Dice Rafael Echeverría que la calidad de nuestras relaciones se puede medir por la calidad de nuestras conversaciones. Es más, si vamos un poco más allá, podemos afirmar que son las conversaciones las que construyen nuestras relaciones. Si no hay conversación, no hay relación. Ocurre tanto a nivel personal como a nivel grupal. Una empresa existe porque ha habido y hay conversaciones que permiten que exista. Un equipo de fútbol, un grupo de amigos, una familia, un partido político… Todas nuestras relaciones se construyen a base de conversaciones. Si esas conversaciones se deterioran, o desaparecen, las relaciones acaban también desapareciendo. Y a veces una relación también termina con una conversación.

Piensa un poco: ¿qué conversaciones tienes pendientes? Me refiero a conversaciones de verdad. En la era tecnológica que vivimos tendemos a sustituir nuestras conversaciones, sobre todo si sabemos que van a ser difíciles, por el envío de emails. Nos escondemos detrás de una pantalla para no afrontar cara a cara aquello que nos da miedo afrontar. No quiero decir con esto que todos nuestros emails respondan a ese tipo de comportamiento. Pero… ¿no es verdad que, en numerosas ocasiones, tendemos a usar Internet para evitar conversaciones que, por el motivo que sea, nos resultan incómodas? Piénsalo bien.

Te preguntaba en el párrafo anterior, ¿qué conversaciones tienes pendientes? O, ¿cuáles estás sustituyendo por el envío de un correo electrónico? Si eres sincero contigo mismo y respondes estas preguntas con honestidad, tendrás una pista muy fiable de cómo están, a día de hoy, las relaciones con las personas con las que convives. Ya sea en casa, en el trabajo, en la comunidad de vecinos o con tus amigos.

Hoy día Internet nos conecta con el mundo de manera asombrosa, pero a menudo nos desconecta de las personas que tenemos al lado, de las personas con las que podríamos relacionarnos cara a cara y tener conversaciones de verdad, auténticas. Me parece importante analizar, y después actuar en consecuencia, los motivos por los que, a menudo, enviamos un email en lugar de tener una conversación. ¿Cuántos de nuestros correos electrónicos podrían sustituirse por conversaciones? Y si lo hiciéramos, ¿cómo se verían afectadas nuestras relaciones?

Escuché en una charla TED que nos jugamos la vida en las conversaciones que tenemos… y en las que no tenemos. ¿Cuántos problemas solucionamos gracias a una conversación? ¿Y cuántos conflictos se generan por malentendidos derivados de no haber tenido una conversación? Te voy a dar una mala noticia, y es que la telepatía no existe. Tendemos a adivinar los pensamientos y las intenciones de los demás, pero por muy intuitivos que seamos, nunca podremos estar seguros de qué está pensando el otro si no se lo preguntamos, si no hablamos con él. Las conversaciones son necesarias, son fundamentales, para conocer qué piensa el otro, qué necesita, qué siente, qué le pasa, cuáles son sus intenciones sobre esto o aquello, cuáles sus preocupaciones. Sin conversaciones, podemos imaginar, podemos suponer, incluso, a veces, podemos adivinar. Pero nunca podremos estar seguros de qué es lo que está pasando por la cabeza de los demás. Y al revés, si lo estamos pasando mal, si necesitamos ayuda o queremos saber algo,  si tenemos una inquietud, podemos esperar a que otro se dé cuenta, pero la única manera segura de conseguirlo es decírselo, tener una conversación con quien creemos que podrá ayudarnos. Una conversación puede evitar que te eches el mundo sobre tus hombros.

Citaba al principio a Echeverría diciendo que la calidad de nuestras relaciones se puede medir por la calidad de nuestras conversaciones. Y, de la misma manera, se puede medir nuestra capacidad de liderazgo. En el trabajo o en la propia vida. En la medida en la que seamos capaces de afrontar conversaciones sinceras, seremos capaces de liderar, primero a nosotros mismos y después a los demás. Un buen jefe, una buena jefa, se caracteriza porque habla con los miembros de su equipo, les pregunta, se interesa por sus ambiciones dentro de la empresa, se preocupa por sus inquietudes… y les anima asimismo a plantear las conversaciones que sean necesarias. Lo mismo se puede decir de un buen padre, una madre, un maestro, un político… Ni que decir tiene que cualquier conversación ha de estar presidida por la sinceridad, la honradez, la honestidad. De nada vale tener una conversación si se esconde lo que realmente es importante, se dice lo contrario de lo que se piensa, o se dicen cosas, simplemente, para quedar bien.

Para terminar, te invito a que pienses en alguna conversación que estás evitando, y te lances a ella. Primero prepárala bien, después busca el momento adecuado, luego dile a esa persona que quieres hablar con ella (para que también sea su momento adecuado), y después ten esa conversación. La vida es mucho más interesante cuando somos atrevidos. Y para tener conversaciones, en muchas ocasiones hay que tener una buena dosis de atrevimiento. Entonces… ¿te atreves?

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