Cuando a alguien se le dice eso de ‘¡todo tu gozo en un pozo!’, se le está haciendo ver que aquello que soñaba o esperaba ver cumplirse, ha acabado convertido en una quimera, arrastrando todas sus ilusiones a un abismo profundo del que no podrán retornar.

La idea que resume esa expresión es la de la decepción, dando a entender que se ha frustrado algo con lo que ya se contaba y cuyo logro causaba alegría. También está relacionada con el cuento de ‘La lechera’ y con el ‘hacer castillos en el aire’, o con unas ilusiones que no se cumplirán.

Y lo cierto es que el gozo de todos aquellos que han podido ver en Podemos un revulsivo para la regeneración política de España, y un medio para desarrollar políticas progresistas y de gran alcance social, está a punto de caer en el pozo del desengaño.

Salvando las distancias, que son muchas, al caso se le podría aplicar lo que a la Falange del franquismo cuando se la asemejaba con los emblemáticos almacenes SEPU, que eran admiración de propios y extraños y uno de los iconos del régimen, situados en el centro de Madrid: tenían su acceso principal por la Avenida de José Antonio (en 1980 pasó a llamarse Gran Vía), pero una salida por la calle del Desengaño. Con el tiempo el edificio también fue sede del Grupo PRISA…

No nos atrevemos a decir que el éxito electoral de Podemos (no sabemos si en el futuro seguirá siendo Unidos Podemos) haya sido embriagador. Pero es evidente que ha producido una sorpresa grande, externa e interna, como algo inesperado, chocando con el alcance y la modestia habitual de las iniciativas ciudadanas que fueron su calvo de cultivo.

De ahí se pasó a convertir el movimiento inicial del 15-M en un partido político más, sometido, claro está, al régimen general que les gobierna. Algunos avispados esperaban tal vez que de esta forma fuera diluido, abducido o corrompido (elíjase el término que se prefiera) por el mismo modelo político contra el que había nacido y al que amenazaba seriamente (recuérdese el Mayo del 68 francés); es decir, contra una partitocracia reforzada con el bipartidismo imperfecto PP-PSOE.

Esa fue la exigencia del sistema político para aceptar la legitimidad del 15-M y no liquidarlo con cargas policiales, aduciendo razones de seguridad y una defensa del orden constitucional falsa e interesada. Y ahí, en el momento de sucumbir ante la tentación política partidista en lugar de mantenerse como fuerza ciudadana pura, nacieron primero la eclosión política de Podemos y luego -naturalmente- sus problemas de identidad, los comportamientos parlamentarios erróneos y la confusión de sus fines y sus metas.

Ya se sabía que el sistema partitocrático estaba reduciendo a su mínima expresión la representación social intermedia (colegios profesionales y sociedades científicas, sindicatos, asociaciones grupales…), a la que el radical-socialista Mendès-France tanta importancia dio en su libro Pour une république moderne, justo porque ese cercenamiento lo fortalecía y permitía alejar y manipular la realidad social a conveniencia, en una verdadera suerte de perversidad democrática. Algo que los politólogos fundadores de Podemos no podían ignorar o deberían guardar en su bagaje intelectual.

Entonces, lo primero que tendría que resolver Podemos tras su eclosión como partido y su parón electoral del 26-J, que ha sido consecuencia directa de su falta de reflexión política y de un modelo de organización interna poco eficiente, es su filosofía general para alcanzar el poder.

Es decir, Podemos sigue sin definir qué tipo de partido quiere ser desde el punto de vista ideológico (posicionándose claramente al respecto), del político-territorial (nacional, autonomista, soberanista…) y también en el plano social (partido de clase, inter-clasista, transversal…), de manera que las propuestas políticas y su mercado electoral se puedan correlacionar y percibir sin confusiones ni contradicciones. Y debería hacerlo bien, en concordancia con lo que reclaman las bases sociales que alentaron su nacimiento, fácilmente comprobable mediante sondeos de opinión.

Y acto seguido tendría que adoptar un modelo de organización y gestión interna acertado y eficiente dentro del posicionamiento elegido y, por supuesto, formas adecuadas para su expresión e identificación pública, sobre todo a nivel parlamentario. Dejándose de gestos populistas que nada aportan a los contenidos políticos ni a la solución de los problemas que tanto preocupan al país -como el absurdo piquito en la boca de Iglesias y Domenech o la innecesaria exhibición maternal de Carolina Bescansa en el hemiciclo del Congreso-, y de butades como el ridículo pregón de que ZP ha sido el mejor presidente de Gobierno desde la Transición a nuestros días (otra metedura de pata del líder podemita)…

No se pueden confundir un movimiento más o menos asambleario con la organización, las estrategias y las tácticas de un partido político por muy singular que sea. Ni se puede permitir que las luchas por el poder interno se basen, como sucede en Podemos, en diferencias ideológicas o conceptuales, porque eso lleva de forma indefectible a la ruptura total de la organización.

Los ‘leninistas’ de Podemos, o sus estudiosos de la ciencia política, saben muy bien que la unidad de mando, de acción y de responsabilidad (algunos añadían de forma expresa la ‘unidad de caja’) son fundamentales para salvaguardar la fortaleza de cualquier organización política, así como que su ausencia la disuelve.

No queremos extendernos en este tema, pero es evidente que Podemos ha comenzado a encajar el castigo del oportunismo, la incoherencia, el populismo, los bandazos y la retórica política, la desorganización interna y la absoluta falta de rigor en sus propuestas y planteamientos de partido (y cuidado con el ‘caudillismo’). Eso es lo que asusta de verdad y lo que tarde o temprano rechazará su electorado potencial, y no su vocación reformista ni su agresividad contra el sistema establecido, que en muchos aspectos sigue siendo ampliamente repudiado por las bases sociales.

De hecho, si los ‘podemitas’ no espabilan y se toman la política más en serio, consolidándose como partido de una izquierda todo lo dura que se quiera pero ‘coherente y racional’ (seria y rigurosa), es muy posible que pronto veamos su gozo en un pozo y a todos sus cargos en el paro político. Acompañado, por supuesto, con el nacimiento de otros movimientos sociales similares al del 15-M y seguramente con el resurgir de IU.

No hace falta ser adivino para prever que, con lo que estamos viviendo y los partidos que seguimos teniendo (incluyendo a Podemos y Ciudadanos), el futuro político del país se vaya tornando cada vez más incierto, oscuro y revuelto, abriendo de nuevo un gran hueco para quien de verdad quiera tomarse la política en serio y arrasar a la pandilla de mediocres que la han tomado al asalto. Tiempo al tiempo para comprobarlo.

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