El progreso consiste, nos dice Clemente Ricci, en navegar siempre en contra de la corriente, que es la rutina. En las cortes de los tiempos pasados, henchidos de horas amables para el amor, la cortesía y la aventura, lucían los bastardos como Shakespeare quería, “hijos de la lujuria y el amor”, que no  “de la rutina y el insomnio nacidos.” A fin de cuentas, como nos indicaba José Ingenieros, para crear una partícula de verdad, de virtud o de belleza, se requiere un esfuerzo original y violento contra alguna rutina o prejuicio; como para dar una lección de dignidad hay que desgoznar algún servilismo. La rutina es antiaxiológica y en el desarme ideológico del actual escenario político, sólo la perplejidad sostiene una realidad incierta.

Una vez roto el bipartidismo de alternancia, o de turno de partidos en la terminología de la Restauración canovista, que representaba la gran zona de confort del sistema, el tabú se ha convertido en la manija con la que los intereses del régimen político quieren imponer la rutina de la unanimidad y el exilio de las alternativas reales en el ámbito institucional, político y social. La exclusión de Podemos de las combinaciones de gobierno porque es situado, sin prueba alguna, fuera del bloque constitucional y la demonización del voto nacionalista, condenando por traición a la patria al candidato que lo aceptara, son los tabúes que blindan un estado de cosas que no es sino la imposición de vivir como presente un tiempo condenado a pasar.

De esta forma, el sistema concebido a las hechuras de la derecha, se asegura que el poder ejecutivo no pueda afectar al statu quo, bien por desnaturalización de la izquierda de Estado o dinástica o por la construcción de tabúes excluyentes para que la política sea unívoca con independencia del partido que acceda al usufructo de un poder condicionado. Esta necesidad uniformadora pone en crisis al régimen institucional y a los partidos “institucionalizados” con escenarios políticos perplejos y estrambóticos. Así vemos como se confunde el mismo sistema de elección del jefe de gobierno que no es por el voto directo de los ciudadanos sino que es investido por el parlamento y que, por consiguiente, si no se alcanza la confianza del Congreso no se tiene legitimidad para gobernar. Para ello, los tabús refuerzan la imposibilidad de una mayoría parlamentaria alternativa.

En este contexto, el PSOE vive la paradójica crisis de que sean destacados dirigentes orgánicos los que descalifiquen la capacidad del candidato socialista para conformar una mayoría alternativa aplicando los mismos tabúes y con el mismo fin que la derecha: que no pueda configurarse ninguna otra opción que no sea el acceso al gobierno de los conservadores. Por su parte, Podemos también padece una crisis de adaptación sistémica donde se busca un moderantismo desnaturalizador al objeto de obtener un encaje institucional aun a costa de ir perdiendo la identidad política y social que configuraron sus orígenes. Ciudadanos es la bisagra de la impostura en la imposibilidad de intentar encubrir su manifiesto derechismo con un centrismo imposible. Después del apoyo al Partido Popular, habría que pensar si el acuerdo subscrito con el Partido Socialista en la anterior legislatura no fue, más que un apoyo a la investidura de Pedro Sánchez, una forma de neutralizarla usando los mismo tabúes excluyentes que hoy se utilizan para facilitar la investidura de Mariano Rajoy.

En definitiva, una política fundamentada en la rutina y los tabúes sólo conduce a callejones sin salida. Quizá como dijo Bertolt Brecht es que a la historia ama las paradojas, pero ¿acaso esta situación de la política institucional no es una forma de hacer historia sin sentido histórico como advertía Ortega?

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