Sostenía Pierre Bourdieu que “la encuesta de opinión se convierte en un instrumento de acción política, y su función principal es imponer la ilusión de que existe una opinión pública”. Bourdieu falleció en 2002, antes de que irrumpiesen en nuestras vidas Twitter, Faceboook o WhatsApp, herramientas que vinieron a elevar a la enésima potencia la capacidad de manipulación de esa pretendida opinión pública. Y así, para saber que no existe objetividad en las encuestas, nos invitaba a hacernos tres preguntas básicas: ¿quiénes encargan las encuestas? ¿con qué finalidad? y ¿cómo las realizan y luego utilizan?

De acuerdo con nuestra legislación, hasta la jornada electoral del domingo no podrán ya publicarse más sondeos sobre intención de voto. Esto, que podría verse como un respiro para el elector en otros tiempos no demasiado lejanos -al igual que la jornada de reflexión- se ha convertido en una antigualla sobrepasada por la irrupción de unas redes sociales que, convenientemente usadas, son capaces de adulterar por la vía de la robotización cualquier bienintencionado experimento de consulta ciudadana. Y es que ya no se sabe bien si son las encuestas las que alimentan a la red, o es ésta la que les da de comer a aquéllas.

Resulta relativamente sencillo comprobar hasta dónde las encuestas no están hechas para conocer la opinión ciudadana sino para manipularla, y a varias experiencias me remito: un determinado medio organizó un debate, tras el cual pedía a sus espectadores/oyentes/lectores que eligiesen al mejor de los contendientes (uno podía votar sin límite a cualesquiera de ellos sin identificarse con dato alguno); en otro medio la cosa se complicaba algo más (votases a quien votases, al final el voto acababa yendo siempre al mismo y sin posibilidad alguna de corregirlo, eso sí, muy amablemente agradecían la participación con un “su voto ha sido contabilizado”); quizás el más sincero de todos fue uno que directamente solo permitía optar entre los dos de los cuatro candidatos con los que se sentía ideológicamente identificado.

Concedamos el beneficio de la duda a algunos de los trabajos demoscópicos. Pero entonces debemos analizar los estímulos que inducen la opinión de una inmensa mayoría de ciudadanos que confiesa que ni se lee los programas electorales, ni acude a los actos de los candidatos, ni muestra interés por los debates televisivos (si es que al tetra-monólogo con que nos obsequiaron en esta campaña se le puede llamar debate). Así que hagamos un repaso a las redes sociales.

En estas campañas de nuevo cuño, quizás llegadas de la mano de la que se dice nueva política, la “twittología” parece haber sustituido a la ideología, y el whatsappeo al discurso. Pero, frente a quienes defienden las bondades de los nuevos usos aduciendo el advenimiento de una opinión pública más libre en tanto que más informada, me temo que la realidad se parece más a lo que Bordieu describía como la existencia de opiniones movilizadas por grupos de presión con intereses concretos: A Pedro Sánchez pretendían hacerle pasar por racista por un gesto tan simple como el de limpiarse las manos, usando como soporte una toma de video viralizada indiscriminadamente desde perfiles como el de Cristina Cifuentes o desde la plataforma conocida como Guerrilla. Pablo Casado compartía un vídeo de protestas en Congo, presentándolo como unas teóricas imágenes de revueltas ciudadanas en Venezuela, con el ánimo de desacreditar las políticas de Unidos Podemos. Dos ejemplos palmarios, entre los centenares que se pueden encontrar en estos días en las redes, de cómo éstas pueden terminar siendo simples herramientas capaces de hacer pasar por información lo que no es sino grosera manipulación.

Recuerdo que en casa se “escogían” las lentejas antes de echarlas a la olla, seleccionando las buenas y desechando las malas –que hasta piedrecillas se colaban inadvertidamente en el embolsado. El problema es que en la red proliferan tanto los profesionales de la adulteración, que muchas veces resulta difícil encontrar una lenteja entre tanto pedrusco.

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