra la cultura, las coacciones al artista rojo y masón, las persecuciones contra la libertad de pensamiento y la democracia. Vivimos un momento crítico, quizá el más peligroso que ha atravesado el viejo continente desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Las amenazas de la ultraderecha valenciana contra el espectáculo del cómico Dani Mateo y la revista Mongolia en el Espai Rambleta demuestran que el fascismo, cuando arraiga en la sociedad, no empieza por atacar la estructura política. Primero necesita carcomer los valores culturales y sociales de la democracia para sustituirlos por los nuevos dogmas del bárbaro totalitarismo de Estado. Despojar el alma para poseer el cuerpo.

Finalmente, fue el Gobierno de la Generalitat Valenciana el que, en una decisión rápida y audaz, adoptó las medidas de seguridad pertinentes para que el espectáculo de Darío Adanti y Edu Galán, Mongolia sobre hielo, pudiera celebrarse. Sin duda, ha sido una de las decisiones más acertadas que ha adoptado el Ejecutivo autonómico en los últimos tiempos y un claro mensaje a los fascistas: la democracia, cuando es atacada, sabe reaccionar con contundencia. Ahora falta que las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado sigan tirando del hilo hasta llegar a los cabecillas que están detrás de las graves amenazas vertidas contra los cómicos que pretendían actuar en Valencia. La Justicia debería caer sobre ellos con todo el peso de la ley.

Pero más allá de operaciones puntuales de terrorismo llevadas a cabo por la ultraderecha valenciana violenta −que no deja de ser un porcentaje mínimo de la población, no lo olvidemos, aunque bien estructurado y organizado−, lo que queda claro es que el fascismo español, siguiendo la estela de partidos emergentes como Vox, ha puesto en marcha el viejo manual de instrucciones hitleriano que consiste en aplastar a los intelectuales, que con su espíritu crítico, humor y pensamiento humanista son pilares esenciales de cualquier democracia. El fascismo es la antítesis de la cultura. El fascismo es la incultura misma elevada a la categoría de poder. De ahí el conocido eslogan fascista de muera la inteligencia. Y de ahí nuestro deber de ser firmes en la defensa de nuestro modelo de convivencia sin dar un solo paso atrás.

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