El pasado veintitrés de febrero se cumplieron treinta y siete años del intento de golpe de Estado a cargo de Tejero y su partida de cuatreros. Cada vez que repetían las mil veces vistas imágenes de la toma del Congreso, me recordaban más a una mala película de espagueti – western o un guiñol barato de títeres de cachiporra. Pero de todos los documentales que pusieron aquella noche en televisión para recordar tan señalada fecha, me llamó la atención una grabación de una conversación telefónica de Tejero con un compinche del exterior. En ella Tejero le pedía el apoyo de todos los conjurados porque se trataba nada menos que la “salvación de España”.

“¡Es España!” “¡Por España, coño!”, gritaba el benemérito teniente coronel a lo que su interlocutor contestaba: “¡Por España!, arriba España!”. Aquella españolísima conversación de apenas dos minutos decía más de ellos que muchos tratados sobre el golpe de Estado. Esas palabras que en su día debieron acojonar a cualquier demócrata, ahora sonaban tan infantiles, tan ingenuas, tan simples, tan tontas que uno se sonreía casi con un principio de ternura al escucharlas.

Qué tendrían en la cabeza aquellos militares, aquellos españolazos bíblicos, aquellos iluminados salvapatrias para secuestrar a punta de pistola a una inmensa mayoría de españoles de España que quería olvidarlos como a un mal sueño; a todo un país allí representado que había elegido el camino de la libertad y la democracia. A una sociedad que quería y quiere ser gobernada a través de las urnas, que es de donde deben salir los dirigentes, y no de la caverna. Me pregunto por qué decían y todavía dicen (por desgracia, la tentación golpista sigue, acordémonos de las declaraciones del general Mena) querer a España más que nadie y estar dispuestos a intervenir por su cuenta para “salvarla” si lo estiman oportuno. Y me pregunto también por qué gente así sigue viviendo, y muy bien por cierto, de los presupuestos de un Estado democrático al que no sólo no respetan ni obedecen sino que desprecian con todas sus fuerzas.

Cuándo se darán cuenta de una vez que España ya no es suya ni tiene que serlo de nadie. Que este país nos pertenece a todos y que no se quiere más a un país por dar vivas a España a grito pelado,  ni por  echarse la bandera a los hombros a modo de capa y acostarse envuelto en ella. Cuándo comprenderán que el amor a España se demuestra trabajando día a día honradamente, pagando los impuestos, respetando la Constitución y las leyes y, naturalmente, respetando al resto de compatriotas, piensen de la manera que piensen. 

Si a pesar de los años que llevamos de democracia, a pesar de la Constitución, de las cámaras parlamentarias y del resto de instituciones participadas por cargos electos que rigen el funcionamiento del Estado, siguen padeciendo este tipo de delirios y desvaríos, es señal inequívoca de que sufren un grave trastorno psicológico que necesita tratamiento urgente.

Hay varias teorías que explican el comportamiento patológico de estos golpistas, una de ellas dice que posiblemente en  su época de lactantes se les retiró el pecho demasiado pronto y ya de mayores han confundido a España con su querida y añorada teta materna y ahora quieren tenerla para ellos solos y chuparla de una manera obsesiva y enfermiza para de alguna manera compensar aquella carencia infantil. Por desgracia este país es propenso a padecer este tipo de enfermos. Otros investigadores afirman que este trastorno está causado por el viento solano que algunas veces sopla con demasiada fuerza por estos secarrales mesetarios y abrasa las molleras más débiles y raquíticas; otros en cambio sostienen que es culpa de las altas concentraciones de cales disueltas en el agua potable que hacen que ciertas seseras, ya duras de por sí,  se calcifiquen del todo y lo que tenía que ser una materia blanda y gris se convierte en un auténtico guijarro. Ninguna de estas teorías se descarta aunque recientes estudios apuntan otras posibles causas de este anormal comportamiento. Uno de estos estudios dice que esa tendencia a sacar la pistola y apuntar y amenazar con ella a gente desarmada es culpa de algún tipo de disfunción eréctil. El que la padece, al no poder satisfacer a su esposa o compañera/ero sentimental, intenta suplir esa impotencia asaltando el parlamento para poner a todos los diputados de rodillas y a sus pies, y así demostrar que es el tío más macho que ha parido madre. Es decir, el enfermo sustituye su fláccido y triste miembro por el pistolón reglamentario y con él humilla a sus semejantes, en este caso a los representantes de España que tienen en su poder la teta que él considera suya y que necesita urgentemente para, como ya se ha dicho antes, reemplazar a la materna. O dicho con otras palabras: como no puede hacer el amor a su señora intenta jodernos a los demás, a todo un país, al mundo  entero si es necesario. Esto ya se ha repetido varias veces a lo largo de la historia con el trágico resultado de guerras, masacres, torturas, asesinatos, etc, etc.

¿Y qué podemos hacer para defendernos de estos perturbados?. Lo primero de todo es tomarse el asunto muy en serio y estar atentos a los primeros  síntomas que avisan de su mal. Como puede ser contagioso y por lo tanto,  mucho más peligroso, lo mejor es vigilar también a sus amistades y familiares. Y una cosa muy importante: nunca hay que menospreciarlos porque muchas veces el que parece más inofensivo es el más dañino.

  ¿Y el tratamiento?, muy sencillo, una vez diagnosticada la enfermedad, el paciente será tratado con Viagra y así evitarle la humillación de que su señora tenga que recurrir al butanero. Y una vez recobrada su virilidad, será obligado a jubilarse con la pensión más baja para que sepa cómo vive un español de verdad, un español de España, porque para saber cómo se vive en España hay que vivir como la clase más pobre de sus ciudadanos, no como la más rica porque los ricos viven bien en todas partes. Una pensión mínima quizás le haría ver a España en su escala real, como realmente es, rebajando de una manera considerable  la dañina fiebre producida por la exacerbada, intolerante e intransigente pasión por la insana idea de su país como un bloque monolítico, la nociva exaltación enfermiza de sus símbolos, el malsano ardor guerrero y el fanatismo compulsivo de quien nunca ha vivido la realidad de millones de sus compatriotas, españoles de España como él. Ese tratamiento, mano de santo sin duda alguna, debería completarse no solo con el aprendizaje de memoria de todos los artículos de  la Constitución Española sino con su recitado exacto y su correspondiente entonación en todas las lenguas del Estado. ¡Por España, coño! .      

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