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La victoria del ultraderechista Bolsonaro en Brasil no viene más que a certificarnos la realidad de la polarización de un mundo que se asoma con demasiada rapidez al acantilado de la locura, ese en el que el denominado mundo civilizado estuvo hace apenas setenta años, dejando los peores episodios de intolerancia, muerte y genocidio en los anales de la historia moderna.

Y es que, nuestra sociedad global parece encaminada de la mano de un cambio de ciclo económico global y de era al auge de los fascismos populistas que con recetas simples quieren solventar los problemas complejos del siglo XXI. Y todo ello, para responder a las incertidumbres, los miedos y las dudas de las clases medias, obreras e incluso proletarias.

Así, el reposicionamiento de un sistema capitalista zombie pero superviviente generador de la última gran crisis económica de nuestra historia no ha venido más que a decapar por un lado el sistema de bienestar que a modo de pacto social servía para dar estabilidad a las relaciones globales y sociales a los beneficiados residentes el primer mundo. Y junto a ello, al empobrecimiento aún mayor del denominado tercer mundo y de la perdida de esperanza de los países de nuevo crecimiento como Brasil u otros que se ven condenados otra vez al vagón de cola del bienestar, lejano para gran parte de su población, ya cansada de promesas incumplidas de la derecha o la izquierda tradicional.

Hoy, la actitud política del voto ha pasado de la racionalidad de la búsqueda de las mejores propuestas al mesianismo del mensaje de predicación de la esperanza de quienes enrolados en patriotismos vacuos prometen lo imposible a golpe de totalitarismo, todo ello para regocijo de quienes buscan con necesidad vital una creencia o esperanza política para dar respuesta al problema de su día a día, ese que toma la cara del desempleo, la falta de oportunidad para las familias en materia de progreso o de acceso a la sanidad y educación pública de calidad.

Hoy, las democracias tienen una nueva oportunidad de no caer como antaño ante el paso permanente de los fascismos o totalitarismos del mundo. Pero para ello, se muestra como fundamental la toma de acciones que sean capaces de dar respuesta a las necesidades de una población que demanda un bienestar o esperanza de tenerlo , una ciudadanía que requiere de respuestas ante la inestabilidad laboral y de desarrollo personal que hoy sufre a golpe de oscilaciones económicas y sociales que sólo sirven para enriquecer al poderoso y empobrecer al débil. No por menos, hoy vivimos una realidad no cuestionable que no es otra, que la del avance de la ultraderecha en el mundo y en la vieja Europa , esa que asiste con perplejidad a la presencia de estos movimientos en Suiza (29%), Suecia (12,9%),Noruega (22%), Finlandia (19%), Francia ( 21%), Austria (28%), Hungría (20%),Holanda (16%), Dinamarca ( 21%) o Alemania ( 13%) países a los que se suman otros como Grecia o Eslovenia entre otros , países en los cuales la aparición de este fenómeno también es ya una realidad alarmante. Siendo además esta no exclusiva ni propia únicamente del viejo continente. Prueba de ello es el ascenso de Trump en EEUU o del recientemente elegido Bolsonaro en Brasil, o lo que es lo mismo dos de los cinco países más poblados del planeta.

En definitiva, vivimos un tiempo de grandes desafíos y retos en los que el antídoto frente al pensamiento único y opresor de la ultraderecha sólo vendrá a través de las políticas que permitan la construcción y el mantenimiento del sistema de bienestar, la aportación de certezas y oportunidades de progreso social para la ciudadanía y la generación de esa seguridad capital que hace prosperar a las sociedades.

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2 Comentarios

  1. Ciertamente la democracia es un sistema que debe asegurar el bienestar de las personas pero se ha convertido en un sistema de vida para muchas personas que frivolizan y reducen el ideario vital de la democracia

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