Cuando mis hijas eran tan pequeñas que solo podía trasladarlas en carrito, me di cuenta de algo de lo que hasta entonces no había sido consciente. Que en muchos sitios eran verdaderamente una epopeya conseguir desplazarse carro en ristre, sea por falta de previsión de los espacios públicos, sea por falta de civismo de la gente, o sea por una mezcla de ambos.

Los espacios entre los coches no dejaban sitio para transitar con carro, los vehículos, fueran coches o motos, invadían partes de la acera, o los lugares tenían accesos con escaleras imposibles. Incluso algunas rampas parecían pensadas por un mente maligna, pues, caso de usarlas, se corría el riesgo de que el carro saliera propulsado sin remedio. Y eso, salvable cuando se trata de un carrito de un peso discreto y manejado por una tercera persona –la madre, en mi caso- a base de pericia, fuerza y ayuda, se debería volver totalmente insalvable cuando la silla no fuera la de un bebé sino la de una persona adulta necesitada de ella.

Hace apenas unos días, leí algo que me recordó aquello y en lo que tampoco había pensado nunca. La imagen de una persona en silla de ruedas ante el aparentemente sencillo trámite de poner gasolina en su vehículo. La verdad es que jamás me lo había planteado y, aunque confieso que huyo de las gasolineras donde no hay una persona encargada de poner el combustible en el coche, no me había planteado que ello pudiera suponer un problema más allá de la rabia que me da tener que hacer yo esa operación. No me gusta mancharme, hacer malabarismos para acercar el coche al surtidor y menos aún me gusta que se prescinda de un  puesto de trabajo cobrándome lo mismo. Como no me gustaría que en un restaurante me dieran los ingredientes y me hicieran cocinarlo a mí. Pero no había caído que para algunas personas es mucho más que una molestia. Es, nada más y nada menos, que la imposibilidad de poder desplazarse con libertad.

No es el único caso, desde luego. Recuerdo que hace tiempo, en uno de los primeros lugares donde trabajé, la clínica médico forense estaba en un tercer piso sin ascensor, algo absurdo además teniendo en cuenta que gran parte de las personas a las que atendían tenían problemas de movilidad. También recuerdo una imagen que en un determinado momento recorrió las redes sociales: la de un juicio celebrado en plena calle porque no había medio de que uno de los implicados, que se desplazaba en silla de ruedas, pudiera acceder a la sala de vistas.

Y tampoco hay que retrotraerse demasiado en el tiempo. Hace apenas unos días tuve la experiencia de tener que llevar a un familiar a Urgencias, por un problema de espalda que dificultaba seriamente su deambulación. Cuál no sería mi sorpresa al comprobar que llegar hasta el acceso de entrada era un verdadero ginkana. Tenerla que dejar sola para pedir una silla y, una vez conseguida, verme en el brete de escoger entre unas escaleras empinadas o una rampa que, ni siquiera empujando, conseguía ascender. Y otro tanto para la salida, ya que llegar a la puerta del taxi que llamamos también fue toda una odisea.

Cuesta ponernos en su piel, o, mejor dicho, en su silla, e imaginarnos las dificultades por las que deben pasar en su día a dia. Y debería haberse pensado algo para que una cosa tan simple como reporstar gasolina no se convirtiera en misión imposible. Y seguro que hay mil ejemplos diarios más. Me comprometo a fijarme más a partir de ahora, y a tratar de ponerme en su lugar. Un ejercicio muy aconsejable para conseguir un mundo en que realmente seamos cada vez más iguales.

 

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