¿Por qué hay que evitar que haya unas nuevas elecciones?

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Joseph Brodsky afirmaba, en un ensayo sobre Cavafis, que el ser humano es un burgués natural, que emplea el lenguaje para los mismos fines que la vivienda o el vestido. La poesía parece ser la única arma para vencer al lenguaje, utilizando sus mismos medios. Se trata de huir de esa simplificación utilitarista y manipuladora que para Ortega, en el fondo, era no haberse enterado de nada. Si para Habermas las palabras eran actos en sí, las palabras y los actos de la política actual en España más que partir de ideas y convicciones se configuran como un gran pretexto discursivo. “Mayoría”, “democracia”, “congreso”, “pacto” “izquierda”, “derecha”, “centro”, se han convertido en artefactos semánticos que más que expresión de una realidad son instrumentos perversos de su encubrimiento.

Se trata de racionalizar las contradicciones. Lo estoicos se oponían a la guerra pero eran los primeros en tomar las armas si Atenas se veía amenazada porque pensaban que si Atenas era invadida se acabaría el estoicismo. Sin embargo, ¿acaso el estoicismo no había muerto cuando sus partidarios,  en contra de sus principios, iban a la batalla? El régimen del 78 y los partidos-sistema o dinásticos, que al llegar a las instituciones los son todos, han asumido que el lenguaje no es un instrumento de conocimiento, sino de asimilación, convirtiendo la política en un permanente argumentario de excusas sin decoro.

Ya decía Manuel Azaña que la singularidad de España con respecto al resto de Europa era un concepto semántico: cultura, ejército, política, no significaban lo mismo en España que en Francia, por ejemplo. Porque la Transición no ha sido otra cosa sino la historia de una desconfianza. Desconfianza con la que se consagraron los instrumentos de participación ciudadana, como los referendos o la iniciativa legislativa popular y que es un reflejo de este modelo de democracia de baja intensidad; que  concentró en las cúpulas de los partidos los resortes sobre el acceso, ascenso y exclusión de la política, haciendo de las organizaciones entes cerrados al objeto de que se mantuvieran dentro del sistema; que impidió una verdadera ruptura con las élites económico-financieras del franquismo mediante un pacto que consolidara una democracia débil donde el poder del dinero prevaleciera sobre el político. Desconfianza que ha producido el paulatino descrédito de la actividad pública y partidaria y el  alejamiento entre el sistema y los ciudadanos al igual que aquella inmensa suspicacia que llevó a Felipe II a simular ser un cadáver y encerrarse en la tumba del Escorial negando y negándose la percepción de la realidad.

Una desconfianza que ha blindado al régimen comenzando por el mismo sistema electoral, que para Ortega y Gasset constituía el elemento sustantivo del respeto a la voluntad ciudadana: “La salud de la democracia, cualesquiera que sea su tipo y grado, depende de un mísero detalle técnico: el procedimiento electoral”. Todo lo demás se deriva de él. “sin el apoyo del auténtico sufragio las instituciones democráticas están en el aire”, hasta la capacidad de bloqueo del Senado, todo ello para desnaturalizar la centralidad cívica.

Esta agrimensura institucional se ve ahora bloqueada por sus propios resortes preventivos y ante lo cual el lenguaje retorna esquivo con la realidad para buscar la lógica de sus propias contradicciones orgánicas. El lenguaje político intenta dar racionalidad a la irracionalidad sistémica que busca desbloquear al régimen para continuar bloqueando a la ciudadanía. ¿Por qué se da por hecho que tiene que gobernar la minoría mayoritaria sin los apoyos parlamentarios para ello? ¿Por qué, bajo esa premisa, las fuerzas políticas contrarias a la minoría mayoritaria tienen que facilitar su acceso al gobierno? ¿Por qué hay que evitar que haya unas nuevas elecciones, siendo responsables, si las hubiera, los partidos críticos con la minoría mayoritaria? ¿Por qué ningún análisis discurre por las verdaderas causas del bloqueo institucional?

Sólo un lenguaje orwelliano que diluya la catalogación ideológica de las fuerzas políticas, limite la capacidad de lo posible y constriña los asuntos sujetos a debate, puede consolidar un régimen que aun resultando tan inclinado a favorecer a los influyentes poderes fácticos en contra de las mayorías sociales, convoca a todas las fuerzas políticas a salvarlo de sus propia contradicciones a costa de cambiar la realidad por la balsámica ficción de la impostura. Si los conceptos “izquierda”, “derecha”, “democracia”, “participación” son vaciados de sus contenidos sustantivos y sustituidos por “constitucionalistas”, “consenso”, “responsabilidad”, “estabilidad”, ya no hay ninguna traba para que la promiscuidad política genere las mayorías parlamentarias que le den continuidad a un sistema que cada vez más se está convirtiendo en un callejón sin salida para los intereses de gran parte de la ciudadanía.

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4 Comentarios

  1. Si dejaras de escucharte a ti mismo y de intentar demostrar todo lo que sabes y lo culto que eras tal vez tu artículo diría algo y transmitiría lo que quieres decir pues el título si sugiere y despierta el apetito de leer.

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