Hay quien define el populismo como aquel comportamiento político consistente en ofrecer al electorado al que se dirige soluciones sencillas a problemas complejos, al objeto de embaucarlo y lograr su voto. Los hay quienes apuntan que el populista lo que fundamentalmente propone es dividir a la sociedad en buenos y malos, los de arriba y los de abajo, la casta dirigente que nos oprime y el pueblo oprimido y laminado por quienes manejan los resortes del poder o el poder mismo.

Yo tengo escrito por ahí que el populismo consiste fundamentalmente en vender humo, engañar a la sociedad, prometer cosas imposibles, decir una cosa y la contraria o tratar de enervar los más bajos instintos antes que el pensamiento razonado, todo ello para lograr, cómo no, un puñado de votos. Tratar de emocionar al público objetivo al que se dirige el postulante político es indispensable, porque, como escribe José Luis Pardo en su “Estudios del malestar”, “la mera convicción racional es incapaz de mover a los hombres a la acción si no va acompañada de persuasión emocional”, ya que “no basta con que un orador político tenga razón si no consigue emocionar a su público, es decir, moverle a actuar”. Hay quien, de tanto insistir en que la propaganda y el marketing no deben sustituir a la buena política… se olvida en demasiadas ocasiones de que tanto la propaganda como el marketing son indispensables para la acción política… sin que eso deba implicar que haya que dejar de hacer (buena) política. Lenin escribió que “las personas que por política entienden esas pequeñas triquiñuelas lindantes a veces en el fraude deben encontrar en nosotros el rechazo más decidido”.

Radical lo empleo para definir a quien trata de ir a la raíz de los problemas (para resolverlos) más que a aquella persona extremista, incapaz de situarse en el punto medio (que, por cierto, no es lo que habitualmente denominamos el centro político). Es quien, estudiada la situación compleja que se discute, es capaz de no quedarse en la superficie para plantear soluciones temporales casi siempre tramposas… sino que trata de llegar al origen del asunto para atacarlo allá adonde casi nadie llega, bien sea por pereza intelectual o por pura conveniencia. Así, quien pretende que el cupo vasco se calcule correctamente plantea una propuesta que puede suponer un paso intermedio pero que no resuelve el problema de fondo: los radicales, ay, hemos defendido (y defendemos) la supresión del Concierto Económico porque su propia existencia es la que provoca la asimetría fiscal a la que algunos pocos nos hemos opuesto. Así, quien trata de conciliar, confraternizar o pactar con los nacionalistas que pretenden romper España… no resuelve ningún problema sino que lo pospone y, consecuentemente, lo agrava, dado que legitima la ideología política que tiene como principio máximo el “lo mío es mío y lo tuyo, de los dos” de toda la vida.

Extremista es quien, por tanto, por propio interés electoral y para acumular fuerzas o llamar la atención de la opinión pública o del público objetivo, se sitúa a conciencia en un extremo, junto a la pared después de la cual no hay nada ni nadie. Son peligrosos.

En estos tiempos políticos evanescentes que padecemos, conviene distinguir una cosa de la contraria o incluso de la que nos venden como parecida. Ni ser de centro es el estadio ideal al que debe llegar todo actor político ni negarse a abandonar los principios en los que uno cree supone ser un extremista. Posibilista es quien es capaz de convencer al adversario político y dejarse convencer por el mismo… quien es firme en lo esencial y flexible en lo accesorio… no quien es marxista de Groucho para demostrar que “estos son mis principios; si no os gustan, tengo otros”.

No comparto que, de un modo otro, se traslade la idea de que el objetivo es modular nuestras ideas hasta el contorsionismo político, de modo que quien es fiel a un principios se venda como radical… en el equivocado y mal sentido del término. El objetivo no es que todos pensemos lo mismo, ni que los que queremos cambiar de verdad y a fondo las cosas abracemos el estatu quo vigente, ni que el posibilismo necesario en política suponga abrazar el pensamiento único imperante. Vivimos una época en la que conviene estar ojo avizor, no vaya a ser que se nos vendan como reformistas a quienes no lo son, se nos proyecten como progresistas a quienes quieren dejar todo como está o se nos impongan como regeneradores a quienes no son sino vendedores de humo.

En política es esencial sumar votos y alcanzar mayorías… pero no interesa venderse al mejor postor ni que se instale un sistema parecido al del partido único, donde cada vez hay más partidos políticos pero todos piensan (y sobre todo actúan) de modo parecido. Además, la rebeldía es un ingrediente indispensable para gozar de buena salud. Como escribió José Luis Pardo, “no es la falta de conexión con la sociedad, sino el acoplamiento perfecto a ella, lo que da lugar al populismo”.

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Nací el 11 de noviembre de 1974: tengo, por tanto, 42 años. Soy Diplomado en Ciencias Empresariales, Técnico en Gestión Fiscal y Técnico Especialista en Administración y Dirección de Empresas. Milité desde muy joven en diversos movimientos sociales que se enfrentaron al terrorismo de ETA, como Denon Arten-Paz y Reconciliación (durante los primeros años de los años 90) y Basta Ya (desde finales de los años 90). Milité posteriormente y durante unos tres años en el PSE, partido político que abandoné en 2006 al comprobar que dejaba de ser un partido nacional y de defender la igualdad y por su política en relación a ETA. Me afilié a UPYD el 29 de setiembre de 2007, el mismo día en que se presentó públicamente en Madrid. Desde el 1 de marzo de 2009 hasta el 20 de octubre de 2016 fui parlamentario vasco por UPYD. He estado en la Dirección de UPYD desde 2009 y soy exportavoz nacional del partido. Portavoz de la Plataforma Ahora

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