Momento del concierto de Idles en Oporto

En la escala de festivales nacionales, Primavera Sound está desde hace muchos años y sin ninguna duda en el escalón más alto (aunque Mad Cool podría acercarse a su nivel si su prometedora nueva edición funciona bien). Y no sólo es un referente en España, sino a nivel europeo e incluso mundial. Cada año, miles de personas vienen de todos los rincones del mundo a Barcelona para disfrutar de este festival, porque les ofrece algo que no encuentran en ninguno de los eventos de sus respectivos países.

Además, desde hace unos cuantos años el festival ya no sólo se celebra en Barcelona. Le ha salido un hermano pequeño en la otra punta de la península, en nuestro país vecino de Portugal y también en su segunda ciudad más grande: Oporto. Una semana después de Barcelona, tiene lugar esta edición más reducida en Oporto, con menos grupos y menos escenarios, pero con toda la magia que caracteriza a Primavera Sound. Debo de ser de los pocos que hacen la locura de ir cada año a los dos, y lo hago básicamente por un motivo: los solapes. Hay tantos grupos interesantes en el festival, que resulta doloroso renunciar a algunos para ver a otros; la mejor solución es hacer el doblete, y aun así siempre me pierdo también algunos que quiero ver. Así de inabarcable es Primavera Sound, y en estas dos semanas no he parado de ver un concierto tras otro.

Un paraíso musical en Barcelona

Aunque las jornadas principales de Primavera Sound Barcelona son tres, el festival dura una semana entera, y cada día de los siete hay cosas muy valiosas que rascar. Viviendo en Madrid, este año he tenido la suerte de que los platos fuertes de lunes y martes también tocaban en dicha ciudad en días inversos, gracias al magnífico ciclo madrileño Sound Isidro: el pop con elementos jazz de The Sea and Cake, y el punk de The Men. Dos maravillosas propuestas para comenzar la semana Primavera, que mientras yo disfrutaba un día en Sala El Sol los primeros en ponerse la pulsera del PS los recibían al siguiente en la Apolo barcelonesa, y viceversa.

Así que este año llegué a Barcelona el miércoles, día que se celebra la jornada de “calentamiento” en el recinto principal del Parc del Fòrum, que cada año resulta más potente. Los conciertos programados este día al aire libre en dicho espacio son gratuitos, y cualquiera puede entrar sin ticket de ningún tipo (una generosa aportación de los organizadores a la ciudad de Barcelona). Como novedad, este año el miércoles ya abría sus puertas el Auditori, un magnífico auditorio junto al recinto principal en el que cada año se programan algunos de los mejores conciertos del festival, con una calidad de sonido y comodidad fuera de lo común en este tipo de eventos. Para los que se celebraron aquí dentro el miércoles sí hacía falta abono, pero sin duda mereció la pena.

La tarde en el Auditori comenzó a gran nivel con la actuación de los catalanes Maria Arnal i Marcel Bagés, que el año pasado lanzaron uno de los discos nacionales más aplaudidos de la temporada y cuyo folk/pop/rock político sonó mejor que nunca en este espacio. Pero sólo era un preámbulo de lujo ante lo que venía a continuación, uno de los mejores conciertos que he tenido el privilegio de presenciar en el Auditori: Spiritualized, que con orquesta incluida emocionaron a los asistentes con un repertorio que cubrió todas sus etapas, y que fue interpretado de manera magistral tanto por los miembros de la banda como por los de la orquesta y el coro. Repleto de detalles maravillosos, como cuando el coro adaptó al castellano la letra de ‘I Think I’m In Love’, y con numerosos músicos de cuerda y viento, con la única y pequeña pega de que a veces el sonido de las guitarras no permitía que se les apreciase del todo. Lástima también que no nos adelantasen nada de su inminente nuevo disco, pero ya les veremos tocar las canciones cuando vuelvan a España en noviembre. Ya al aire libre, el pop de Belle & Sebastian remataba la jornada de apertura del Fòrum con un concierto demasiado masificado, pero en el que valió la pena estar.

El jueves ya se abrían todas las zonas y rincones del festival, que son muchos y cada año más. Pongámonos en situación: la zona ‘clásica’ del festival es la que nos encontramos tras cruzar la entrada, con los escenarios Primavera, Ray-Ban, Pitchfork y adidas. Podríamos llamarlo La Comarca. Luego está la gran explanada a la que llegamos tras andar un buen rato, donde están los dos escenarios principales (Seat y Mango), que desde su existencia hace años es conocida por miles de asistentes al festival como Mordor (por su lejanía, masificación y relativa falta de encanto). La última gran área en incorporarse al festival ha sido Primavera Bits (apodada Rivendel por mi compañero Julio), donde prima la electrónica, y en la cual a los dos escenarios del año pasado se unía ahora un chiringuito en la playa, en el que desde las 12 de la mañana pinchaban cada día artistas de la talla de Four Tet y Floating Points.

En este último lugar comencé mi jornada del jueves, donde me comí una cara pero muy buena paella (este año el festival también ha apostado fuerte por la gastronomía). La digestión, un día más en el Auditori, viendo a Delorean interpretar con su estilo electrónico los temas del mítico cantautor vasco Mikel Laboa. A continuación, corriendo al adidas (escenario pequeño pero repleto de joyas) a ver F/E/A, unos post-rockeros mallorquines también conocidos como Forces Elèctriques d’Andorra, que tras unos pequeños problemas técnicos supieron dar un breve pero intenso conciertazo que podría definir como una mezcla contundente y directa entre Godspeed You! Black Emperor y Russian Circles. En el Hidden Stage (que desde este año está al aire libre, todo un acierto teniendo en cuenta la demanda que atrae su programación) la leyenda del soul Lee Fields cantó al nivel del mejor James Brown junto a sus escuderos los Expressions. Justo después, en el escenario de al lado (Primavera), los veteranos hermanos Sparks dieron uno de los conciertos más memorables del festival acompañados de una extensa banda, en el que el explosivo carisma de Russell (a la voz) y Ron Mael (al teclado) nos inundó de buenas sensaciones.

Ya llegaba el momento de mi primera incursión en Mordor, e inicié mi peregrinaje cual Frodo para pasar unas cuantas horas en la parte más masificada del festival. Llegué a tiempo para el heartland rock de The War On Drugs, que pese a su calidad me parecieron un poco sosos; y la ubicación en Mordor casi en hora punta no favoreció su relajada propuesta. A continuación llegaba Björk con una puesta en escena maravillosa, con una de sus estrafalarias vestimentas y rodeada de plantas gigantes y chicas con flautas; el escenario parecía un mundo de fantasía. El concierto estuvo a un buen nivel y su voz sigue siendo tan bonita como siempre, aunque se centró demasiado en su nuevo disco. Sin embargo, también nos regaló algunos clásicos como ‘Human Behaviour’. Y, contra todo pronóstico, no cantó ‘Declare Independence’ para dedicarla a Cataluña. ¿Será que ha leído los tuits de Quim Torra?

Pero el mejor concierto del día fue, sin ninguna duda y tal como era de esperar, el de Nick Cave and the Bad Seeds. Una formidable banda en la que siempre destaca el gran multinstrumentista Warren Ellis, y un inmenso Nick Cave que no dejó de moverse ni de transmitir una energía y un carisma incomparables. Es posiblemente el mejor frontman de rock que hay vivo en el mundo. El setlist estuvo muy bien escogido y fue un temazo tras otro, empezando con ‘Jesus Alone’ del último y genial disco, y con clásicos como ‘Do You Love Me?’, ‘From Her To Eternity’, ‘Red Right Hand’, ‘Dianna’ o ‘Loverman’, la cual tocaron en este concierto por primera vez en veinte años. Cave invitó a numerosas personas a subirse al escenario, interactuó con ellos y nos dejó a todos un recuerdo inolvidable.

Tras semejante subidón de adrenalina, fue todo un acierto bailar con el pop de Chvrches para seguir pasándolo en grande. Pero ya llegaba el momento de abandonar Mordor y volver a refugiarnos en la Comarca para cerrar la jornada, donde aún quedaban los últimos bailes con el afrobeat rockero de Here Lies Man.

Celebrando el cambio político desde el mejor festival

Ya era viernes, la moción de censura contra Rajoy había triunfado ese mismo día y estábamos en el mejor lugar posible para celebrarlo. Y había otro motivo para la alegría: Migos, los cabezas de cartel más vergonzosos de la historia de Primavera Sound, habían cancelado su actuación de ese día tras perder el avión. No es que fuese a verlos, pero me alegré de que no pisasen el festival.

Lo primero fue visitar el Auditori de Barcelona a mediodía (un espacio distinto del Auditori del Fòrum, pero también de lujo) para ver a los compositores de Stranger Things interpretar la banda sonora de la serie con sus sintetizadores, una de esas actuaciones que distinguen a Primavera Sound como un festival especial, y que sonó estupendamente acompañado de un juego de luces excelente y muy colorido.

Ya en el Parc del Fòrum, en un día que no pisé Mordor, también nos esperaba algo muy especial: John Maus, uno de los artistas a los que más emociones he visto transmitir sobre un escenario. Saltó mucho, lo dio todo, y además ya quedaron lejos los días en que hacía ‘karaoke shows’. Ahora viene acompañado de una banda muy competente, que enriquece aún más su propuesta.

El plato fuerte de este día para mí fue Mogwai, que además sonaron maravillosamente en el escenario Primavera. Tras haber tocado su nuevo disco por completo y por sorpresa el año pasado en el festival, en esta edición el grupo europeo de post-rock por excelencia interpretó un setlist más equilibrado, que combinó nuevas canciones con varios de sus clásicos. ‘I’m Jim Morrison, I’m Dead’, ‘Auto Rock’ y por supuesto ‘Mogwai Fear Satan’ (con un subidón que siempre clavan en directo) fueron algunos de los momentos cumbre con los que nos deleitaron los escoceses.

Thundercat, con su mezcla de estilos (pop, jazz, funk, soul, etc.), demostró por qué es uno de los mejores bajistas del mundo; y los veteranos rockeros catalanes La Banda Trapera del Río que aún mantienen su contundencia después de tantos años (y además, su cantante celebró con nosotros el resultado de la moción de censura). Cigarettes After Sex, uno de los grupos del momento, tocaron su dream pop y slowcore tan bien como siempre, aunque el sonido no les acompañó lo suficiente para que fuese tan memorable como otras veces. A continuación, Ty Segall y su Freedom Band dieron un gran concierto de garage rock, técnicamente impecable, aunque a diferencia de anteriores visitas al festival se echó en falta un mayor desmadre y ni siquiera se apreciaron pogos (los saltos y la locura debían estar todos a esa hora con Idles, que yo me los dejé para Oporto).

Ya llegaba el sábado, la última jornada principal del festival. El viejo rockero Peter Perrett, líder de The Only Ones, está viviendo una segunda juventud y prueba de ello es el estupendo disco que ha sacado después de tantos años, que sonó aún mejor en directo. Por su parte, Lift to Experience rescataron su mítico álbum ‘The Texas-Jerusalem Crossroads’ de 2001, una delicia guitarrera de post-rock, shoegaze y letras sobre Jesucristo que sonó acompañada de una gran bandera texana.

Mi única y rápida incursión del día en Mordor fue con motivo de ver al menos medio concierto de Jane Birkin, y la verdad es que el viaje exprés mereció la pena. El día anterior sólo había podido vislumbrar unos minutos de refilón a su hija Charlotte Gainsbourg, pero con la madre tuve ocasión de deleitarme más, y fue todo un ejemplo de elegancia y buen gusto. Junto a una gran orquesta cantó, con una voz que aún sigue siendo muy buena, canciones míticas tanto suyas como de su legendario y fallecido exmarido Serge Gainsbourg. “A Serge le hubiera encantado estar en Barcelona, junto al mar, en un día como este”, dijo Birkin en inglés.

La programación en Mordor seguía a un gran nivel con la actuación de Lykke Li, a la cual me hubiera gustado quedarme a ver, pero tras un par de canciones me puse de nuevo camino a la Comarca porque había palabras mayores en el escenario Primavera: Slowdive, una de las bandas clave de la generación shoegaze. Y bien que hice, porque fue sin duda el mejor concierto del día. Es para mí la reunión más celebrada de los últimos años, y no sólo por lo bien que recrean sus grandes canciones de principios de los 90, sino también por el nuevo discazo que lanzaron el año pasado. Nuevas y viejas canciones sonaron como los ángeles en este escenario, comandadas por las oníricas guitarras del gran Neil Halstead y la mágica presencia de Rachel Goswell al teclado, ambos a la voz. Ellos y el resto de grandes músicos del grupo lo bordaron con clásicos como ‘When the Sun Hits’, ‘Alison’ y su celebrada versión de Syd Barrett (Pink Floyd), ‘Golden Hair’, con la que acabaron. Eso sí, se nos hizo corto en comparación con sus actuaciones en salas de hace unos meses en España, pero ya se sabe que en un festival los artistas no suelen disponer de tanto tiempo. Por cierto, Slowdive estarán también en el BIME de Bilbao a finales de octubre, y volverá a ser un inmenso placer verlos.

La mayoría de asistentes al festival iban en masa hacia Mordor para ver a Arctic Monkeys, pero yo ya les veré en el Mad Cool y decidí quedarme donde estaba. Tenía muchísimas ganas de ver a Dead Cross, un nuevo grupo que incluye entre sus miembros al que considero uno de los mejores cantantes de su generación, Mike Patton (Faith No More, Mr. Bungle, Fantômas), y al también extraordinario Dave Lombardo (el batería original de Slayer). Esta nueva propuesta está más cercana al hardcore punk de los 80, y no dieron respiro en su breve pero intensa actuación. Poco después, Deerhunter, una de las bandas fetiche del festival, nos presentaron algunas de sus nuevas canciones con la calidad a la que nos tiene acostumbrado su pop-rock psicodélico.

Era un día apasionante para el dream pop y el shoegaze, porque tras la maravillosa actuación de Slowdive ahora era el turno de Beach House, probablemente la mejor banda de este estilo que ha surgido en la última década y media. Victoria Legrand (voz, teclado) y Alex Scally (guitarra) acaban de sacar el genial séptimo álbum de su impresionante discografía, apropiadamente titulado ‘7’. Tras el buen sabor de boca que dejaron en Primavera Sound, es toda una alegría saber que en septiembre podremos volver a verlos en salas de Madrid y Barcelona. La jornada acabó de forma muy divertida con Mujeres (me encanta que pongan rock movidito a horas intempestivas de la madrugada, no como en otros festivales donde a última hora sólo queda electrónica) y con la clásica sesión festiva de DJ Coco.

Pero la cosa aún no había acabado. Quienes vamos año tras año a Primavera Sound sabemos que, aunque el Fòrum ya haya cerrado sus puertas, la jornada del domingo en el centro de Barcelona es imprescindible. Durante el día, el CCCB (Centre de Cultura Contemporània de Barcelona) ofrece conciertos gratuitos para todo el mundo, en una programación que combina artistas que también estuvieron los días previos en el Fòrum (ideal para ver algunos que me haya perdido allí) con otros exclusivos para este espacio. Rhye se lució con su rhythm and blues moderno y su espléndida voz que aunque es masculina parece femenina, y Oblivians desplegaron con éxito su clásico garage punk mientras sus polifacéticos miembros alternaban guitarras y batería entre ellos. Fermin Muguruza, cantante de la mítica banda de rock radical vasco Kortatu, presentó su nuevo y renovador proyecto junto a los artistas electrónicos The Suicide of Western Culture, en el que dedican cada canción a una ciudad distinta del mundo, con muchos elementos políticos desde un punto de vista izquierdista y transgresor.

Por último, pero no menos importante, estaba la siempre fenomenal fiesta de despedida en la sala Apolo. Ariel Pink puso su gran carisma lo-fi sobre el escenario en un accidentado concierto en el que el sonido del micrófono falló varias veces, pero en el que la pasión del púbico supo poner las palabras que se perdían. Los tradicionales pogos de los domingos en la Apolo llegaron a lo bestia con Flat Worms, punk rock garajero y contundente ideal para el momento y el lugar. Fue el colofón a otra inolvidable edición de Primavera Sound Barcelona, que al principio mirando el cartel podía no parecer tan potente como años anteriores, pero que al final como siempre hubo muchísimas cosas que rascar, incluyendo algunos de los mejores grupos y artistas del mundo.

Oporto, una experiencia diferente con un mismo espíritu

Unos pocos días después, cuando apenas me había recuperado de Barcelona, ya era el momento de aterrizar en Oporto. Esta versión del festival, más pequeña, menos masificada y con una selección más reducida de bandas, se celebra a las afueras de dicha ciudad portuguesa, en el municipio costero de Matosinhos. Además de disfrutar de buena música en un espacio más relajado y en un parque más verde y con mejor visibilidad, también es una gran ocasión para hincharse con el mejor pescado en los muchos restaurantes del lugar. Este año, el festival ha crecido un poco (han añadido un nuevo escenario al aire libre y una nueva zona dedicada a la electrónica) y también el aforo, lo cual se notaba en horas puntas en las que resultaba complicado pedir algo ante las colas que se formaban en las barras (y además, no tenían ron negro en ninguna barra, ¿de verdad a los portugueses no les gusta el ron negro?). Aun así, este festival sigue siendo mucho más cómodo que el de Barcelona, por lo cerca que están todos los escenarios y por lo fácil que resulta ver los conciertos desde cerca o sentado en el césped con una visibilidad privilegiada.

Como expliqué al principio, el motivo por el que voy a Oporto cada año es para que los solapes en Barcelona me duelan menos, y poder ver cosas que me perdí allí. La primera de ellas, el jueves, fue el post-punk de The Twilight Sad, uno de los mejores grupos de Escocia, especialmente por su extraordinario cantante James Alexander Graham. Su voz con marcado acento escocés es preciosa, y su presencia sobre el escenario derrocha energía. Por desgracia, tocaron poco más de media hora y se dejaron mis canciones favoritas, pero aun así su breve concierto estuvo a un gran nivel.

La cabeza de cartel del día era la joven neozelandesa Lorde, que se ha convertido en todo un icono del pop a nivel mundial. La puesta en escena estuvo cuidada, con bailarines y coreografías, aunque se echaron en falta más instrumentos en directo. En cuanto a la propia Lorde, se desenvuelve bien y seguro que le queda un gran futuro por delante, aunque la mayoría de sus canciones me parecen poco más que pop comercial del de siempre, sólo que con una producción más moderna. Tyler, the Creator, uno de los más grandes y versátiles raperos del momento, y Jamie xx (uno de los pocos exclusivos de Oporto), con una gran sesión bailable que comenzó con la apertura del legendario Smile de los Beach Boys, remataron esta primera jornada en el Parque da Cidade.

La tarde del viernes empezó fuerte con los ingleses Idles, uno de los mejores grupos punk de la actualidad, que el año pasado sacaron su discazo debut y dentro de poco lanzarán el segundo (ojo, que los tendremos en Madrid y Barcelona en noviembre). Pese a tocar en plena tarde, supieron dar todo un espectáculo y congregar a un número considerable de asistentes, muchos de los cuales no dejaron de saltar y participar en pogos. The Breeders, el grupo de las hermanas Deal y compañía, también mostraron sus credenciales en un concierto en el que una fenomenal Kim Deal alternó entre guitarra y bajo e incluso interpretó ‘Gigantic’, su gran canción de su etapa en Pixies. Shellac, que están todos los años en Primavera Sound pero nunca nos cansamos de Steve Albini y sus compañeros, ofrecieron una vez más su habitual espectáculo rockero visceral que culmina con la catarsis de ‘The End of Radio’.

Los divertidísimos Superorganism, que han sacado uno de mis discos favoritos de lo que llevamos de año, tienen ya una buena colección de hits pese a lo poco que llevan en activo. Su joven cantante japonesa dio voz a estos temas de pop con elementos de psicodelia y electrónica. Fever Ray, la cantante de The Knife, vino acompañada de varias chicas y entre todas ellas dieron forma a un espectáculo de electropop queer, con algunos altibajos pero en general bastante divertido, en el que todas ellas iban vestidas y maquilladas de forma extravagante y parecían salidas de una película de ciencia ficción cyberpunk. Por su parte, A$AP Rocky demostró por qué era el cabeza de cartel de aquel día con uno de los mejores conciertos de hip hop que hemos visto, y lo petó a lo bestia rapeando como un maestro y moviéndose por la pasarela que habían habilitado en el escenario.

El día final de toda esta aventura, el sábado, estuvo pasado por agua. Llovió mucho en Oporto, pero la programación era tan buena que poco importó mojarse. Los vascos Belako, cada vez con mayor proyección internacional, dejaron sensaciones muy buenas en el país vecino, y el pianista Nils Frahm nos mostró su faceta más bailable. Sin embargo, lo mejor de la jornada fueron los dos únicos conciertos con los que repetí respecto a Barcelona: Nick Cave and the Bad Seeds y Mogwai. Y vaya si valió la pena repetir con ellos. No sólo lo hicieron tan bien como en la ciudad catalana, sino que ambos variaron un poco sus setlists y tocaron algunas que habían faltado en Barcelona: Cave y los suyos bordaron clasicazos como ‘Into My Arms’, ‘Tupelo’ y ‘The Weeping Song’, y Mogwai hicieron lo propio con ‘2 Rights Make 1 Wrong’ y ‘We’re No Here’.

En definitiva, estas suelen ser para mí las dos mejores semanas del año, y espero seguir haciendo el doblete durante muchos más. Ambas ediciones tienen su encanto y sus ventajas: Barcelona cuenta con más bandas y más actuaciones complementarias en el centro de la ciudad, y Oporto es más tranquilo y los conciertos se pueden ver desde más cerca sin problema. Si te lo montas bien, Primavera Sound nunca decepciona en ninguna de sus ediciones.

Primavera Sound, de Mordor a Rivendel

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