Cuentan, yo no he sido capaz de hacerlo, que 257 grupos participaron y más de 200.000 personas asistieron al Primavera Sound 2018 de Barcelona. Ninguna crónica será capaz de reflejar la variedad de estilos, artistas y ambientes que genera un festival de tal magnitud, y mucho menos esta, encargada más de la parte folclórica que musical.

Advertido estaba de la magnitud de este macroevento, que aún (y tiene delito) no conocía, pero la riada de amantes de los sonidos y de los placeres carnales encontrados allí superó todas mis expectativas. Quince escenarios y casi 200.000 metros cuadrados –40 campos de fútbol traducido al español–, son difícilmente abarcables. Por eso la idea de dividir y nombrar las tres zonas más importantes de conciertos cobra sentido. Los escenarios Seat y Mango, los más grandes, son Mordor, un hormiguero de cuerpos que se desperdigan por un espacio inmenso buscando catar los más grandes bistec del cartel.

Uno de esos platos fuertes fueron los Arctic Monkeys. Hubo morbo por ver qué hacían poco después de sacar su último disco, ‘Tranquility Base Hotel & Casino’, recibido con cierta frialdad por su carácter más pachorro en general. Pero si alguien esperaba una tocada con Alex Turner dando el coñazo con el piano se equivocaba, porque si bien empezó con temas de su nuevo disco pronto lanzó casi todos los clásicos de su colección indie rock más contundente. Todo entre un público entregado que se apelotonaba pegajoso entre la tierra volcánica al este de Gondor.

La sorpresa de este año en el reino de los Orcos (y las Orcas) fue la paridad de género en sus dos escenarios, a tan solo unos días de conocer al Gobierno de España más femenino de la Historia. Así, a los Arctic el sábado les precedió Lorde, una jovencísima neozelandesa que lució un traje de volantes blanco y zapatillas deportivas. Ella cantó, bailó y se agotó en un cuidado show sentimentaloide guiada por una una cohorte de bailarines.

También ‘intensita’ transcurrió la actuación de Björk dos días antes. Su puesta en escena, a medio camino entre un documental de la BBC y una película de Disney, fue vital e insectoide. La islandesa lució vestido que evocaba algún insecto objeto de un delirio psicodélico, acompañada por un enjambre de sainetescos flautistas con máscaras del infierno. En las pantallas, imágenes digitales de corales alienígenas y vídeos de flores carnosas abriendo pétalos dibujaron paisajes y atmósferas que trascendieron lo sonoro. Vamos, como si de una orgía de setas se tratara.

Mordor también fue tierra de Los Planetas. Y por sorpresa, porque sustituyeron a Migos, que debieron pillar tal pedo la noche anterior que perdieron el avión a Barcelona. Una actuación con similar reparto a la que nos ofrecieron una semana antes en el festival Tomavistas, incluyendo el dúo con La Bien Querida. Eso sí, se echó de menos a Soleá Morente y de más al trapero granadino Yung Beef (Fernando Gálvez), al que apenas alguien entendía cuando cantaba. “Hoy es un buen día para España y Cataluña porque se ha ido un Gobierno fascista”, apostilló Jota en un momento del concierto. Del “Le Pen español”, como dijo Sánchez, no dijo nada.

No fue el único comentario político del evento. Pero para conocer el siguiente nos tuvimos que mover de zona. Nos trasladamos a la Comarca, no sin antes cruzar los atascos que se originaban las masas gravitatorios que giraban al acabar un concierto. Tras recorrer el camino de Sauron llegamos al escenario Ray-ban, donde el jueves actuó C.Tangana, el ídolo trap español por excelencia. Estuvo pletórico, sabía que tenía que aprovechar su actuación en el Primavera Sound para dejar huella. Y para ello subió a la pista motos de cross, bailarines, lluvia de dólares y hasta a Dellafuente, un puto amo en la mezcla de flamenco, hip hop y reguetón. Pero lo más notorio llegó con su declaración antimonárquica. “El Rey es un gilipollas, y que me metan a mí también en la cárcel“, apostilló en apoyo al condenado rapero Valtonyc.

Está claro que el festival barcelonés quiso apostar este año por el verso faltón más de moda. Por eso entre el público no fue difícil ver indies reconvertidos en estrellas de rap con sus oros y ropa deportiva ancha. También entre el ‘outfit’ (palabro que este año hay que utilizar para hablar de vestimenta) de la peña destacó la típica camiseta con estampado tropical pero recubierta con una cazadora atemporal – la ‘chaquetina’ que diría mi colega Federico– ante el frescor de la noche. Entre el público femenino, además, abundaba el reguero de purpurina que cegaba al viandante al pasar. Y todo muy guiri, mucho guiri. Y es que el 60 por ciento de los asistentes era extranjero y la lengua dominante el inglés, algo que había que tener muy en cuenta si el objetivo era ligar en este festival.

Volviendo a la Tierra de los Hobbits –que era más pequeña que Mordor, por supuesto– , el escenario Primavera dio cobijo a grupazos como Slowdive, Beach House y Mowgai, entre otras actuaciones que os narrará con todos los detalles en la próxima crónica conjunta Primavera Sound Barcelona- NOS Primavera Sound Oporto mi socio Roberto R. Anderson.

Pero antes de acabar os quería hablar de Rivendel. Situada al noreste de la Comarca y tras pasar el puente de Mitheitel estaba situada la tierra de los Elfos, seres altos, guapos y sobre todo electrónicos. También llamada Primavera Bits, dos espacios fundieron lo mejor de la música electrónica internacional al lado de la playa barcelonesa. Todo para completar un festival plural, ecléctico, multitudinario, infrecuente y abrumador.

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