El pasado miercoles 17 de mayo, la librería “Los editores” de la sombreada calle Gurtubay, en el corazón del barrio de Salamanca, acogía pasadas las 19:30 h a una multitud de asistentes, allegados y curiosos atraídos por la presentación de “El canto de la alondra”, de la debutante Mª Elena Jiménez de la Cuba. El bullicio que envolvía a la autora distrajo la atención de todos de un intercambio susurrado al fondo en una arrinconada mesita, entre dos hermanos por parte de madre: “El canto de la Alondra” y Cristina Negrón.

-Está radiante.

-Ya lo creo que sí. ¿Nervioso?

-Un poco.

-Tranquilo chico. Mira cuántos libros. Ya eres uno de ellos.

-Uf, hiperventilo por todas mis páginas.

-Anda ya. ¡Eh!, desde esa balda una novela corta te ha lanzado un beso.

-¿Desde dónde?, ¿cuál?

-No te lo digo golfo. Schss, todos callan. Es mi turno. Déjame que hable de ti.

Hola, buenas tardes, se que pensáis que vengo a hablar de mi madre pero no, estoy aquí para describiros en pocas palabras algunas singularidades del proceso creativo.

Supongo que es eso que te constituye, que se manifiesta de diversas formas desde tu más tierna infancia y te acompaña en las distintas etapas de tu vida. Digamos que es algo que de repente te sacude y te empuja a pintar, qué se yo, unos 14 cuadros en pocos meses, imágenes que, como no caben en tu casa, acabas regalando a tus más allegados para que cuelguen en los paredes de las suyas.

Imaginemos esos momentos de intensa emotividad en los que se te eriza el pelo, sientes un nudo en la garganta y tus ojos se cubren de lágrimas, entonces, a eso de las 2:35, se te abren como platos, te levantas de puntillas, te aseguras de que no hay un alma en vela y en un rincón bajo la luz tenue de una pequeña lámpara empiezas a desgranar versos y a componer estrofas que hablan de dulce tristeza o de amor loco y arrebatado…

O esas tardes de verano, avanzado el mes de julio, en las que una puede contemplar somnolienta un grupo de niños aburridos como monas y te dices a ti misma por qué no adapto un cuento popular, en verso, ese que te resulta cruel, que siempre te ha dejado tan mal sabor y piensas, ¡ésta es la mía! y lo transformas en una algarabía en la que todos acaban bailando y creas tantos personajes como chavales andan tirados por el césped, brujas, reyes, princesa y si faltan papeles pues ¡que hablen las flores, los burros, los ratones las mariposas…

Un día en el que las mariposas ya no volarán más te llenas de emoción. Algo te oprime el pecho y no te deja respirar. Sientes que el corazón te va a estallar. Vas a proferir un grito desagarrado o un suspiro inacabable y de pronto como tantas veces te das de bruces con una hoja en blanco, con todas las hojas en blanco de un cuaderno, ¡qué digo un cuaderno!, de cinco cuadernos de espiral, tamaño folio. Te duele la mano de tanto escribir, y ya no te vale ese formato, cómo te va a valer si quieres meter las manos en botes de pintura y dibujar por las paredes campos, atardeceres, terrenos que no pueden abarcar la vista, si acaricias las teclas de tu piano y suena el olor del pan recién hecho y los zumbidos de insectos enredando entre cientos de flores.

El barullo de tus nietos revolviéndote el salón se convierten en cañonazos, silbidos de proyectiles, el rugido azul de sables que entrechocan, no es Waterloo, querido Victor Hugo, esto es Brasil. Entonces se te echa el tiempo encima, tienes que arreglarte y acudir a tu tertulia pero andas hecha un cisco con la cara tiznada y las vestimentas deslustradas de un muchacho que no es tal pero que se enrola en la tripulación de un navío que surcará durante meses el Océano Atlántico.

En tus anodinos paseos de pronto te sorprende la belleza y elegancia de esa chica que podría ser una actriz francesa de los años 60 o la voz firme y suave de éste otro que haría enloquecer a tantas quinceañeras. Las imágenes de Madrid se imprimen en tu mente, en blanco y negro, con bordes ribeteados: bailes nocturnos, cenas glamurosas, caminatas sin destino por estrechas callejuelas, fotografías antiguas de un fin de semana que permanecerá imborrable en el recuerdo.

Entonces oyes una voz familiar, que insistente te repite ¡¡Has cerrado la puerta al salir!!, he cerrado la puerta al salir, he cerrado la puerta al salir… pero si andas envuelta en la huída de dos enamorados por los bosques del Piamonte, si se está organizando una vendetta que hará arder una vez más a la mismísima Roma, si te ciega la luz del sol que se refleja en el Mediterráneo de las costas de Marsella, ¿como quieres que sepa si he cerrado la puerta? Gritas a un estupefacto ingeniero de caminos canales y puertos.

Y así pasa durante tantas noches en las que sientes que las palabras se te caen de las manos y tratas de recogerlas como si quisieras retener agua, pero se cuelan entre tus dedos. Noches en las que buscas tu rincón de luz tenue, tus cuadernos, tus paredes, las clavijas del piano del que ahora sale ese aroma de la carne en las brasas. ¿Será otra vez la circulación? Oyes en la habitación, si será eso, le tranquilizas. La circulación de imágenes e ideas que se agolpan, que se meten en tus sueños, que durante el día hacen vagar tu mirada errante de aquí para allá recorriendo selvas y escalando muros hacia aisladas ventanas encendidas en la noche.

Y luego, poco a poco, todo acaba. Desciende pacíficamente como un cálido y fugaz ocaso. Un buen día todo ese frenético bullir aparece impreso en cientos de páginas. Toda esa rebeldía, esa insumisión, se dispone ordenadamente entre las coberturas de un pequeño libro, que reposa sobre la mesa como una fruta madura, pero creedme si os digo que cuando apoyas la mano descuidadamente sobre él, puedes sentir tambores.

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2 Comentarios

  1. ¡Qué ilusión me ha hecho el libro!
    Me dio mucha alegría y ayer que llegó a mis manos ya empecé a leerle.
    Que entretenido parece.
    ¡Pero vaya libro! ¡Cuánto ha escrito!
    Enhorabuena
    Besos.
    Un abrazo.

  2. Creo que por fin se quien eres, una santanderina a la que conocí hace años ya, en un precioso pueblo de Cantabria. no se si volverás a esta página, si lo haces dime, si te he reconocido, si te ha gustado mi libro y perdóname por mi falta de sagacidad. tengo maravillosos recuerdos de ese querido lugar y de la familia tan encantadora que sois y de lo bien que nos acogisteis. un abrazo muy grande.

    M. Elena

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