Ejercer el gobierno, máxime si es el de una nación, como se sabe, es bastante complicado, porque son muchas las variables y fuerzas de diversos signos que inciden en él, que hacen que la toma de decisiones sea bastante complicada –cada vez más- y, por ello, se requieren fuertes convicciones ideológicas y un plus de valentía para ejecutarlas. Además, un inconveniente que se encuentran los buenos gobernantes, es el de no dejarse arrastrar por la cruel globalización económica que sufrimos, que condiciona, y mucho, la toma de decisiones.

Por si existía alguna duda, recientemente, en la entrevista que le concedió Pedro Sánchez al periodista Jordi Évole, se puso de manifiesto, a las claras, que ciertos poderes fácticos habían contactado con él para hacerle “recomendaciones”. Me consta que hubo gente que se sorprendió, pero no la mayoría que, desde hace tiempo, sabe que las grandes decisiones vienen con el sello de salida de los poderes fácticos; es decir, la banca y las grandes corporaciones que, sin presentarse a las elecciones, cada mañana le envían al gobierno de turno el plan de trabajo a desarrollar.

Pero seguimos pecando de ingenuidad: criticamos, con motivo, al presidente del gobierno, a los distintos ministros, bastante menos a los jueces, pero nos olvidamos de los presidentes de los grandes bancos, las energéticas, en general, las empresas del IBEX 35 a cuyas órdenes trabaja el gobierno de turno.

Si se desciende hasta los gobiernos autonómicos, sobretodo si son de comunidades pequeñas, debido a la cercanía de lo fáctico al ciudadano, la presión directa sobre éste se acentúa al verse indefenso y amenazado ante los fuertes que pueden tomar represalias, especialmente sobre mucha gente a la que tiene cogida por sus partes nobles. Todo esto da lugar a que no exista crítica sobre los poderes fácticos, la mayoría de las veces porque son silenciadas por ciertos medios de comunicación, que no son otra cosa que cómplices de los poderosos que gobiernan desde la trastienda.

Toquemos tierra: cuando se dice que PP = PSOE, existe algo de verdad pero también de mentira. ¿Por qué? Desde que la socialdemocracia europea sacó bandera blanca y se rindió ante la derecha liberal y su “pensamiento único”, impulsora de medidas de ajuste fiscal para superar esta crisis que padecemos, uno y otro partido se diferencian en las políticas sociales que el poco margen económico les permite desarrollar, así como en la lucha contra la corrupción o en la mejora de la salud democrática, pero se está viendo que las políticas económicas se diferencian bien poco. La modificación, “al alimón”, por parte de PP y PSOE del artículo 135 de nuestra Constitución, dándole primacía a la consolidación fiscal sobre el estímulo que es lo que beneficia al ciudadano; el pacto a nivel europeo entre conservadores y socialdemócratas; la Gran Coalición alemana; y más recientemente la colaboración existente entre el PSOE y el PP en nuestro país, han puesto de manifiesto la similitud entre las políticas económicas de los dos grandes y viejos partidos.

De lo expuesto, tenemos que sacar la conclusión, que puede servir en el debate actual de Podemos, de que si se quiere, como dice Errejón, construir un PSOE bis, para ese viaje no harán falta alforjas. Por el contrario, si se camina hacia un partido de izquierdas, que sea valiente y capaz de enfrentarse a los poderes fácticos, a la globalización, yendo al rescate ciudadano, que es más o menos lo que dice Iglesias –el problema es que éste tendría que cambiar y ser mucho menos autoritario, arrogante y teatrero-, se estará ante un nuevo escenario. Sin duda, existirán más dificultades para ganar unas elecciones pero, en su caso, merecerá la pena.

Porque, ¿para qué se quiere ganar unas elecciones?, ¿para hacer qué?

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